El 22 de febrero fue abatido Nemesio Oseguera Cervantes (a) “El Mencho”, en la ciudad mexicana de Jalapa, durante un enfrentamiento con el ejército del país azteca. Era el “jefazo” del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG). Se trata de un desprendimiento del Cártel de Sinaloa, siendo en la actualidad –gracias a su milicia de sicarios– la organización criminal más peligrosa de América Latina. Y al violento conflicto bélico que mantiene con las fuerzas estatales, se le suma ahora otra guerra: la que se libra entre sus facciones para elegir al sucesor del caído. O sea, nadie en su sano juicio disgustaría a esta muchachada.
Pues bien, Javier Milei –sin que el CJNG tuviera injerencias en la nación que él gobierna– le acaba de mojar la oreja con su inclusión en el denominado “Registro Público de Personas y Entidades vinculadas a Actos Terroristas”, que depende del Ministerio de Justicia.
Más que nada fue una ofensa para dichos narcos ya que compartirán su presencia en tal listado con –por ejemplo– los detenidos durante la represión del régimen libertario a la protesta del 12 de junio de 2024, entre quienes se destaca una familia que vendía empanadas, una mujer que filmaba los incidentes con su celular, un estudiante de Historia que milita en un movimiento social, un músico callejero y algunos desocupados que se autoconvocaron.
Además, fue una fanfarronería por parte del mandatario, puesto que sus fuerzas federales de seguridad ni siquiera tienen cintura para desarticular –por caso– el Clan de Los Monos, esa banda marginal que controla la venta minorista de cocaína cortada con Borax en algunos barrios santafecinos.
No obstante, la medida fue de inmediato celebrada por el gobierno de los Estados Unidos a través de un comunicado difundido en las redes sociales por su embajada en Buenos Aires. Nobleza obliga.
Porque el 9 de marzo, durante su visita oficial a Nueva York, Milei había afirmado ante el mundo su “alianza estratégica con los Estados Unidos e Israel”, comprometiendo así a la Argentina en la guerra contra Irán, un enfrentamiento ante el cual, por lógica prudencia, hasta los aliados europeos de Donald Trump en la OTAN prefieren hacerse los desentendidos.
Es decir, en cuestión de pocos días, Milei anudó el destino nacional a dos conflictos armados ajenos a sus intereses. Y con imprevisibles consecuencias.

Cabe recordar que otras desubicaciones diplomáticas, perpetradas en su momento por Carlos Saúl Menem, fueron el trasfondo de las voladuras –entre 1992 y 1994– de la Embajada de Israel y del edificio de la AMIA.
Ahora, el diario oficialista Teherán Times reprodujo un comunicado del régimen iraní que acusa a Milei de haber cruzado “una imperdonable línea roja” y que eso merece “una respuesta proporcionada a esta enemistad”.
En este punto, sólo cabe un interrogante: ¿Milei es o se hace?
Quizás, un indicio de ello esté en un remoto episodio de su biografía. Transcurría el 10 de abril de 1982 en un departamento del barrio de Villa Devoto. La familia Milei estaba atornillada ante el televisor. Y desde la pantalla, el dictador Leopoldo Fortunato Galtieri gritaba con voz aguardentosa:
–¡Si quieren venir que vengan! ¡Les presentaremos batalla!
Se refería a la inminente llegada de las tropas inglesas al Atlántico Sur.
Eso hizo que al pequeño Javier, de once años, se le ocurriera decir:
–¡Es un delirio! Esto va a terminar mal.
Tal frase bastó para que su progenitor, don Norberto, saltara del sillón para prodigarle una paliza impiadosa, ante la indiferencia de su madre, doña Aida, y el horror de su hermanita Karina, dos años menor.
Fue como si las piñas y patadas que recibía Javier fueran para ella. De modo que se descompensó.
Doña Aida, al tratar de reanimarla, le soltó a Javier una advertencia:
–Tu hermana se va a morir y es culpa tuya.
Ahora, 44 años después, Milei es un belicista de pura cepa. Y sin que un sólo ápice de sentido común lo asista en semejante pulsión.
¿Acaso esa ya añeja golpiza le habría causado alguna lesión neurológica que aún nadie diagnosticó?
Lo cierto es que las actitudes de este hombre, en su rol de estadista, traen al recuerdo la figura del “Yeneral González”, el maravilloso dictador de “Costa Pobre”, interpretado por Alberto Olmedo en el programa Operación Ja-Ja, cuyo uniforme mostraba una condecoración donde se leía: “Concurso de baile. Club».
Pero la realidad siempre supera a la ficción.
¿Acaso Milei no exhibe títulos y honores que jamás obtuvo? ¿Acaso en los cinco libros que publicó con su firma hay, al menos, un sólo párrafo que no plagió? ¿Acaso no se atribuye hazañas ajenas (como la liberación en Caracas del gendarme Nahuel Gallo o el fallo de la Justicia norteamericana por YPF)?
Más que sus embustes, lo más atroz en él es que parece un chiste viviente. Claro que la historia atesora otros personajes y acontecimientos no menos ridículos y absurdos que él y su gestión.
Entre los primeros, resalta el inolvidable tirano ugandés, Idi Amín Dada (muy afecto a lucir medallas de hojalata y que, además de proclamarse “Rey de Escocia”, afirmaba ser experto en economía. Medicina y aviación). O el tirano de la República Centroafricana, Jean-Bédel Bokassa (quien se concedió el rango de emperador, además de gastar una millonada en su coronación) O, durante la primera mitad del siglo XIX, Hong Xiuquan, el rey chino de Taiping (quien era afecto a la cultura cristiana y creía ser “hermano de Jesús”).
Entre los acontecimientos, la llamada “Guerra de los Pasteles” (1838) se lleva todos los premios. Y su origen fue la exigencia del rey francés Luis Felipe I al presidente mexicano Anastasio Bustamante de una onerosa indemnización por los daños causados a la pastelería de un súbdito galo apellidado Remontel, durante una pueblada en Tacubaya. Y puesto que México hizo caso omiso a tal reclamo, la flota francesa bloqueó el puerto de Veracruz, por lo que México le declaró la guerra a Francia. Finalmente, el asunto se zanjó con el pago de una suma equivalente al costo de la repostería malograda.
¡Vaya si la realidad supera a la ficción!

Milei, por cierto, es en tal sentido su ejemplo más reciente. Un fenómeno, para colmo, naturalizado por buena parte de la población.
Por ese motivo, la actualidad argentina no merece ser sólo interpretada por la Ciencia Política sino también desde la Sociología Psiquiátrica.
Quizás en el futuro, cuando los historiadores se refieran a esta etapa del país, la clasifiquen como la del “Estado Manicomio”.
Mientras tanto, las guerras siguen su curso.