Con más de cinco décadas de trayectoria, Mario Pasik es una de las presencias más reconocibles de la actuación en la Argentina. A lo largo de su carrera se consolidó principalmente en la televisión abierta, donde participó en ficciones de gran alcance y distintas etapas de la industria como Verano del ‘98, Vulnerables, Son amores, Montecristo y Son de Fierro, entre otras producciones. En paralelo, desarrolló un recorrido sostenido en teatro, con presencia constante en el circuito comercial y en diversas producciones cinematográficas.
En la actualidad protagoniza Adán y Eva, un amor de aquellos junto a Patricia Palmer en el Teatro Picadilly.

—¿Cómo fue que descubriste que querías dedicarte a la actuación?
—Había un cartelito en el club al que yo iba, la Sociedad Hebraica Argentina, que decía: “Dispuesto a jugar”. Eso hacíamos. Tenía 13 años. A los 15 hicimos unas obras para la familia y debuté formalmente con El pedido de mano, de Antón Chéjov. Ahí tomé noción del aplauso por primera vez. Había hecho otra cosa de Osvaldo Dragún, un autor inevitable en esos años para debutar, pero con Chéjov fue de verdad levitar. Terminó la obra y sentí algo que me hizo vibrar. Supongo que esa es la vocación: una voz que te llega y repercute. Años después ya estudiaba más comprometido en lo que hoy es la Sala Apolo, en Corrientes y Uruguay, con seres que todavía no tenían la repercusión que alcanzaron después, como Enrique Pinti, Héctor Alterio y Alejandra Boero.
—Trabajaste en un montón de novelas argentinas, ¿hay alguna que te haya quedado marcada más que otras?
—Hay tanta variedad y, por distintas razones, siguen existiendo en mí. Pero una que me gustó muchísimo hacer fue 100 días para enamorarse, donde mi personaje abordaba la problemática del Alzheimer. Yo hacía del padre de Carla Peterson y tuvimos escenas de enorme sensibilidad porque no se idealizaba la enfermedad.

—¿Un villano se disfruta más que un galán?
—Es más divertido hacer de villano que de galán. Yo me daba cuenta de que por una cuestión física podían darme esos roles, pero no me atraían tanto. Al villano lo tenés que defender porque él mismo se defiende. Nadie va por la vida diciendo: “Soy un hijo de puta”. Me ha tocado interpretar a tipos que yo leía en el guion y decía: “Este tipo necesita terapia urgente, tiene que estar encerrado en un manicomio”. Eso es muy divertido de actuar.
—Si pudieras volver a filmar una escena, ¿cuál sería?
—Te digo una fresca: la escena con Carla Peterson en 100 días para enamorarse. Fue realmente conmovedora. Era el momento exacto en el que el personaje se da cuenta de que se está perdiendo y, en medio de esa realidad confusa, le avisa a su hija lo que le pasa y le dice que la ama. Fue muy duro de grabar, pero muy especial.

—En este momento no estamos produciendo novelas y hay una gran crisis de la ficción. ¿Creés que es un formato que va a volver?
—La verdad es que la televisión abierta, como la conocíamos, no va a volver de esa manera; hoy es otra realidad. Se pierde mucho: la gente extraña a los actores y nuestro idioma, pero el presente es más cruel. En 2001, en plena crisis, yo estaba haciendo Son amores. Teníamos picos de 35 puntos de rating compitiendo con Tinelli. ¿Por qué pasaba eso? Porque la gente renegaba del cable para ahorrar, se bajaba del servicio y la televisión abierta volvía a crear esa comunidad en el living donde se juntaban el abuelo, la madre y los chicos. Necesitaban ese lenguaje y esa cita de todas las noches. Era un público agradecidísimo que al día siguiente te cruzaba y te decía: «Ayer estuviste en mi living». Eso hoy es imposible.
—¿Qué es lo que más te gusta del teatro?
—Por un lado, la complicidad. La gente viene a una cajita mágica a dejarse convencer de que esos que conoce por nombre y apellido son otros, que les pasan otras cosas. Yo actúo como si me lo creyera y ellos también. La otra es respirar al mismo tiempo con personas que no conocés, pero que se comunican con un aplauso, una risa o un silencio expectante. Eso es hermoso. Y algo fundamental, muy personal: el aplauso es lo que más extrañé en la pandemia.

—¿Qué es lo primero que mirás al recibir un guion?
—Suelo decir que el texto me tiene que atrapar de las solapas. Fundamentalmente miro el libro, pero pronto también entran en juego la dirección, los compañeros, el equipo y el proyecto integral. Hoy no puedo darme el lujo de elegir cualquier cosa, y por suerte lo estoy cumpliendo.
—¿Cuál fue el mejor consejo que te dio un colega en este ambiente?
—Cuando estudiaba en la Sala Apolo había un cuadrito colgado con una frase de Roberto Arlt que guardé conmigo para siempre: “El futuro es nuestro por prepotencia de trabajo”. Ese quedó como mi norte para ayudarme a ser prepotente en el esfuerzo diario.
—Si no hubieras sido actor, ¿a qué creés que te habrías dedicado?
—Fantaseo con la psicología porque la verdad es que nunca fui buen estudiante y la secundaria me costó terriblemente; ya tenía la semilla de la actuación y no me importaba otra cosa. En psicología hay que estudiar muchísimo. Aunque admito que me roza esa cuestión de la observación y el intento de entender los mecanismos de la mente de las personas.
—¿Qué te gusta hacer cuando no estás trabajando?
—Soy un tipo muy de mi casa. Me encargo de cuidar las plantas y de estar atento a los detalles para que todo esté bien. También leo mucho. Tengo dos hijos de cuatro patas: mi perro León y mi gato Fito. Si sumara un integrante más tendría que llamarlo Charly. Estoy disfrutando de tener otros tiempos. Voy tres veces por semana a entrenar con un profesor que tengo hace diez años.
