Teo, estudiante de segundo año, tiene que escribir una monografía sobre un tema a elección. No tiene en claro qué hacer ni está entusiasmado, pero como le cae bien su profesor de Historia, se inclina por investigar la última dictadura cívico-militar.

Al igual que muchos jóvenes de su edad, le hace preguntas a la Inteligencia Artificial (IA). Pero algo pasa: una voz de los 70 interfiere en la comunicación. Y Teo ya no va a volver a ser el mismo.

Avisale a mi mamá, la nueva novela de Mónica Zwaig coeditada por Siglo XXI y el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), fue pensada para trabajar con adolescentes en las aulas de cara a los 50 años del golpe de Estado. La escritora y abogada francesa es hija de argentinos exiliados. Vive en la Ciudad de Buenos Aires desde hace 17 años y tiene una larga trayectoria de trabajo en el campo de los derechos humanos: “Me interesa el camino que hacen los personajes al tratar de entender qué pasó en ese período. En algún punto es lo que yo atravesé de grande porque no me transmitieron demasiado esta historia. Me generó curiosidad y busqué información. Y es lo que espero que hagan muchos pibes”, dice a Tiempo.

Mónica Zwaig: “Busqué generar una ficción que habilitara preguntas, no imponer”

–¿Con qué búsqueda surgió la idea de una ficción sobre dictadura para jóvenes?

–Desde el CELS me invitaron a pensar una producción para adolescentes de cara al aniversario número 50 del golpe de Estado. Me gustó mucho la propuesta, abordar colectivamente el desafío de generar espacios para dialogar con las nuevas generaciones sobre este tema. Se habla de una ruptura generacional respecto a la memoria. La adolescencia en sí misma es un período de ruptura muy grande. Por lo general, los adultos no tenemos ganas de escuchar lo que va a decir un adolescente porque va a señalar, precisamente, lo que no queremos escuchar. Pero hay que conversar. Más allá de los eslóganes y de los prejuicios. Si se intenta imponer una idea, va a volver como un boomerang mucho más fuerte.

–¿De qué diagnóstico partiste? ¿Cómo se relacionan los adolescentes con la lucha por la Memoria, Verdad y Justicia?

–Hablé con muchos. No me gusta generalizar, pero la mayoría no conoce en profundidad esta parte tan importante de la historia del país. Escucharon, saben que existen los desaparecidos, pero no exactamente qué significa el terrorismo de Estado. Y en algunos casos me daba cuenta de que tenían mucha inseguridad a la hora de hablar de eso. No sabían bien cómo formular, qué decir. Ahora bien, ¿cuántos materiales sobre dictadura están hechos para ellos?

–Lo que decís coincide con lo que compartieron varios docentes en una de las presentaciones del libro: en el mejor de los casos, los estudiantes manejan datos básicos y relevantes, pero no necesariamente hubo un proceso de aprendizaje profundo e interpelación. O hasta se inhiben de preguntar en clase.

–Por eso me interesó salir del discurso más clásico, de cassette, para llegar a los adolescentes. Todo el tiempo escribí con la preocupación de tratar de no imponer una idea, de no mostrar personajes que tienen sólo una verdad o una forma de ser. Se podría haber tomado otro camino: un relato histórico más parecido a un “manual”. Hay mucha gente que lo hace y lo hace bien. Lo que yo busqué -no sé si lo logré- es generar una ficción que habilitara preguntas. Ninguna escena está cerrada ni tiene el objetivo de revelar una verdad. La novela no está pensada para que los pibes la lean solos en su casas, sino como punto de partida de un diálogo.

Esa apertura también se ve en la construcción de los personajes. Teo elige la dictadura como tema de su monografía simplemente porque le parecía simpático el profesor de Historia, que llevaba zapatillas de colores distintos todos los días. Mora, su compañera de clase, está mucho más familiarizada con el asunto, tiene una postura clara, pero también un montón de preguntas. Ninguno termina de encajar con los estereotipos sobre las adolescencias que circulan hoy. ¿Cómo los pensaste?

–Primero, no quería que la historia transcurriera sólo en la Ciudad de Buenos Aires. Por eso Teo viene de Santa Fe y es hincha de Colón. Después, quería que la historia fuese lo más universal posible, como para que cualquier adolescente se pueda identificar por más que no sea de Capital o que siga a otro club de fútbol. Traté de no hacer un personaje que sea sólo de una manera. Ninguno es 100% bueno, malo o católico, ni entra en una sola casilla. Porque la vida es así también. Y la literatura permite eso: mostrar la complejidad y las contradicciones detrás de los seres humanos y sus ideas.

–Para escribir la monografía, Teo empieza a hacerle preguntas a la Inteligencia Artificial (IA) sobre qué pasó durante la última dictadura, hasta que la aplicación es intervenida por una voz del pasado desde un centro clandestino de detención. ¿Por qué decidiste incluir a la IA de esta forma?

–Desde el comienzo de Avisale a mi mamá la IA estuvo presente como idea. En mi entorno veo a muchos adolescentes usándola en la vida cotidiana y en la escuela. Entonces, me pareció una buena forma de llegarles. Además, cuando el CELS me comentó su intención de trabajar a través de preguntas –finalmente eso quedó plasmado en otro material– me quedó rebotando la idea. Justamente, la IA es útil para entablar un diálogo. También me parecía interesante y gracioso que un instrumento tan moderno nos explique algo que pasó hace 50 años. Y desde el inicio se me ocurrió que iba a ser intervenido por un “infiltrado”. Lo llamo así para usar el vocabulario de los setenta, pero no es un infiltrado. La Inteligencia Artificial funciona como una pasarela en el tiempo. Como referencia tenía una película que me había gustado mucho en la infancia: Jumpin’ Jack Flash. Es la historia de una señora que está en su trabajo y de repente la computadora se prende, le empieza a hablar y en realidad es una espía que necesita ayuda. Además, me inspiró mucho el escritor Ray Bradbury.

–Teo y Mora se encuentran con una exvíctima de la violencia dictatorial en años de terrorismo de Estado. ¿Por qué incluiste a un sobreviviente como personaje?

–Me gusta detenerme en esa figura: los que pueden contar su historia, lo que vivieron. Los pibes están muy centrados en los desaparecidos, pero quizás no saben que hubo sobrevivientes. Siempre pienso en el coraje que tuvieron al haber hablado y quiero agradecerles, de alguna manera, por sus palabras.

 –¿Qué más esperás que pase con la lectura de la novela?

–Tengo muchas ganas de que el libro llegue a los adolescentes y que lo intervengan con sus palabras e inquietudes. Me gustaría verlos borrar, tachar y corregir el texto. Que digan: “no, yo acá pondría esta otra palabra”. Que lo reescriban. Y después, insisto con el diálogo: hay que hablar de todo otra vez. Se puede preguntar por qué se dice que son 30 mil y se puede responder por qué esa cifra. Eso es transmitir la memoria. Explicar de dónde viene cada consenso. Hay que hacerlo siempre, no se termina nunca. Es infinito.