La muerte de Luis Puenzo no es solo la despedida de un cineasta central, sino el cierre de una figura que supo intervenir en momentos clave del cine argentino con una mezcla singular de ambición narrativa, vocación industrial y lectura política. A los 80 años, el realizador deja una obra breve en cantidad, pero decisiva en impacto, marcada por un título que funciona como bisagra histórica: La historia oficial.
Estrenada en 1985, en plena transición democrática, esa película no solo se convirtió en la primera argentina en ganar el Oscar a mejor film extranjero: instaló, en el corazón del cine nacional, una forma de narrar el trauma reciente que combinaba accesibilidad dramática con un conflicto ético directo. Puenzo eligió contar la dictadura desde el interior de una familia burguesa, evitando la denuncia frontal o el registro testimonial más áspero para construir un relato de descubrimiento progresivo. Esa decisión fue clave para su circulación internacional, pero también para su capacidad de interpelar a un público amplio en un país que recién empezaba a procesar el horror.

Si algo caracterizó su cine fue esa tensión entre lo personal y lo político, entre la vocación de llegar y una voluntad de síntesis que buscó condensar zonas complejas. En La historia oficial, esa operación funcionó con precisión: el arco del personaje interpretado por Norma Aleandro condensaba, en términos dramáticos, un proceso colectivo.
Después de ese punto alto, Puenzo apostó por una carrera internacional. Gringo viejo, con Gregory Peck y Jane Fonda, evidenció su interés por narrativas de mayor escala y por insertarse en una industria más amplia. Más tarde, La peste, adaptación de Albert Camus, le permitió explorar metáforas políticas desde un registro alegórico.
Ya en el siglo XXI, su regreso con Wakolda mostró a un Puenzo contenido y preciso. La historia del médico nazi Josef Mengele en la Patagonia recuperaba algunos de los temas que atravesaron su obra -la intimidad como espacio de lo siniestro, la convivencia con el mal-, con una puesta sobria y un control del tono firme.
A lo largo de su carrera, Puenzo se movió entre dos impulsos: el de un cineasta interesado en contar historias capaces de circular globalmente y el de un autor atento a las marcas de la historia argentina. En esa tensión construyó su lugar y dejó una obra que buscó ampliar los límites de producción y circulación del cine nacional.
También tuvo un rol institucional relevante como presidente del INCAA, donde su gestión generó críticas dentro del sector y abrió discusiones sobre el rumbo de las políticas cinematográficas.