La muerte de Michel Portal, a los 90 años, cierra un capítulo decisivo del jazz europeo contemporáneo. Pero decir “jazz” en su caso siempre fue insuficiente. Portal fue, ante todo, un músico de frontera: un clarinetista formado en el rigor del conservatorio francés que decidió, en plena segunda mitad del siglo XX, que la tradición no era un museo sino una caja de herramientas. Y que podía usarse para dinamitar el orden establecido.
Nacido en Bayona en 1935, atravesó el siglo como quien cambia de idioma sin perder el acento. Dominó el clarinete clásico, el clarinete bajo y el saxofón con una naturalidad que hacía olvidar la dificultad técnica. En los años sesenta, cuando el free jazz norteamericano comenzaba a tensar los límites del género, Portal entendió que Europa debía encontrar su propia voz. No se trataba de imitar a Ornette Coleman ni de replicar el pathos de Coltrane, sino de dialogar con la tradición académica del continente. En ese cruce encontró su territorio.
Colaboró con figuras centrales de la música contemporánea como Pierre Boulez y Luciano Berio, pero nunca se dejó absorber por la solemnidad del serialismo ni por el laboratorio puramente intelectual. En Portal había un pulso físico, casi corporal, que provenía del jazz y que funcionaba como antídoto contra cualquier tentación de abstracción excesiva. Su sonido -áspero cuando era necesario, lírico en los pasajes más introspectivos- parecía afirmar que la emoción no era un residuo romántico sino una forma de conocimiento.
En los años setenta fue uno de los protagonistas de la escena improvisatoria francesa, que se nutría tanto del free como de la música de cámara y las tradiciones populares. Portal no concebía la improvisación como un gesto anárquico sino como una construcción en tiempo real. Había estructura en su riesgo, método en su aparente desborde. Esa combinación le permitió evitar la caricatura del “vanguardista profesional”, ese músico que hace de la dificultad un escudo. Portal podía ser complejo, pero nunca hermético.
Portal y el cine
Su obra para cine -menos difundida en América Latina que su producción jazzística- revela otra dimensión: la del narrador sonoro. Allí se percibe una sensibilidad dramática que no renuncia a la experimentación, pero que sabe ponerse al servicio de una historia. Esa versatilidad explica por qué su figura resultó tan influyente para generaciones posteriores de músicos europeos: demostró que no había que elegir entre el conservatorio y el club de jazz, entre la partitura y la improvisación. La identidad podía ser híbrida.
A diferencia de otros referentes del free europeo, Portal no construyó una mitología de marginalidad. Fue reconocido en vida, grabó para sellos importantes, recibió premios. Sin embargo, nunca abandonó la inquietud inicial: la convicción de que la música es un campo en disputa. En entrevistas solía hablar de la escucha como un acto activo, casi político. Escuchar —decía— es aceptar que el sonido del otro modifique el propio. Esa ética de la interacción fue el núcleo de su arte.
En tiempos en que el jazz parece debatirse entre la reproducción nostálgica del canon y la fusión indiscriminada, la figura de Portal adquiere un relieve particular. Su trayectoria muestra que la tradición no es un obstáculo para la innovación, sino su condición. El clarinete, instrumento asociado a Mozart y a las bandas militares, podía convertirse en vehículo de una libertad radical sin perder su historia.
La muerte de Michel Portal no clausura esa lección. Al contrario: la vuelve más visible. Su discografía -extensa, diversa, a veces difícil de clasificar- queda como testimonio de una época en la que Europa decidió que el jazz no era una importación exótica sino un lenguaje propio. Portal ayudó a escribir ese idioma con una sintaxis personalísima.
Quizás esa sea su herencia más fértil: haber demostrado que la identidad musical no se define por la pureza sino por la mezcla consciente. En un mundo cultural cada vez más segmentado, su figura recuerda que las fronteras son, también en la música, invitaciones a cruzar.