Mis orígenes

Provengo de una familia de inmigrantes españoles llegados a estas tierras alrededor de los años treinta. Ambos, de origen humilde, traían en sus mochilas la esperanza de encontrar, en esta América mestiza, un suelo para asentarse, constituir un hogar para vivir y encontrar un futuro más promisorio que el que les esperaba en su tierra natal.

Mi madre, ama de casa y modista, típica española católica de misa dominical semanal, si bien sabía leer, no había terminado el ciclo primario. Mi padre, un poco más preparado, había terminado la primaria y cumplido con el servicio militar fuera de su pueblo, lo que le dio mayor experiencia y le permitió, primero, trabajar un tiempo de peón en la Municipalidad y luego ser taxista. Si bien se conocían del pueblo, se casaron cuando se trasladaron a Buenos Aires. Tuvieron dos hijas. Ambos provenían de una formación fuertemente religiosa, basada en los preceptos cristianos, propios de esa época en España. Si bien mi padre era más libre, mi madre mantenía estos principios, que nos fueron transmitidos en la educación y en la convivencia.

La práctica social en mi vida con connotaciones religiosas en la Acción Católica comenzó cuando tomé la comunión a los siete años. Estuve veintitantos, años en distintas parroquias, en la Acción Católi- ca, organizada por ramas, sexo y edad. Yo pasé por Niñas, Aspirantes y Jóvenes. Mi trabajo siempre estuvo enfocado en lo social dentro de las parroquias. La última en la que trabajé fue en Santa Rosa de Lima (Belgrano y Pasco, frente al Centro Gallego). Fue en este barrio donde fallecieron mis padres, lo que me hizo pensar muchas veces en una verdadera causalidad.

A esta parroquia concurrían personajes que luego tendrían relevancia, como dirigentes de organizaciones sociales y partidarias de orientación cristiana. Entre los religiosos, estaban Monseñor Zazpe, mi director espiritual entonces, que luego sería obispo de Santa Fe; el padre Carboni, párroco del lugar, acérrimo antiperonista, recordado por su famoso sermón en el que denostó a Evita luego de su muerte1; el padre Domingo Bresci, integrante del Movimiento de Curas del Tercer Mundo, siempre comprometido con los pobres; y el padre Cárdenas, que estaría luego a cargo de la Vicaría del Belgrano. Entre los laicos, estaban José Ignacio López, quien más tarde sería vocero del presidente Alfonsí, los hermanos Mascialino, importantes dirigentes de la Acción Católica a nivel nacional, y Lorenzo Expósito, luego integrante del Rotary Club.

(1) Esta anécdota la contaba reiteradamente mi madre, que estaba presente, y agregaba que un grupo de mujeres se había atrevido a contestar en voz alta por la falta de respeto.

La tierra de mis ancestros

Galicia está definida por sus rías, sus sierras, sus valles y sus hermosos paisajes. De niña la imaginaba a través de las cartas que llegaban de mis abuelos, mis tíos y mis tías, que mi madre me hacía leer una y otra vez para interiorizarme de su contenido y tener alguna relación con esos parientes que no conocía, que habían quedado en sus lares. Para mí era un mundo extraño y lejano, allende los mares y, según contaban, se necesitaban muchos días de dura travesía en barco para llegar a esas tierras.  Allí estaban mis ancestros, esa cultura y esas costumbres que nutrían mi infancia en reuniones familiares y fiestas entre vecinos, en las cuales se tocaban las gaitas, se bailaba la muñeira y la jota, se comían el pulpo y las castañas, y se hablaba el idioma original. Por su nombre conocí muchos pueblos que me eran familiares, aunque nunca había estado en estos. Maside, el pueblo de mis padres; Piñeiro; Carballino; Orense resonaban en mí con esa especial morriña que los gallegos mantienen de su lugar de origen.

Mi padre hablaba de su tierra natal como si fuera el paraíso: del verde de sus valles; las castañas; las ferias, que se hacían todos los años; las épocas de faenar el chancho y hacer los encurtidos para el resto del año; el aguardiente fuerte proveniente de las uvas, que ayudaba a paliar el frío de esos inviernos duros y neblinosos.

También recordaba las cabras que llevaban a pastar en los prados, las casas de piedra fuerte como una roca, en las cuales parían y criaban a sus hijos. Las fiestas religiosas, el cura del pueblo, que casi siempre tenía una mujer secreta y escondida, e impartía duras reglas de convivencia, por las cuales no se podía dejar de asistir a la iglesia.

La misa de los domingos era sagrada, y aquel que no concurriera era considerado sacrílego y pecador; el castigo se lo impondría desde el cielo ese Dios terrible al que no había que desobedecer y al que no se podía dejar de adorar, casi como único proyecto de los hombres y mujeres. (Sobre todo para estas últimas, que debían comportarse como devotas fieles).

Todo esto plasmó mi niñez y llenó mi imaginación de paisajes desconocidos, muy distintos de esa tumultuosa ciudad de cemento —autos, micros, tranvías, calles adoquinadas y miles de personas caminando por todos lados-, en las cuales me había criado. Mi Buenos Aires querido…

Los años fueron pasando, y la vida y los acontecimientos me lleva- ron lejos, no ya cruzando mares en barcos, sino ahora en aviones que surcaban los aires a gran velocidad y nos hacían atravesar los océanos sin poder verlos.

Un día, después de muchos años y establecida en México por el exilio, pude viajar a Galicia y conocer esas tierras, deleitarme con sus hermosos paisajes, sus bosques, las sierras, sus rías y sus arroyos, y admirar ese verde intenso y húmedo del que tanto me habían hablado mis padres.

Tierra de labradores y campesinos que tuvieron que emigrar corridos por la pobreza y por una guerra salvaje que los trajo hasta nuestro continente en busca de refugio y para forjarse un porvenir, para «hacer- se la América», como la mayoría pretendía.

A pesar de ello, mantenían en su corazón y en su mente esa tierra que nunca habían dejado de amar y añorar, recordándola con esa morriña característica de los gallegos fuera de su terruño, que nosotros sus hijos y nietos habíamos heredado sin conocer y pudimos amar cuando pisamos su suelo.

Memorias desde la militancia popular

Llega el amor junto a la política

Llegada a la Junta Nacional (NdeR: de la Democracia Cristiana), conocí a Norberto Habegger, entonces secretario adjunto de La Juventud. El secretario general era su amigo Domingo Razzotti, con quien habían llegado poco tiempo antes de su militancia provincial en Arrecifes, lugar donde habían nacido. Con ellos militaban Roberto Perdía, de Pergamino; Raúl Magario de Santa Fe; Oscar de Gregorio, de Buenos Aires, entre otros.

Norberto vino de Arrecifes con su hermano, Jorge Habegger, que luego se haría famoso como director técnico de fútbol del Club Boca Juniors, entre otros clubes, y posteriormente trabajaría fuera del país, donde se hizo conocido, sobre todo en Ecuador, Colombia y Bolivia.

Eran tres hermanos de una madre que había quedado viuda muy joven. Norberto era el mayor. Su amor por la política hizo que militara en Arrecifes, primero en la Acción Católica; luego en el Frente de Estudiantes Libres (FEL) durante la secundaria; y, finalmente, en la Democracia Cristiana. Vino a Buenos Aires a estudiar Derecho -carrera que abandonó para dedicarse a la política-. Por ese entonces trabajaba en el Banco Nación.

En la Democracia Cristiana, en esos tiempos había dos sectores muy diferenciados: uno, muy reaccionario, que terminó abriéndose; y otro conducido por Horacio Sueldo, quien hizo el acuerdo con Matera de lo que resultó la fórmula presidencial Matera-Sueldo.

Norberto, militante de la Democracia Cristiana, en su fuero interno había sido siempre peronista; asumía al peronismo como fenómeno sociopolítico. Tanto es así que, en un viaje a Alemania, a un Congreso de la Democracia Cristiana (1965) con un grupo de jóvenes, tuvieron un encuentro en España con Perón. “Estuve con Perón en Barajas” fue lo primero que me contó. Yo, que había sido más reaccionaria por influencia eclesiástica materna, a pesar de que mi padre era peronista, lo miré con asombro.

Con Norberto nos pusimos de novios en ocasión del viaje a Chile para la asunción de Eduardo Frei (1964) con la delegación argentina. Fue una experiencia muy gratificante y de importancia para los países de Latinoamérica, pues allí conocí a jóvenes y mujeres de la región; este viaje se completó con el que hice tiempo después a Venezuela.

Nos casamos en 1967; el oficiante fue el padre Mayol, en una misa totalmente cantada.

Nuestra pareja estuvo muy teñida por la militancia, tanto en los mejores tiempos como en la separación. Norberto escribió su primer libro sobre la vida de Camilo Torres, cura colombiano que había conocido en uno de sus viajes a Colombia y que terminó muerto en la guerrilla. Yo lo ayudé leyendo y aportando mis conocimientos. Siempre decía que este libro era nuestro primer hijo, y me lo dedicó.

Retornos de Perón

Corría el mes de noviembre de 1972; el día había asomado nublado y lluvioso. Con los compañeros de la villa habíamos quedado en realizar la peregrinación en conjunto (eso fue una especie de peregrinación) después de tantos años de lucha, de trabajo territorial, de haber escuchado sus mensajes y de haber leído una y otra vez sus documentos. El Viejo, como le decíamos cariñosamente a Perón, regresaría a la patria.

Queríamos ir a recibirlo a Ezeiza, donde arribaría en avión en vuelo proveniente de España, donde estaba exiliado desde hacía alrededor de doce años, después de haber pasado por diversos países de Latinoamérica, debido a la proscripción que sufría. Me fui para el barrio muy temprano, alrededor de las siete de la mañana. Por allí pasarían a recogernos en camiones que nos llevarían hasta el aeropuerto.

Una vez que habíamos realizado parte del camino y ya cerca de Ciudad Evita, no nos permitieron avanzar. Bajamos de los camiones y comenzamos a caminar a campo traviesa, bajo una persistente llovizna que nos calaba hasta los huesos. Era tal nuestro entusiasmo que continuamos caminando en caravana con otras columnas que encontrábamos a nuestro paso y que, al igual que la nuestra, no habían podido avanzar más en transportes.

Seguimos avanzando y cruzamos el río, mojándonos hasta más arriba de la rodilla, tomados de las manos para protegernos unos a otros. Pero, al llegar ya bastante cerca del aeropuerto, nos volvieron a detener policías y militares, y ya no pudimos continuar. Con gran dolor y frustración después de esa dura jornada y totalmente mojados y tiritando de frío, debimos emprender la retirada luego de habernos enterado de que al avión que traía de vuelta al país a nuestro líder no le habían permitido aterrizar. Esa noche llegué a mi casa con una tristeza profunda y con mis ropas empapadas y descoloridas de tanta mojadura y con un sabor amargo por la nueva frustración.

A pesar de estos inconvenientes, los días sucesivos fueron de gran algarabía, pues el General se instaló en una residencia de la calle Gaspar Campos en Vicente López, desde cuya ventana salía a saludar a los compañeros que queríamos verlo e íbamos hasta allí. Poco duró esta situación, pues una semana después regresó a Madrid.

El perfume de los tilos

Los tilos, cuando florecen, tienen ese perfume embriagador que ador- mece nuestros sentidos y nos aleja de todo. A mí me recuerdan especialmente a la ciudad de La Plata, con sus plazas, donde estos árboles ofrecen su sombra y su encanto. En verano, disfrutaba sentándome en alguno de los bancos y quedaba prendida del mensaje que me transmitían. Ese perfume me trae el placer que pude experimentar en las distintas etapas en que viví en esa ciudad que amo.

La primera fue en 1973/1974, en plena ebullición revolucionaria, cuando nos fuimos a vivir allí durante el gobierno del doctor Bidegain. Cumplía funciones en el Ministerio de Acción Social, en Desarrollo Comunitario. Muchas horas pasaba allí atendiendo a los compañeros de las villas que venían a plantear sus problemas y sus necesidades. Para mí era un placer poder llevar a la práctica todos los principios que durante años había trabajado, desde abajo, en mi tarea de promotora comunitaria. Ahora que ejercía una posición de poder, desde mi puesto de directora provincial, podía satisfacer esas necesidades sentidas y reales que había conocido en la tarea diaria. Esta fue una etapa muy especial una etapa en mi vida, que acabó con la caída del gobierno provincial, con la cual ya se avizoraba la noche que se venía.

Disfrutaba de los tilos cuando entraba de mi despacho y salía de allí, o mientras caminaba pensativa hacia mi casa platense, con carpetas llenas de expedientes que tenía que revisar y firmar.

Pasaron los años; después de duras y tristes vivencias que me llevaron a vivir fuera del país, volví a mi querida ciudad hacia fines de 1987, otra vez a cumplir una tarea directiva en el área de Educación de Adultos.

Mi despacho estaba en una de las torres de la plaza Moreno y, otra vez, los tilos con su perfume se cruzaron en mi vida. Tilos y trabajo al servicio del pueblo están asociados en mi quehacer en tres vertientes que se cruzan. Tilos, trabajo comunitario y poder para llevarlo a cabo. ¿Cómo no amar a esa ciudad de La Plata que me ha brindado la posibilidad de dar y recibir todo aquello para lo que me he formado y que es mi más fuerte vocación?

La tercera y última etapa en que volví fue hacia fines de 1990, para una tarea de investigación relacionada con los mismos temas. Las re- uniones de trabajo eran largas y tediosas, pero fructíferas, y hacían brotar en mí el deseo de ir a descansar en una de esas plazas para despejar la mente y poder disfrutar de ese perfume de los tilos que me transportaba a otra realidad, siempre placentera. Así, las plazas Italia, Moreno, Paso, en distintas etapas, supieron de mi cansancio intelectual y físico, y me brindaron el placer de sentir ese perfume lleno de matices y recuerdos gratos.

Memorias desde la militancia popular
La autora

La escritora y astróloga Flora Castro nació en Buenos Aires. Licenciada en Relaciones Humanas, ejerció en el ámbito público en diferentes cargos. Publicó artículos sobre educación de adultos (revista del INEA, México). Junto con Ernesto Salas escribió el libro Norberto Habegger: cristiano, descamisado, montonero» (2011), sobre su compañero de vida. Participó de la antología Desde aquí contamos, junto con compañeras del taller de escritura de Cristina Villanueva. Fue y es, sobre todo, una militante incansable.