¿Qué es ser argentino? ¿Cuál es la esencia de la argentinidad? Generalmente, esta pregunta es contestada desde los lugares más variados, que abarcan desde la opinión personal a la publicidad. La respuesta suele estar basada en cierto folklorismo que incluye, entre otras cosas, el dulce de leche, el asado, la viveza criolla, la capacidad de atar todo con alambre y lograr que funcione y, en su versión más negativa, la poca predisposición al trabajo.
Lo que nunca se cuestiona es la pregunta. ¿Hay realmente una esencia argentina? ¿Es posible determinar que existe lo argentino en sí?
Martín Kohan reacciona a esta noción esencialista de lo argentino con un ensayo cuyo título es una cita de Ortega y Gasset: Argentinos, ¡a la cosas!. En él se coloca en la vereda de enfrente de este folklorismo que presupone que existe una esencia metafísica de lo argentino para rastrear huellas fragmentarias que no “encarnan” de forma monolítica lo nacional, sino que son apenas pistas posibles y variables de un acercamiento a una noción no esencialista de lo argentino.
Kohan enumera 25 huellas que, cómo él mismo lo aclara en esta entrevista, podrían haber sido otras, precisamente, porque lo argentino no existe como esencia. Por eso, cada lector tiene la posibilidad de hacer su propia lista.
Ubicándose muy lejos del consabido dulce de leche, el autor encuentra huellas de lo argentino en cosas tan disímiles como la hélice del Villarino, el barco que repatrió desde Francia los restos mortales de San Martín en 1880 y que hoy se erige como monumento en Puerto Madryn; el vestido negro de Eva Perón que está en el Museo Evita; el mural de un Maradona derrotado luego de que Argentina perdiera el Mundial del ’90; el combinado Ken Brown o la Ruta Nacional Número 3.

Martín Kohan
–¿Por qué utilizaste la frase de Ortega y Gasset como título de tu libro? Me lo pregunto no tanto porque sea una cita ajena, sino más bien por el hecho de que es una interpelación muy directa al lector. Es como si lo tocaras en el hombro para avisarle algo.
-La elección vino por más de un lado. Creo que la frase de Ortega y Gasset que aparece también como epígrafe en la primera página se complementa con la de Vladimir Nabocov que la acompaña: “¿Qué cosas exactamente?”. Hace unos años me convocaron para dar el discurso inaugural de una muestra de diseño que se hizo en MALBA. Después ese discurso formó parte del catálogo de esa muestra. Esa muestra me permitió pensar en un algún tipo de relación con las cosas y me permitió ver hasta qué punto o de qué manera hay algo muy concreto en esa designación.
Una cosa es algo muy concreto, lo más concreto que puede haber. Pero a, la vez, las palabras «cosas» o «cosos» las usamos también cuando no sabemos bien cómo se llama algo, cuando no podemos designar algo con precisión. Eso me hizo volver a la frase de Ortega y Gasset un poco irónicamente y combinarla con la pregunta de Nabocov: ¿Qué cosas exactamente? Y hacer jugar la identidad en lo que tiene de concreto, no interrogarla como una esencia metafísica, sino en sus objetos o lugares concretos.
–Lo más frecuente es tomar la realidad argentina como una esencia que se encarna en tres o cuatro cosas bastante tontas, como el dulce de leche, la birome, el obelisco… Pero vos no hacés eso, sino que buscás una identidad que es siempre esquiva, pero no hay una esencia, sino más bien ciertas sospechas o huellas de una identidad. ¿Es así?
-Sí, es así como pienso la identidad, como me propongo abordarla. Retomando lo que decías, evito dos aspectos fundamentales. El primero es cualquier tipo de formulación transcendental orgánica y totalizadora que suponga que la argentinidad radica en la pampa o donde sea se la remita. El segundo aspecto es la tipicidad. Hacer una galería de cosas típicamente argentinas habría sido para mí muy poco atractivo, habría sido redundante, habría sido obvio y no habría encontrado nada para decir sobre esas cosas que se mencionan.
No pienso en la esencia de los argentinos, sino que pienso en huellas, esas huellas van ser necesariamente fragmentarias, contingentes. Las 25 cosas o lugares en que trabajé también podrían haber sido otros. Trabajar desde la huella, desde lo fragmentario, desde lo contingente me parece que es una idea de la identidad más cercana a lo que pienso. Es una forma de no estabilizar una versión definitiva o trascendente, sino de modular la idea de identidad en el fragmento, en la huella. Pienso en una identidad que al mismo tiempo se sostiene y trastabilla o tropieza y que precisamente donde trastabilla se delimita porque trastabillar también hace a la identidad.
Me interesa más la vacilación y la revisión crítica frente a una concepción más rotunda que hace de la identidad una certeza firme. Me interesa poner la identidad a zozobrar, ponerla a vacilar y hacer de esa vacilación también parte de una identidad. Quienes afirman la idea de identidad como esencia no lo hacen con la idea de lo que se quiere definitivo y elemental. Hay todo un credo nacionalista en esa idea de identidad. Es una idea que está pensada desde la marcación de lo típico, de lo reconocible.

-Y vos estás en las antípodas de ese pensamiento.
-Sí y la escritura de este libro me llevó a pensar en Borges, tantas veces acusado de anglófilo, extranjerizante, vendepatria. Estoy en absoluta disidencia con todas estas acusaciones. Por el contrario, creo que Borges trazó, por un lado, las características de cómo puede funcionar una identidad. Entendió muy bien que la identidad juega en relación con la otredad, en relación con lo otro y no afirmándose en la mismidad contra lo otro.
Por otro lado, tuvo recelo por todo tipo de sobremarcaciones de esas identidades que se señalan a sí mismas con certeza, lo cual tiende a la remarcación de la tipicidad. Pensar en la identidad en una modulación menos enfática para mí es una concepción tremendamente lúcida de lo nacional ajena a las vehemencias y a los credos del nacionalismo. Por eso es que la idea de la identidad de Borges me interesa tanto, porque está hecha, en parte, de la contingencia. Acuerdo con él cuando dice que no hace falta señalar la identidad, remarcarla, actuarla. La identidad es eso que, simplemente, sucede y en su suceder deja huellas.
-Tu libro también se refiere a la derrota como parte de la identidad, por ejemplo, cuando mencionás el gran mural de Maradona pintado por Martín Ron. Allí aparece un Maradona derrotado porque Argentina perdió el mundial del ’90. Incluso lo vergonzante forma parte de la identidad. Vos te referís también, por ejemplo, a un pasillo que no es cualquier pasillo, sino el que recorrieron las fuerzas de la dictadura para ir a buscar a los que serían poco más tarde los fusilados de José León Suárez. Hay una ampliación de la identidad que en su versión más difundida suele excluir lo que no es “turístico”.
-Sí, yo te diría que me doy cuenta hasta qué punto se trató de rastrear la huella, no la pregunta por la identidad, por lo que es ser argentino, para la que no solamente no tengo una respuesta, sino que no adhiero a la pregunta. Por eso, en el libro no busco una esencia de argentino, sino que rastreo en algunas huellas de lo argentino. Eso me predispuso a la elección de lugares y de las cosas de las que iba a hablar, me fue dando señales y esas señales fueron en la dirección de lo que estás diciendo, que la identidad no es solamente lo que se erige, sino también lo que cae.
No solamente lo que se sostiene, sino también lo que se hunde, no solamente lo que se eleva, sino también lo que zozobra. Es decir no es solamente la afirmación, sino como decía, también la vacilación, no solamente la épica del triunfo, sino también la derrota y la a épica de la derrota. Todo el tiempo aparecía esto no en una secuencia temporal sucesiva que pusiera primero el esplendor y después el declive, sino la idea es que la identidad está hecha al mismo tiempo de levantarse y caerse.
Eso habilita una concepción de la identidad que es la que a mí me interesa, ésa que no está hecha sólo de afirmación, sino también de vacilación y de interrogación. Me parece que ése fue el gesto diferente que me llevó a evitar los esencialismos, la trascendencia, la tipicidad y, como decías, la versión turística. No concibo la identidad argentina como una esencia.
-¿Cómo surgió este libro y qué materiales tenías en al momento de sentarte a escribir?
-Cuando empecé no tenía decididos todos los objetos. Sólo tenía definidos algunos capítulos. El punto de partida fue la idea de trabajar sobre cosas concretas que está en relación con la exposición del Malba que te comenté y que enriqueció o estimuló mi relación con el hecho de leer cosas, en este caso se trataba de leer cosas argentinas, evitando lo turístico y lo típico y ver qué ideas aparecían. Como me interesa la relación concreta con las cosas concretas, es un libro muy pensado, no es un libro de especulación abstracta. Creo que la lectura se puede desplazar de textos literarios a textos no literarios, de objetos verbales a objetos no verbales.
Un libro sin punto de cierre
–Argentinos, ¡a las cosas! es un libro que no tiene un punto de cierre. Ninguno lo tiene en realidad, pero en éste esa falta de cierre está muy marcada. ¿A qué atribuís este hecho?
-Ningún libro lo tiene, efectivamente, pero me parece que en este caso está especialmente marcado porque en determinado momento tuve que decir «bueno, hasta acá llego». Por ahí, si me daba un poco más de tiempo, se me hubieran ocurrido cinco cosas más. Al lector, muy probablemente leyendo estos 25 capítulos se le ocurran otros perfectamente pertinentes y perfectamente posibles. Más allá de que leímos a Umberto Eco y sabemos lo de obra abierta y sabemos también que todo texto es abierto y todo lector puede volver a abrirlo cuando se pone a leerlo, me parece que, en este caso, la idea misma de cómo está construido enfatiza su apertura. Es una constelación de 25 capítulos y una constelación, por definición, no es una figura que se cierre, siempre se puede agregar un elemento más. La forma que el libro tiene, esta condición abierta también dice algo sobre la manera en que se pensó la identidad, porque el propósito no fue estabilizar y cerrar una noción de lo argentino, sino desde la misma inestabilidad y desde la misma contingencia, pensar la identidad siempre como provisoria, cambiante, abierta.
Viajar y escribir
-¿Para escribir este libro viajaste a conocer los distintos lugares del país que mencionás en él?
-No, no viajé especialmente para escribir el libro en ningún caso, pero por mi trabajo en docencia hago una vida de congresos universitarios, ferias del libro, festivales de literatura y viajo. La verdad es que esta posibilidad de viajar que me da el trabajo es una suerte, porque disfruto mucho de ir a diferentes lugares en un mismo año. Obviamente, no todos esos lugares hicieron que surgieran ideas para este libro, pero todos los espacios, objetos y figuras que aparecen en él, en distintos puntos del país, pertenecen a lugares donde estuve, donde viví la experiencia concreta de haber contemplado objetos concretos, algunos de los cuales están en Argentinos, ¡a la cosas!