El rugby es, por definición, un deporte de contacto y fricción. Para Mauro Bruera significó, además, acercarse a un mundo social donde fue posible borrar límites. Aunque hoy ya no viste la camiseta de Banco Hipotecario —que transpiró entre 2017 y 2022 en la posición de segunda línea—, en su mente conserva lo que el juego le dejó: objetivos compartidos, disciplina, charlas y saberes de otros que aún resuenan en su vida adulta neurodivergente.

Fue diagnosticado con TEA nivel 1, antes llamado Síndrome de Asperger, definido por la Asociación Argentina Asperger (AsAAr) como “una condición del neurodesarrollo que acompaña a las personas toda la vida, influye en cómo dan sentido al mundo, procesan información y se relacionan con los otros. Aunque se desconoce su causa, hay consenso científico en señalar que es de origen neurobiológico y más frecuente en varones”.

La AsAAr explica que antes estaba incluido entre los Trastornos Generalizados del Desarrollo (TGD) y hoy se encuentra dentro de los Trastornos del Espectro Autista (TEA). Asimismo, el término trastorno está siendo reemplazado por Condición (CEA), reconociendo que se trata de una variación más de la diversidad humana.

Mauro, la neurodivergencia y el rugby: el ingreso a un mundo social en el que se borraron los límites

Actualmente Mauro prefiere pensarse en términos de neurodivergencias: “La neurodivergencia es sentir, pensar, recordar, vivir o percibir el universo —social, filosófico y político— desde un punto diferente. No lo planteo como una tragedia ni como adaptación, sino como algo distinto, y somos parte de eso”.

Mauro vive en la Ciudad de Buenos Aires, es autista divulgador de temas como #hablemosdeautismo #adultostea #y se dedica hace años al diseño gráfico, la ilustración y la edición de video; profesiones que requieren detalle y paciencia. Además apunta al diseño web, de producto y experiencia de usuario.

El rugby siempre estuvo presente en su historia familiar, aunque no pudo jugarlo hasta grande. “Desde chico estuve condicionado por dolores crónicos, pero después me di el lujo de jugar un tiempo considerable”. Las dolencias lo acompañaron desde que tiene memoria: “Pasé de médico en médico y todos me decían que eran dolores de crecimiento, hasta que uno me dijo que ese tipo de dolores no existían y que siguiera buscando la causa real”.

Hace tres años fue diagnosticado con síndrome de Ehlers-Danlos (SED), “un grupo de trastornos hereditarios caracterizado por articulaciones muy sueltas, piel elástica con facilidad para hematomas y vasos sanguíneos frágiles”, según MedlinePlus. Mauro agrega que se trata de una colagenopatía que afecta tejidos con colágeno tipo 3; el cuerpo no lo produce ni reconoce adecuadamente, provocando que el sistema nervioso envíe señales de dolor tanto físicas como neurológicas. Estudios muestran que personas dentro del espectro autista presentan con mayor frecuencia hiperlaxitud articular y otras alteraciones del tejido conectivo, que pueden manifestarse desde la infancia y derivar en dolores persistentes.

Mauro y el rugby

—¿Qué cambió cuando empezaste a jugar al rugby?

—La ventaja del rugby es que enseña disciplina, cumplir una rutina, objetivos y acercarse a un mundo social que ayuda a conocer los valores de las personas. Aprendés hasta dónde podés borrar límites para necesitar del conocimiento de otro y funcionar en equipo.

Ese proceso también se tradujo en vínculos duraderos. En el equipo conoció a quien hoy es su mejor amigo. La cercanía se fue construyendo con el paso del tiempo y se profundizó en el último retiro deportivo que compartieron. “Al día de hoy, Catriel es un pilar importantísimo en mi vida”, expresa.

Mauro, la neurodivergencia y el rugby: el ingreso a un mundo social en el que se borraron los límites

«Tuve que adaptar mi alimentación no sólo por ser celíaco, sino porque quienes somos neurodivergentes tenemos un funcionamiento neuropático diferente: no podemos comer cualquier cosa ni en cualquier momento».

La salud de Mauro mejoró: subió de peso, estuvo mejor nutrido y su calidad de vida aumentó. Algunas dificultades sociales persisten, como salir a comer o ser invitado a reuniones, pero intenta aprender a equilibrarlas.

Para él, el mejor camino para tener una vida más completa es hacer deporte, en equipo o individual, siempre en espacios compartidos. Esa dinámica invita a vincularse, intercambiar ideas y conversar, y termina por construir un grupo social donde cada persona conoce sus límites. Además, asegura conocer a muchas personas adultas neurodivergentes mayores de 30 años que, gracias al deporte, lograron integrarse después de mucho tiempo.

—¿Qué significa para vos la diversidad?

—Mi percepción sobre la diversidad cambió con el tiempo, porque la sociedad también cambió su mirada. La ventaja de la diversidad es que todos somos parte de ella y las divergencias marcan la diferencia entre unos y otros.

—¿Considerás importante que la sociedad la reconozca?

—La diversidad y la divergencia deben convivir y es importante que la sociedad lo reconozca, porque siempre existió y no hay necesidad de forzarlo.

Para Mauro, la conciencia sobre las neurodivergencias en Argentina cambió: dejó de ser sólo un cartel anual y se convirtió en un momento para charlar, intercambiar experiencias y generar información más acorde; la visibilidad sobre el espectro ha crecido.

Su hoja de ruta deja una certeza: un equipo que no juega con la divergencia es un equipo que ya empezó perdiendo. La diversidad no se acepta, se reconoce; sin ella, no hay juego posible. «