Por debajo de los escándalos y las guerras están ocurriendo cambios geopolíticos fundamentales. Más allá de Epstein, del secuestro de Maduro, del genocidio en Gaza, del asesinato del líder religioso y espiritual de cientos de millones, y de la agresión injustificada y asesina de Irán, nadie está prestando atención a los desarrollos dramáticos entre China y EE UU, los que tienden a explicar todo el resto. Por ejemplo, la guerra de Irán tiene que ver con el neofascismo de Netanyahu y la megalomanía de Trump, amén del deseo de las corporaciones norteamericanas de hacerse con el petróleo. Pero más aún tiene que ver con la posibilidad de negarle un recurso natural clave a China. Si se corta el comercio de petróleo por el Estrecho de Ormuz, donde fluye entre el 20 y el 30% del petróleo mundial, los principales afectados son los países asiáticos. Quizás es por eso que los iraníes intercambian suministros y finanzas por el compromiso de no tocar barcos de bandera china o rusa que pasen el estrecho.
Más allá de su estilo personal único, las políticas de Trump reflejan una paradoja más amplia compartida por varios presidentes de EE UU: incapacidad para definir el verdadero centro de gravedad de la política exterior, una dependencia de sanciones económicas y la presión militar.
El principal obstáculo sigue siendo la negativa de Washington a reconocer que los cambios masivos que están remodelando el mapa geopolítico global son irreversibles. Ningún número de portaaviones zigzagueando entre océanos, ninguna escalada en los aranceles, pueden revertir la transformación estructural que ocurre en Asia, Oriente Medio y América Latina.
En realidad, lo que revela la guerra es que EE UU está replegándose de la guerra comercial que lanzó contra China. A diferencia del lenguaje exagerado y las amenazas repetidas de Trump, el retroceso ocurre discretamente camuflado en un lenguaje diplomático que pretende seguir con más de lo mismo.
“Creo que ambos países concluyeron que tener una guerra comercial global total entre Estados Unidos y China sería profundamente dañina para ambas partes y para el mundo”, dijo el secretario de Estado, Marco Rubio el 25 de febrero. Sus palabras son engañosas. No fue China, ni ningún otro país, quien instigó la guerra comercial, que comenzó durante el primer gobierno de Trump: el 22 de marzo de 2018, firmó un memorando presidencial imponiendo aranceles a 50 mil millones de dólares de productos chinos.
En septiembre de 2018 la escalada continuó. EE UU impuso aranceles sobre otros U$S 200 mil millones de productos chinos, inicialmente al 10%, luego elevados al 25% en mayo de 2019. La lógica era simple: aplicar suficiente presión económica para forzar a Beijing a realizar concesiones.
China, debido al crecimiento masivo y notable de su economía, logró absorber y contrarrestar gran parte de la ofensiva económica. Esta política continuó, más allá de los gobiernos, hasta 2026, con leves cambios demostrando que esta era una política de los sectores de poder, y no de un gobernante: De hecho, el gobierno de Biden no sólo se negó a desmantelar el régimen arancelario, sino que lo intensificó con aumentos adicionales de aranceles sobre vehículos eléctricos chinos, baterías y productos solares.
Cuando Trump regresó a la presidencia en 2025, profundizó la tendencia anterior, proponiendo aranceles de hasta el 60% sobre todas las importaciones chinas. A pesar de la falta de evidencia clara de que tales medidas fueran efectivas, los aranceles continuaron sirviendo como un instrumento central de la política. Un análisis de la Reserva Federal de 2019 encontró que la mayoría de los costos arancelarios recaían en las empresas y los consumidores estadounidenses, y un estudio de 2026 del Banco de la Reserva Federal de Nueva York confirmó que aproximadamente 90% de la carga arancelaria afectó las empresas y los hogares estadounidenses. Más allá de que eso aumentó el empobrecimiento del norteamericano medio vía inflación, la realidad es que hizo más caro producir en EE UU. O sea, los aranceles hicieron que sus empresas fueran menos competitivas y perdieran aún más terreno frente a las chinas.
Las palabras de Rubio implican que la guerra comercial logró poco y que las perspectivas futuras de un éxito decisivo siguen siendo escasas. Esta percepción es particularmente significativa de cara a las elecciones de medio término de noviembre de 2026. Pero sería injusto sugerir que si ganan los demócratas mucho va a cambiar. Este fiasco no es únicamente de Trump. Como en muchos otros temas—polarización política, inmigración, mercados laborales inestables y política en Medio Oriente—el intento de contener o presionar a China se convirtió en un denominador común entre ambos partidos mayoritarios. De hecho, Trump cuenta con un importante consenso legislativo, como lo demostró el voto el 5 de marzo en la Cámara de Representantes que llamaba a prohibir la participación norteamericana en la Guerra de Irán. Fue más notable aún: la prohibición fue propuesta por republicanos y demócratas, apoyada por derechistas como Warren Davidson y Jared Moskowitz y por libertarios como Ron Paul. Moskowitz es notable porque además es un devoto partidario de Israel. Esto significa que la mayoría de 217 votos que impuso el rechazo a la resolución contaba con apoyo de ambos partidos.
A pesar de años de presentar a China como el principal desafío estratégico, y como amenaza, EE UU se encuentra expandiendo nuevamente su presencia militar en el Medio Oriente, en medio de tensiones que involucran a Irán y la guerra israelí en Gaza. Esto deja pocas dudas de que fracasó el intento original de presionar a China para obtener concesiones. China sigue siendo el mayor socio comercial de la mayoría de las economías asiáticas, incluidos los aliados de EE UU. En realidad, si algo caracteriza la política china es su paciencia y planificación de largo aliento. Es evidente que eventualmente se llegará a una confrontación abierta (y militar) con EE UU. Mientras tanto se trata de ganar tiempo, para llegar en las mejores condiciones posibles, todo mientras EE UU gasta prestigio y recursos en dar diversos manotazos que quizás mejoren su posición frente a los desafíos emergentes. Explica por qué China, al igual que Rusia (además, involucrada en la Guerra de Ucrania), fue muy cuidadosa en declaraciones y apoyos.
A lo largo de sus campañas, Trump hizo de derrotar a China un elemento central de su mensaje político. Incapaz de alterar la trayectoria de China, Washington parece otra vez atraído hacia los escenarios del Medio Oriente. Mientras tanto, Beijing sigue una expansión disciplinada y a largo plazo de su alcance geopolítico.