Entre cruces sonoros y gestos escénicos, construyó una intervención con identidad marcada. Agarrate Catalina aportó músculo colectivo a un set corto y filoso.

Desde la imagen ya hay mensaje. Milo aparece con una chomba que mezcla el logo de Polo con diseño de aguayo andino, y detrás cuelgan una bandera argentina, un Martín Fierro y una vieja revista Folklore con Mercedes Sosa en tapa. No es decoración: es bajada de línea. A eso le suma un banderín de Club Atlético Morón, dejando claro de dónde viene.
El set dura poco más de 16 minutos y abre con “Recordé”, tema donde la murga ya tenía presencia. Acá gana peso: las voces dirigidas por Yamandú Cardozo no están de adorno, empujan el clima y le dan espesor a la propuesta. Hay una idea de colectivo que va más allá del featuring.
El resto del repertorio -“Solifican12”, “Bajo de la piel”, “Niño”, “Luciérnagas”- se mueve en esa zona donde el folk, el rap y la canción se cruzan sin pedir permiso. No hay pose experimental: hay decisión estética. La banda acompaña bien, con arreglos que suman color sin sobrecargar.
Lo más interesante es que Milo no usa el formato para “internacionalizarse” limando lo propio. Hace lo contrario: carga el set de referencias locales y latinoamericanas y las pone a circular en un escenario global. En ese gesto hay algo generacional: no explicar de dónde viene, sino mostrarlo.
El resultado es sólido. No todo es perfecto -hay momentos donde el impacto visual pesa más que lo musical-, pero la propuesta tiene identidad. Y eso, en un formato donde muchos van a cumplir, ya es bastante.
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