Frecuentemente, cuando el género de terror se conjugó con la comedia, se parodió a sí mismo o exacerbó hasta la carcajada los elementos que le son propios, lo hizo a costa de perder su propia esencia. Es decir, cuando las películas pusieron a luchar a Drácula contra Frankenstein o a este con el Hombre Lobo, hicieron danzar vampiros en bailes desopilantes y amanerados, llevaron al límite el gore y el exceso de sangre y violencia, crearon situaciones ridículas y divertidas a partir de vísceras, cadáveres y zombis –Zombies Party, por ejemplo- o hicieron todo eso junto, con la saga Scary Movie como máximo exponente, tuvieron el efecto de provocar más carcajadas que horror. El motivo es bastante claro, porque esos ejemplos violan una de las reglas básicas sobre las que se sustenta el género de terror: la risa es la principal enemiga del miedo. Si las niñeces se ríen del cuco o del hombre de la bolsa, o los aldeanos y sacerdotes se burlan del diablo, los demonios pierden todo su poder.
El gran mérito de La maldición de Widow’s Bay, la serie creada por Katie Dippold y dirigida por Hiro Murai, es combinar de manera originalísima un sutil e inteligente humor con el misterio y un espanto que no cesa y que mantiene en tensión al espectador durante los aproximadamente cuarenta minutos -inusualmente largos para conservar la presión adrenalínica- de cada uno de los diez episodios de la primera temporada. El punto de partida de la ficción es el de un alcalde -espectacular Matthew Rhys en la piel de Tom Loftis- empeñado hasta la terquedad en popularizar y volver lucrativa y turística una remota y decadente isla de escasos y malogrados recursos situada a unos 65 kilómetros de la costa de Nueva Inglaterra. Pero el principal problema de la localidad de Widow’s Bay, que atenta contra los propósitos del alcalde no es la falta de conexión a internet o la irregular señal para usar los celulares, tampoco los constantes cortes de electricidad que la dejan literalmente a oscuras en los momentos menos propicios, sino el hecho de que se trata de una isla maldita, acechada por fantasmas del pasado que sus pueblerinos habitantes no dejan de alimentar con supersticiones más o menos fundadas.

Según los lugareños, con Wyck a la cabeza -interpretado por un genial Stephen Root, que actúa a la manera de una Casandra masculina capaz de anticipar hechos horrorosos-, el aparentemente apacible islote que antaño sobrevivía a costa de la pesca sufrió innumerables tragedias en otros tiempos -mujeres que esperaban en vano a sus pescadores muertos en alta mar, amantes frustradas, esposos celosos y enloquecidos que asesinaron a sus mujeres, naufragios, incendios y canibalismo- que devienen traumas en el presente y se metamorfosean en espíritus malignos, brujas marinas, payasos asesinos a lo It, niebla venenosa y hombres de la bolsa que asesinan adolescentes en sus propios lechos.

En La maldición de Widow’s Bay parece no faltar nada: hoteles embrujados sobre los que pesan antiguos crímenes, heridas que no dejan de sangrar y cuyo olor sirve de guía para sirenas maléficas que quieren comerse a los varones, hombres en coma que devienen zombies y leyendas de pueblo que parecen ser mucho más que leyendas. Pero, como en toda ficción de terror que se precie de tal, lo imprescindible es que lo ominoso se filtre en lo cotidiano, que se dé cuenta de que los verdaderos miedos son los fantasmas interiores y de que, en definitiva, el horror habita dentro de uno mismo, en las angustias y dolores traumáticos que se alojan en la mente y el corazón de los seres humanos.

Por eso cobra particular importancia que sean revelados al espectador, en pequeñas dosis, los traumas que conforman la existencia del protagonista: su infancia atormentada por un padre alcohólico y una madre abandónica; una adolescencia solitaria, con periódicas vacaciones en la isla y el deseo de ser parte de un grupo de amigos: una juventud segada en plenitud por la muerte de su adorada esposa durante el parto… Quizás esas sean algunas de las causas que explican la tozudez del alcalde por volver idílica y edénica a Widow’s Bay, la conflictiva relación con su hijo adolescente, su persistente soledad y la incapacidad de volver a desear y enamorarse de otra mujer.

Pero no solamente Tom Loftis esconde y materializa viejos dramas y desasosiegos. En efecto, el pueblo de Widow’s Bay -que es un personaje en sí mismo-, a la manera de un Twin Peaks más terrorífico, y cada uno de sus excéntricos habitantes van develando tenebrosos misterios y desasosiegos existenciales. Entre ellos destaca Patricia -Kate O’Flynn, que con su gesto impasible y su aura de desquiciada parece tener el physique du rôle exacto para dar vida al personaje-, la asistente del alcalde que probablemente está enamorada de él y que manifiesta, en sus torpezas, timidez e ironía, sucesos siniestros relacionados con los femicidios de sus amigas de juventud.

De esas y otras tantas maneras, la serie demuestra que el verdadero terror no está en lo sobrenatural sino en la propia naturaleza humana. Y aún falta más, porque las rarezas de otros personajes se presentan de tal manera que prometen y presagian sorprendentes arcanos para un público ya ansioso y ávido.
Sin dudas, La maldición de Widow’s Bay se erige como una de las series del año. En escasas ocasiones las sólidas interpretaciones y las múltiples referencias a las ficciones clásicas del terror -con Stephen King a la cabeza- se ponen al servicio de un argumento tan bien estructurado y crean el clima propicio para un producto capaz de conjugar horror, drama, misterio y comedia. En definitiva, casi una metáfora de las vidas humanas. «
La maldición de Widow’s Bay
Matthew Rhys interpreta a Tom Loftis, un alcalde obsesivo y cada vez más consumido por Widow’s Bay.