UNO. En la pantalla, un hombre se detiene ante un semáforo. Respira hondo, como si el aire que aspira pudiera cambiarle el destino. Frente a él, un taxi, un ciclista, un puesto de shish-kebab. Nada lo distingue de cualquier otro mediodía iraní, salvo una pequeña cámara que registra en silencio lo que el cineasta Mohammad Rasoulof se atreve a filmar en secreto: un país sostenido en la frialdad de la rutina, en la repetición de gestos que parecen inocentes. La película se titula Sheytan vojood nadarad (No hay maldad, 2020), y sin embargo su verdad vibra en cada decisión. Rasoulof, censurado y encarcelado por el régimen, construye un mosaico de cuatro historias unidas por un mismo hilo: el de las ejecuciones.

Heshmat, funcionario anónimo, lleva a los condenados a la horca. Pouya, un joven soldado, debe elegir entre obedecer o desertar. Javad, un civil apacible, tropieza con un secreto que lo une para siempre a una familia. Bahram, años después, arrastra una culpa que no se atreve a nombrar. Todos, como ciudadanos comunes, viven entre el amor y la sumisión, entre el abrazo de una hija y el botón que activa la muerte. Rasoulof, al mostrarlos tan corrientes, desnuda una verdad: el mal no es un monstruo, sino una puerta que se abre cada vez que alguien obedece sin pensar.

DOS. Hoy Teherán se levanta como un mapa de controles, atravesado por el eco de misiles y drones. Pero desde el año pasado, la “Revolución Verde” desafía a un régimen que se aferra al poder con más violencia que otra cosa. En el exterior, los iraníes exiliados marchan bajo la bandera del Shir-o-Khorshid, el León y el Sol de la antigua monarquía, y entonan himnos borrados de los libros escolares.

En Múnich se juntan cada dos semanas desde el año pasado. “La mayoría queremos libertad —dice S., refugiada, a Tiempo—, pero gran parte del país vive del Estado. Sin el régimen, no sabrían adónde ir”. Habla en voz baja, en un café donde las cucharitas suenan como metrónomos. Cerca de la salida está Esmail, nacido en Bandar Abbas, repartiendo té entre los manifestantes. Su rostro alegre contrasta con la preocupación de quienes imaginan a sus seres queridos bajo bombas extranjeras o represalias internas. “Es una dictadura”, dice, y sonríe al recordar que un argentino —Carlos «El Gatito» Leeb— dirigió su equipo, el Shahrdari, en 2010. Ahora promete alentar a los de Scaloni en el Mundial y grita un “¡Viva Maradona!” antes de perderse entre banderas y bufandas. Cosas del idioma universal del fútbol.

Los locales observan desde las mesas bajo los pórticos de la elegante Odeonsplatz. No se suman como en algunas protestas de los ucranianos. Europa tiene ya demasiados asuntos propios y en Baviera hay elecciones este fin de semana que podrían traer sorpresas desde la derecha (ARD). Aun así, los ayatolás provocan rechazo general; una reacción distinta a la que despierta el tema de la Franja de Gaza, donde las izquierdas europeas apoyan a Palestina frente a Israel.

TRES. La Berlinale coronó la película, pero pocos imaginaron entonces que el film había nacido en clandestinidad, rodado a escondidas mientras su autor esperaba citaciones judiciales. Rasoulof fue acusado de “confabulación contra la seguridad nacional” y de “propaganda contra el sistema”; en años anteriores le habían confiscado el pasaporte y lo habían condenado por otros trabajos críticos. En 2024, la sentencia más dura—ocho años, latigazos y la confiscación de bienes—se convirtió en una orden de cárcel. Entonces el director optó por huir en la noche, atravesando montañas y silencios hasta llegar a Alemania, con la mirada de quien no durmió durante semanas.

Desde el exilio, Rasoulof trabaja con manos rencorosas y recursos escasos. Escucha a su país desde la distancia y escribe como quien cose una prenda rota para volverla abrigo. Sus últimos rodajes, nacidos en la tensión de 2022 y presentado en festivales bajo la amenaza de castigo, le valieron ovaciones en Cannes y una red de protección internacional que, sin embargo, no borra el peso de lo que dejó atrás. Tiene amigos interrogados, colaboradores vigilados, equipos a los que el miedo acosa. Vive como un péndulo entre la nostalgia y el deber, entre el agradecimiento por la libertad mínima que le concede el exilio y la certeza de que la censura aún lo precisa como chivo expiatorio.

Mohammad Rasoulof: el cineasta que saltó sobre su sombra
¿Un potencial sucesor real?

Entre Washington DC y el recuerdo difuso de Teherán vive Reza Pahlavi (1960), el hombre que podría ser rey si todavía quedara un reino dispuesto a recibirlo. Es hijo de Mohammad Reza Pahlavi, el último Sha de Irán, aquel que huyó en 1979 cuando la revolución cambió las alfombras del palacio por pancartas y barbas. Fue educado para gobernar un país que ya no lo espera, un país que aprendió a olvidar su dinastía entre sermones y sanciones.

Habla con voz cansada, más de político que de monarca. En las calles donde el régimen se agrieta su nombre reaparece escrito en muros o murmurado entre gases y consignas. Algunos lo ven como una esperanza, otros como una reliquia. Los analistas dudan, lo describen demasiado occidental, demasiado correcto, demasiado tarde.

Si el poder de los ayatolás cayera mañana no habría decreto que lo llevara de vuelta al trono. Pero en el teatro imprevisible de Irán, donde la historia cambia de escenario sin alterar su trama, Reza Pahlavi sigue ahí, como ese invitado olvidado al que nadie miró durante la fiesta hasta que el anfitrión se desploma y alguien, por fin, pregunta quién queda para cerrar la puerta.