El conflicto tiene raíces profundas, es una historia de abandono ambiental y arrogancia estratégica. La paradoja tiene aristas asombrosas. La potencia que se postula para proteger Groenlandia es responsable de una contaminación que el cambio climático está desnudando y no asume responsabilidad alguna sobre ello. El símbolo del legado es construida en 1959 y exhibida como base científica cuando en realidad era la cabecera del Proyecto Iceworm (“gusano de hielo”), un plan norteamericano ultra secreto para erigir una ciudad subterránea con una red de túneles, capaz de albergar cientos de misiles nucleares –¿600, 800?– apuntando hacia el territorio de lo que entonces era la Unión Soviética. Camp Century albergaba, además, un potente reactor nuclear instalado allí sólo con fines bélicos.

En 1967, al levantar la base, el Cuerpo de Ingenieros del Pentágono retiró sólo el reactor y dejó bajo los hielos toneladas de aguas residuales, una infraestructura jamás inventariada, desechos químicos y un estimado de 200 mil litros de combustibles, todo bajo el supuesto de que la acumulación perpetua de nieve lo mantendría enterrado para siempre. La premisa del “hielo perpetuo” fue aniquilada por los efectos del cambio climático. En 2016, nadie lo recuerda hoy, una investigación del norteamericano Geophysical Research Letters advirtió que, de mantenerse los niveles de ese momento, Camp Century pasaría de acumular nieve a derretirla en 2090, liberando los residuos escondidos y contaminando ecosistemas marinos de los que, desde que salió el Sol, dependen las comunidades de cazadores y pescadores.

Un “puñado de dólares”

Al final, después de toda una cadena de humillaciones que incluyó un paquete de amenazas a Europa, Trump insinuó primero y ratificó después, según su estilo bravucón, que la isla del Ártico de soberanía compartida entre Dinamarca y Groenlandia, dos fieles aliados de la OTAN, vale 700.000 millones de dólares. En su mercantilismo mental pensó: si los nativos inuit y los europeos que los explotan son 57.000, esa montaña de dólares significa que cada uno de ellos se llevará 12.280.702 dólares y unos pocos centavos. Ya antes de asumir la presidencia, el 20 de enero de2025, se había dirigido al pueblo groenlandés y desde el trono del recién electo, después de asegurarles en el más pegajoso de los lenguajes que los amaba “y siempre los amaré”, les prometió: “Confíen en mí, yo los haré ricos, muy ricos”.

La Casa Blanca dejó trascender a través de la prensa –de un lado o del otro, pero siempre confiable para el gobierno– que el valor de venta de Groenlandia “fue fijado por un grupo de expertos independientes y ex funcionarios coordinados por Marco Rubio”, el hijo de un matrimonio de exiliados cubanos de Miami –los llamados gusanos– que oficia de canciller de la Unión.

Cada vez que se habla en esos términos, siempre queda la duda sobre ¿qué es eso de independiente si los eligió, los contrató y les pagó el gobierno?, es decir, Trump, el promitente comprador de la isla. Pero eso no sería nada en el mundo de los subvalores que rige la política imperial. Valdría la pena, aunque fuera como simple formalidad, saber si los elegidos no vienen de los suburbios del negocio inmobiliario, como el jefe, saber a cuánto tasaron la soberanía nacional, la noción de patria, el sentimiento de pertenencia.

En los años 60 del siglo pasado el venezolano Isaac Chocrón conmovió al mundo teatral americano con “De Asia y el Lejano Oriente”, un país que no tenía nombre ni se sabía dónde estaba. La trama era simple: allí, un enclave de alto valor estratégico, llegaba un empresario enviado por las fuerzas del cielo –el imperio– que proponía comprar el país para hacerlos “a todos ustedes muy, muy ricos”. Para que todo fuera transparente sugería hacer una campaña proselitista para que, en plebiscito, los habitantes “votaran por el Sí en un acto supremo de soberanía”.

Chocrón no imaginó ningún punto de hipocresía sobre la validez jurídica de la operación y, ante la obviedad, no se le dio por preguntarse nada sobre el valor de lo intangible. El sistema, el verdadero, el que rige en la Tierra, actuó como bien lo sabe. Reinó la censura. Chocrón fue aplaudido a rabiar sólo en Uruguay, Chile y Venezuela.

A nadie le importarían demasiado los desequilibrios del señor Trump si no fuera porque el sujeto es el mismo que en su carácter de presidente y comandante en jefe maneja las tropas más poderosas y armadas del planeta. Y si no fuera porque ninguno de sus laderos dio señales, hasta ahora, de mostrarse un poquito más equilibrado que el patrón y, palabras más, palabras menos, pararle el carro.

Un caso patético es el de la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, que hasta hoy guardó un secreto que nunca debió haber guardado. En 2018, cuando era la gobernadora de Dakota del Sur, Trump le confesó que su sueño era verse esculpido, junto con Washington, Jefferson, Roosevelt y Lincoln en la célebre escultura que preside el ingreso al Estado y simboliza el nacimiento y expansión nacional.

Según le dijo a la alta funcionaria de hoy el mismo día que la conoció, durante un acto público en la ciudad de Pierre, Trump se sentía el hombre “elegido por las fuerzas del cielo” para cerrar el ciclo de 250 años iniciado con la independencia del 4 de julio de 1776. En estos días Kristi Noem recordó aquella confesión cuando fue entrevistada por el The New York Times. El circunspecto matutino ya tenía chequeada la información. Ese día agregó una frase del presidente, recogida el 9 de enero por David E. Sanger, su corresponsal de seguridad nacional en la Casa Blanca: “Groenlandia es psicológicamente clave para mí”. Se ignora si alguno de sus asistentes tomó la posta y le sugirió recurrir a algunas pastillitas de clonazepam, alprazolam u otra medicina útil para estas emergencias.

Los bolsillos de la industria bélica europea

Esta vez la industria bélica europea no necesitó poner en marcha su poderoso lobby. Los afanes guerreros de Donald Trump, atropellando al mundo y humillando en tierra propia a los fabricantes locales de armas para que produzcan más, y más rápidamente, hicieron todo por ellos. Con los números de las dos semanas iniciales del año el sector puede prever para 2026 unas ganancias excepcionales que superarán las de 2025 y toda la década previa. La tensión generada por el secuestro de Nicolás Maduro, la idea fija de apoderarse de Groenlandia –aunque en Davos Trump aseguró que será por las buenas– y el fenomenal aumento del presupuesto de guerra a 1,5 billones de dólares en 2027 abrió una carrera entre las grandes, que ya superan los 91.000 millones de capitalización (un alza del 10.96%).

Las psicopatías del presidente norteamericano son determinantes para que el sector bélico experimente estos aumentos, puesto que ante un por ahora hipotético desembarco del Pentágono y sus tropas de élite en Cuba, Colombia, Irán, algún país africano y Groenlandia –no hay por qué creer sus dichos de Davos–, el lobby industrial reaviva la necesidad mundial de un rearme a niveles de máxima. Y en los países de la UE se retoma la idea de crear un sistema de defensa propio, independiente de la tutela norteamericana.

El panorama actual genera el clima para que la industria armamentística europea sea una opción recurrente entre las carteras de inversores, lo que no ocurre con otros sectores. Las tres principales compañías del rubro –la europea Airbus, la francesa Safran y la británica Rolls-Royce– suman el 53,8% de la capitalización del grupo. Hasta el jueves 22 la empresa que más había subido en valorización bursátil absoluta era la alemana Rheinmetall, seguida por la inglesa BAE Systems y Airbus. El Financial Times dio forma a las versiones de los lobistas y les puso sólidos números a esas versiones: sólo en los primeros 20 días de enero el índice Stoxx Europe Aerospace and Defense subió casi un 15%, más de una cuarta parte de su crecimiento récord del año pasado, activado por la crisis en Ucrania.