Cuando se observa desde un costado se ven cosas que no se ven desde el centro. El último 24 de marzo estuve en la Plaza pero no estuve en la Plaza. No, no es que me haya contagiado de Patricia Bullrich que dice que la realidad no es la realidad. Quiero decir que estuve en el puesto que, cada 24 de marzo desde hace diez años, Tiempo Argentino instala en Florida y Diagonal Norte.
Luego, por la noche, ya en casa, vi por televisión las imágenes que mostraban la multitud, la cantidad increíble de gente que se reunió para conmemorar los 50 años del día en que comenzó la dictadura más feroz y sangrienta de las varias que tuvo la Argentina. Se me arrugó el corazón. Esas imágenes pasarán a la Historia, la que se escribe con mayúscula.
Mis compañeros de Tiempo y yo desde nuestro puesto, en cambio, vimos otra cosa, vimos -para decirlo en términos un tanto pomposos- la microhistoria que tanto impulsó Carlo Ginzburg como corriente historiográfica hacia fines del siglo pasado y que puso en práctica en uno de los libros de microhistoria más hermosos que se hayan escrito, El queso y los gusanos. Y, por favor, que ningún negacionista se sienta ofendido por la mención del queso que suele usarse como epíteto descalificador ni tampoco de los gusanos.
Volvamos al martes. El 24 de marzo es siempre un reencuentro con los compañeros y lo fue más aún en este caso, a medio siglo de esa fecha nefasta de 1976. Como siempre, los madrugadores estuvieron antes de la 8 de la mañana para garantizar el lugar y armar el gazebo que esta vez, Sipreba mediante, no fue el de los años anteriores. Mariano no tuvo que treparse para amarrarlo a la sólida reja de una ventana de lo que en su momento fuera una importante entidad bancaria ni hubo que descifrar por medio de artes adivinatorias y comprobaciones prácticas qué caño se correspondía con tal cupla. Era un gazebo de lujo, enorme, que podía cobijar a todos los compañeros. Por supuesto, como siempre, hubo cafecito y mate.
Poco después comenzó a llegar gente, madrugadores que seguramente tenían alguna responsabilidad que cumplir como, por ejemplo, montar la infaltable parrilla para los choris que se irían cociendo lentamente para estar a punto en el momento indicado. Y contra las predicciones lógicas en un año de bolsillos flacos, fueron muchos los que se acercaron desde la mañana temprano para llevarse nuestro suplemento sobre la dictadura.
Era imposible no recordar que un 24 de marzo de hace diez años otro suplemento sobre el golpe fue la piedra basal de nuestra cooperativa. A medida que aquella edición especial se vendía como pan caliente, crecían nuestras esperanzas de concretar el proyecto que habíamos soñado. Hoy tenemos diez años de historia cooperativa que contar.
En el gazebo confluimos todos: “los históricos” que estamos desde el principio, muchos, incluso desde la etapa comercial de cinco años que tuvo previamente el diario, y las nuevas generaciones que llegaron después, cuando Tiempo creció lo suficiente como para incorporar nuevos compañeros y compañeras.

Aunque desde nuestro lugar no se veía la Plaza, podíamos percibir la enorme cantidad de gente porque el tránsito humano delante de nuestro puesto era mucho y constante, una muestra significativa de lo que estaba pasando en el epicentro.
Después del mediodía casi se podía dar por terminada “la previa”. A esa hora comenzaron los encuentros casuales con amigos o conocidos con los que uno no pensaba verse en medio de ese mare magnum. Esa es la hora en que comienzan a multiplicarse los abrazos estrechos y emocionados que expresan que, a pesar de la historia dolorosa, “todavía cantamos”, como diría Víctor Heredia.
Cada 24 de marzo nos permite percibir el tiempo transcurrido. Javier, primer presidente de la cooperativa que luego se fue hacia otros rumbos y era por entonces un galancete soltero por el que suspiraban varias chicas de la redacción, llegó con su mujer y sus dos hijos. Nos contó acerca de su vida y su trabajo mientras la gente pedía el suplemento sobre la dictadura, dábamos un vuelto o atendíamos consultas. La calma chicha, según parece, nunca fue, por suerte, un rasgo distintivo de Tiempo Argentino.
Cuando llegó Malena, actual presidenta, recordamos los comienzos desde aquel 24 de marzo de 2016 hasta muchas cosas que vivimos en la redacción por esos tiempos. Una visita que había llegado antes que ella ya le había dejado saludos y a partir de su presencia hubo un desfile incesante de personas que la abrazaban conmovidas. Como todos los años, estuvo el entrañable Alejandro porque en el diario hay experiencias vividas en común que unen para siempre.
Se acercaron, además, muchos lectores que nos alentaban o comentaban tal o cual nota del diario. Aunque se ratifique cada 24 de marzo, nunca dejan de sorprender su fidelidad y su compromiso con nuestro proyecto. Graciela, con la que cursé el secundario, hizo pucheros cuando me vio de cajera improvisada, una función para la que no tengo ningún talento. No pudo articular palabra porque estaba empeñada en contener el llanto. También llegó Silvia con su marido. A Irene y su esposo una marea humana les impidió acercarse al puesto.
¿Qué se ve desde un ángulo lateral como el que ocupamos el 24? En este caso, se ve la forma en que la Historia atraviesa nuestras pequeñas historias, el modo en que se cruzan lo social y lo íntimo. Y a los compañeros de Tiempo nos permite darnos cuenta de que valió la pena atrevernos a concretar ese proyecto que, como dice una conocida frase que se le atribuye tanto a Einstein como a muchos otros, no sabíamos que era imposible, entonces lo hicimos.