A Gustavo Cerati le estaría resultando difícil descansar en paz. Mientras sus canciones siguen generando importantes dividendos para sus herederos y ex compañeros de banda, después de su muerte se concretaron, de distintos modos, tres regresos de Soda Stereo. Repasemos.
El primero fue el más lateral: Sép7imo Día, el espectáculo del Cirque du Soleil que entre 2017 y 2018 convirtió el repertorio del grupo en una superproducción escénica. Con más de 70 funciones solo en Buenos Aires, una convocatoria cercana al medio millón de espectadores solo en CABA y una gira internacional por América, la obra funcionó como una traducción acrobática de un catálogo que empezaba a funcionar sin sus autores —y sin necesidad de ellos—.
El segundo movimiento fue más directo. En 2019, Zeta Bosio y Charly Alberti lanzaron Gracias Totales, una gira con músicos invitados donde Cerati aparecía en pantallas gigantes cantando sobre pistas pregrabadas. Fueron 15 conciertos entre 2020 y 2022, muchos postergados por la pandemia, que terminaron funcionando como un ensayo general de lo que vendría después. Para entonces, la fórmula ya estaba probada: el público no iba a ver una banda, iba a reencontrarse con una emulación de lo que fue.
El tercero es Ecos. Y ahí la operación se hace mas «audaz». El proyecto comenzó a gestarse antes de la pandemia. La diferencia con Gracias Totales es clave: en aquella gira había invitados que ponían la voz en vivo. Ahora, no.
¿Qué es Ecos? Un negocio eficaz para sus impulsores y, al mismo tiempo, una discusión abierta sobre los límites del «homenaje».
El show no utiliza un holograma en sentido estricto. Lo que se ve es una combinación de pantallas 4K, animaciones hiperrealistas y archivos de video de Cerati editados para sincronizarse con lo que Bosio y Alberti ejecutan en vivo. El material proviene de la gira Me Verás Volver (2007): tomas seleccionadas, combinadas y ajustadas hasta que la ilusión resulta precisa.
Nada más lejos del carácter imprevisible del vivo: esto es edición pura y llana. Y abre una pregunta inevitable: si la tecnología puede sostener la escena, ¿qué función cumplen los músicos en el escenario? Ahí aparece el núcleo del proyecto: más que un recital, Ecos es una experiencia cercana a un video clip largo.
La industria musical lleva más de una década explorando esta frontera. En 2012, Tupac Shakur “resucitó” en Coachella con un holograma que dejó al público boquiabierto, aunque con resultados discutidos. En 2014, Michael Jackson hizo lo propio en los Billboard Music Awards: apareció cinco años después de su muerte, bailó y fue ovacionado.
Fuera del espectáculo, la discusión fue más áspera. Críticos hablaron de algo “creepy”, “confuso”, “incómodo”. Algunos fans celebraron la posibilidad de volver a ver a su ídolo; otros lo vivieron como una profanación, una tensión que hoy reaparece con Cerati.
La pregunta sigue siendo la misma: ¿hasta dónde puede el mercado utilizar la imagen de un artista muerto con legitimidad? Y, en paralelo, ¿qué valor artístico tiene ese gesto? En el caso de Jackson, la familia se dividió. En Soda Stereo, no hay disputa visible.
Después de la pandemia, la asistencia a conciertos se disparó en todo el mundo. Distintos análisis coinciden en que el público más joven, privado de experiencias colectivas durante el encierro, desarrolló una compulsión por no perderse nada.
El FOMO (Fear Of Missing Out) se volvió motor de consumo cultural. Y Ecos encaja perfectamente en esa lógica: no es un recital, es un evento. Importa menos lo que se escucha que el hecho de haber estado.
Los números lo confirman: el show ya superó el medio millón de entradas vendidas en la región, con fechas que se agotan en horas, una máquina de facturación que no depende de la calidad musical sino de la urgencia por formar parte del fenómeno.
Por supuesto, estamos hablando de un problema menor. No hay aquí decisiones que impacten en la vida material de nadie ni políticas que definan el rumbo de un país. Se trata, en todo caso, de un debate cultural o sobre los límites de la industria musical: sobre el sentido de una tradición —el rock—, los límites de las marcas y el lugar que ocupa el gusto en la construcción de valor.
Pero que sea un tema menor no lo vuelve irrelevante. Al contrario: es en estas zonas donde una época deja ver con mayor claridad cómo administra su pasado, qué decide conservar y de qué manera lo transforma en presente.
Cuando todo se convierte en experiencia, la música pierde centralidad. Ese es uno de los puntos débiles de Ecos: no está pensado para la escucha, sino para la vivencia.
Un recital implica riesgo: error, variación, tensión en tiempo real. Una experiencia, en cambio, está diseñada para que nada se desvíe. En Ecos no hay margen para lo imprevisto: la voz de Cerati es la misma todas las noches, los gestos son los mismos, la secuencia es la misma. No hay lugar para un bis inesperado ni para el accidente que vuelve único a un show.
Ese desplazamiento —del acontecimiento a la reproducción— empieza a volverse regla. Cada vez más espectáculos privilegian la precisión sobre la posibilidad del error. Y en ese movimiento, el público se acostumbra a una perfección que, paradójicamente, vacía de riesgo a la música en vivo.
En ese contexto, Ecos también deja abiertos algunos peligros. El primero es histórico: que una parte del público termine creyendo que Soda Stereo era esto. El segundo es emocional: la posible desilusión de quienes buscan en el vivo algo más que una reproducción perfecta. Y el tercero, quizás el más incómodo, es el que proyecta sobre sus propios protagonistas: la sensación de una cierta pereza creativa en Charly Alberti y Zeta Bosio, que después de más de cinco décadas de trayectoria no parecen dispuestos a correrse de la sombra de Cerati para ensayar una forma propia, aunque fuera revisitando ese mismo repertorio bajo sus propios términos o sumando material nuevo.
Nada más queda.