Pellizcame
Las anécdotas que pudiera contar de murga y carnaval serían ya un libro aparte. No sólo desde adentro, sino desde afuera: de pibe en adelante, la construcción vital tangible o no, también influyó en parte de mi vida como un combustible propio de identidad. Y claro, buscar alguna que se pudiera contar, apta para todo público, es otro de los temas. Pude encontrar ésta: sencilla y engloba muchas cuestiones acerca del género y del concepto cultural que encierra la murga más allá del carnaval.
Merced al trabajo y empeño en Francia del inolvidable Juan Carlos Cáceres, conocí a unas chicas que trabajaban para un medio importante de la tele francesa. Por supuesto que a ellas, la murga argentina les era absolutamente ajena y luego de conocer un poco de oídas al maestro (otro poco a mí que andaba dando mis primeros pasos musicales), decidieron armar un trabajo sobre la murga y se vinieron a Buenos Aires nomás. Mes de enero, plenos ensayos y adrenalina de precarnaval. Las llevé a un ensayo a la placita legendaria de «Los Elegantes de Palermo». Además, yo salía en ella como integrante: por esos años estaba en un ida y vuelta con mi vida y cada carnaval era sagrada la cita en el barrio de Palermo, donde llueve y no gotea…
Pusieron en posición su cámara para grabar lo que pasaba; luego reportearían a integrantes que participaban en ropa de calle en el ensayo y hasta hubo quien bailaba en chancletas. Mientras filmaban, una de ellas, en tono de guiño hombreó a la otra y comentaron algo en tono de admiración. Como no las entendí, pedí que traduzcan y entonces escuché, en un castellano casi impecable: «Le estaba pidiendo a ella que me pellizque para convencerme de que no estábamos en Brasil».
Claro, acostumbradas a una visión importada y negadora de nuestra cultura popular, lo que estaban viendo contradecía todo. Se les alumbró la verdadera esquina de una Buenos Aires impensada pero verdadera a ritmo de murga.
Volviendo a Cáceres, que señalaba aquello de «la historia negada»; estas periodistas conocieron su contenido en directo. A seguir pellizcando entonces a propios y extraños.
La Lorena
Entre las nieblas quemeras de esa «mierdoteca residual» que hasta no hace mucho supo ser la zona de Villa Soldati, en el sur más profundo de la ciudad, creció Fabián. Fue desarrollándose a los tumbos y como pudo, como cualquiera de sus vecinos en ese Bronx de hierro y cemento pintado a los golpes de elecciones y complejos novedosos de corte deportivo. Allí, este rico guachito orgullo de la familia, cuando las minitas se empezaron a acercar sin timidez, respondía a medias a esos encuentros cercanos y no pasó mucho tiempo en comenzar a sentir muy adentro un sentimiento desolador al terminar de curtir o acabar. Nunca disfrutaba de esas historias.
Sí, desarrollaba una sensación excitante de competencia en deseos con las pibas, y en ese terreno femenino, se fue acercando al momento de la verdad. Ya no podía disimularlo más. Los pibes, entre las sombras cobijo de las tardes, a solas o en algún rincón del parque, cuando el sol se ocultaba, empezaban a varear a quien con el tiempo, sería un recuerdo difuso y fotográfico de Fabián. No pasaría los 18, calculo, cuando sin rubores y si con mucha valentía, se rebautizó Lorena. Se extendería el rumor en el barrio y Fabián pasó a ser “La Lorena”.
Un cuerpo sin necesidad de retoques ni plásticas intervenciones, unos labios a lo Bassinger, esas piernas esbeltas y libres de vello, envidia de sus nuevas compañeras de juego e intereses, la hacían apetecible con propios y extraños, con asumidos amantes de lo distinto, hasta con los clandestinos machos de dudosa actitud noble y auténtica.
Cuando al fin le permitieron salir como vedette en la murga del barrio, porque en años de regreso a la democracia por entonces, los “travas” -o como se llamaran- tenían lugar para mostrarse en su esplendor y sin rubores de culpas morales, sin solución de continuidad, Lorena la rompía y encima bailaba descalza en cualquier calle. La gente no paraba de aplaudir a su paso orgulloso y sexy. Hasta las mujeres de la murga la envidiaban en algunos casos; en otros, caían de placer por tenerla al lado.
Había que echarle flit a muchos de otras murgas cuando había cruces, porque generaba deseo. En el barrio, “La Lore” era experta en cuidar nenes: desprejuiciados ya los vecinos, pagando poco, varios solían dejar a su cuidado a sus hijos. Ella era cariñosa y muy atenta. Le encantaban los chicos y, además de ser abogada, tenía en su centro el metejón de ser madre como sea. Se lo dijo una noche luego del amor a su pareja clandestina, porque ella tenía de novio a un casado y con hijos. El hombre era picante, y ella se sentía protegida de alguna manera. Pero lentamente le empezó a exigir definiciones y esto provocó que un par de años después tomara una decisión impensada, para que el barrio, la murga y el cielo se vistieran en una levita de nube tóxica, llorando la ausencia de Lorena.
Su cuerpo generoso en formas, su cara dibujada en una estrella de fulgor incunable, una mañana se pintó de dolor y pena, dejando una sombra de luz infinita entre las escaleras y las ventanas de un complejo de monoblocs más demacrados que nunca. Su recuerdo la acercan a mí hoy, como un carro de oro y mirra, sobre mi triste mirada plebeya que supo tener deseo, también ante su paso de bailarina ardiente y murguera como la piel de la calle central de ese barrio anclado al límite, al que sólo puede cruzarse con el corazón en la cabeza. Ser valiente, teniendo en cuenta que estos días en que la calle se puebla marchando de Lorenas orgullosas, esperando finales más felices en la igualdad de oportunidades y amantes despojados de reliquias a fuego en el pecho del futuro. Los estigmas que sean heridas y no un propagar de infiernos terrenales. Atravesado amor o no, mal necesario… Como todo amor, quizás…
Besos de esquina y abrazos de cancha.