Tras diez años dedicado a la música, encontró su lugar en el teatro. Construyó un camino propio a pura sensibilidad sin renegar de su apellido.

Tras la disolución de la banda, y para ayudar a su padre en una puesta de Teatro x la Identidad, debutó como actor en 2008, con la obra A propósito de la duda. Luego se formó en actuación con Guillermo Angelelli, Pompeyo Audivert, Analía Couceyro, Gabriel Chamé y Susana Pampín, entre otros.
Participó en series como El amor después del amor, Cris Miró (Ella) y Jardín de Bronce. Pero su fuerte es el teatro under. Desde 2010, integra, junto a Julián Lucero, Sebastián Godoy, Pablo Fusco, Tincho Lups y Sebastián Furman, la compañía Los Bla Bla.
Hoy disfruta participando de la exitosa obra Modelo vivo muerto, un policial con tono de comedia irreverente.
–Uno de tus puntos fuertes es la comedia. ¿Te podés reír de todo?
–De todo no. Con Los Bla Bla hay cosas que no nos dan gracia y vamos por otro lado. No solemos burlarnos de la gente ni de remarcar defectos. No nos nace burlarnos del otre. Preferimos y nos gusta jugar y reírnos de nuestra propia vulnerabilidad. Es medio cliché, pero es lo que nos sale.
–¿Se podría hacer una teoría sobre el humor?
–Creo que básicamente el humor exige estar disponible y abierto para reírse de uno misme o de las cosas que nos pasan a todes. Y también saber escuchar.
–¿Cómo recordás tu debut como actor?
–Aún no era actor. A mi viejo le faltaba alguien para una obra que dirigía para las Abuelas de Plaza de Mayo, para ayudar a encontrar nietos apropiados. Entonces me mandé. Ahí me di cuenta de que me gustaba. Me enamoré grande de la actuación.
–¿La música fue tu primer amor?
–Me dediqué de lleno a crear y tocar música desde chico. Es algo que me encanta. Pero después fui descubriendo otros caminos.
–¿Cuál es tu instrumento fundamental?
–El piano. Yo tenía una bisabuela que era concertista de piano. De chico iba a su casa a jugar a tocar, a los 5 o 6 años. Un día me dijo “no juegues más, te voy a enseñar”.
–Después armaste la banda de rock.
–Sí, era mi vida. Disfruté mucho esa experiencia, que no solo era componer y tocar: grabamos en Nono (Córdoba), en el estudio de Las Pelotas. También grabamos con Lito Vitale. Es una banda en la que estuve desde los 16 hasta los 27 años.
–¿Qué te gustaba escuchar?
–Fue mutando. Tengo un umbral amplio. Hoy estoy con la cumbia, el vallenato y la salsa. Tuve mi época de rock nacional: para mí todo era Los Redondos, Charly, Sumo. Pero también The Doors, The Rolling Stones, The Beatles o Deep Purple. Ser rockero era lo más en su época. Hoy es distinto: la tecnología cambió todo.
–¿Por qué?
–Porque llegás a cosas que antes eran más difíciles, pero también es raro: el exceso de información mata la sorpresa.
–¿Siempre te sentiste no binarie?
–Siempre fui libre, pero en 2018 hice una obra que me marcó. Aquella interpretación fue una manera de anclar esa temática en mi vida, conectarme a ella ya no desde un lugar performático, sino posicionándome. Hice la obra Princesa del Futuro, basada en la historia de Luana Mansilla, la primera niña trans del mundo que accedió al DNI con identidad autopercibida. Ahí me puse a pensar y me llevó a replantearme cómo me veía a mí mismo. Con esa obra empecé a autopercibirme diferente, a expresarme genéricamente de otra manera, a vivir una identidad más fluida y a posicionarme frente al que no respeta eso.
–¿Trabajaste en algo además de la música y la actuación?
–Hice de todo. Hasta vendí ensaladas de fruta con una heladerita.
–¿La fama y el respeto ganado por tu viejo te pesó?
–Lo viví siempre como algo natural. Cuando yo nací mi viejo empezó a escalar en fama, por eso siento que no me afectó directamente. Quizás inconscientemente, pero no sé. En la primaria me decían Gasparín, porque mi viejo hacía Vivo con un fantasma. Era el bullying que se estilaba en esa época. Pero más allá de eso no tuve problemas. Tantos años colgado con la música hicieron que no valorara lo groso que fue: al empezar a actuar pude apreciar mejor su talento y compromiso. «
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