De Perón a Cafiero, la historia del peronismo muestra que sin debate no hay partido y sin participación no hay conducción legítima. Hoy, más que nunca, el desafío es volver a abrir las puertas y animarse a discutir.
En el año 1973, durante una entrevista previa a las elecciones de septiembre, Juan Domingo Perón frente a una pregunta sobre la unidad nacional respondió: “Algún día tendrá que llegar, y no se ha producido todavía por falta de cultura política. Este es un país politizado, pero sin cultura política”.
Siempre es necesario volver a Perón, incluso a riesgo de equivocarnos al interpretar sus afirmaciones. Voy a tomar ese riesgo, para hacer un ejercicio que me gusta mucho hacer a la hora de pensar el presente y las coyunturas políticas que nos atraviesan: Tener la certeza de que, en el pasado de nuestra historia, de seguro encontraremos la respuesta. No por pensar que todo tiempo pasado fue mejor- aunque si a nivel y caudal de las discusiones políticas nos referimos, me arriesgaría a afirmar que esa frase es correcta- sino porque por similitudes o por diferencias, es posible aprender de los errores y los aciertos de nuestra historia interna pasada.
Somos un país politizado, la política atraviesa, incluso cuando parece que es denostada, humillada y dejada de lado, toda nuestra cotidianeidad. Pasamos de putearnos en una sobremesa familiar dividida por gustos de ensaladas, puntos de las carnes, pasiones futboleras y grietas políticas a abrazarnos en enormes actos de solidaridad cuando la catástrofe irrumpe la vida de alguna porción de nuestro pueblo, cuando la fe vuelve a ser lo prioritario y nos unimos todos en un rezo frente al dolor ajeno.
No creo en las teorías donde nuestro pueblo se convirtió en malo, fascista o cruel. Ninguna dirigencia coyuntural, o gobierno tiene la capacidad de trasformar lo que nos constituye. Y los pueblos no se equivocan, ni siquiera cuando se equivocan.
Ahora bien, es innegable que aquello que nos constituye y en lo que aún deposito mis esperanzas, no encuentra desde hace un tiempo una representación que esté a la altura.

El peronismo es y sigue siendo para gran parte de la sociedad, incluso aquella que votó a Milei, aquel padre con el que te enojas, al que puteas y no queres llamar por mucho tiempo, pero al que vas a recurrir cuando te des cuenta que realmente tenes un problema. El problema es que no hay quien atienda. Y hoy el propio peronismo parece carecer, trayendo de nuevo a Perón, de “cultura política”. Porque la cultura política implica discusión, debate, diferencia. Algo a lo que nuestro pueblo ya demostró que no le tiene miedo. Nunca la tiranía de la lapicera, los nombres o la lógica de que todo aquel que plantea una diferencia es un traidor. Mientras la sociedad exige riesgos, y claramente elige lo disruptivo, lo que se posiciona en las antípodas de lo políticamente correcto, hay una dirigencia peronista- o que integra el llamado “movimiento nacional y popular”- que parece no querer escuchar ese mensaje, y seguir en un letargo donde nada cambie demasiado. Ni las caras, ni los nombres, ni las ideas.
La última gran interna del partido justicialista fue la que se realizó entre Antonio Cafiero y Carlos Saul Menem, mientras el país era gobernado por el radicalismo. El sábado 9 de julio de 1988, votaron 1.544.949 afiliados. Aunque nadie se lo esperaba, el caudillo riojano, se impuso por una diferencia de 121.757 votos (53,4% contra 46,6%). No importa aquí y ahora, lo que hizo después ese personaje extravagante que por esos días se esforzaba en tener un look Facundo Quiroga, y que por diversos motivos supo ganarse a fuerza de carisma, alianzas, y negocios la representación del partido, importa pensar en que todavía el partido se permitía cierto dinamismo, y nadie parecía escandalizarse por la idea de abrir una interna, o de permitir la aparición de nuestros rostros.
El famoso lema «El que gana conduce, el que pierde acompaña”, todavía parecía tener cierto asidero en la realidad. Eso me cuentan compañeros que pintan canas cuando por estos días con curiosidad les pido que me expliquen cómo funcionaba la cosa antes, y por qué hoy da la sensación de que cualquier disputa interna o exigencia de participación por parte de figuras nuevas convierte a cualquier compañero con vocación política en un “traidor”.
Años más tarde, en un acto organizado por el Partido Justicialista Bonaerense, en marzo de 1996. Antonio Cafiero declama con euforia las siguientes palabras:
“No podemos seguir manejando la forma de representación política como lo hemos hecho hasta ahora. Tenemos que renovar la vida interna del partido. El partido ha sido creado como un órgano de la constitución. Como elemento insustituible de la democracia. ¿Qué hacemos con un partido que no vive? ¿Qué hacemos con un partido que no debate, qué hacemos con un partido que no moviliza, un partido que duerme? ¿Un partido que no se anima a criticar?” y luego casi con la expresión de un niño feliz frente a un auditorio exaltado expresa: “¡¡Yo me siento más vivo que nunca en las asambleas, a las asambleas!! ¡Al debate! a pelear como en los viejos tiempos! No teníamos partido oficial, pero teníamos un corazón dispuesto al combate. Eso es lo que necesita el peronismo”.

Ni cáscara vacía, ni mera herramienta electoral, el Partido Justicialista será o no será según quien sea su conducción. En los últimos años, no es raro escuchar de boca de militantes incluso dirigentes del peronismo que el PJ no sirve para nada, que no convoca ni interpela. Un argumento derrotista que habla más de la capacidad y falta de imaginación de unos pocos que de un sentimiento generalizado.
Estamos frente a una nueva elección del partido a nivel provincial. Atravesada por internas políticas, que, según mi mirada, son la interna particular de un sector que supo ser uno y hoy se quebró, y a la que no debería subirse la dirigencia ni la militancia en general, porque eso limita la discusión y subsume a otras expresiones emergentes que vienen demostrando enorme capacidad de trabajo y proyección. Es la historia de unos pocos, no la de todos. No son criticas nuevas, son las mismas prácticas que muchos cuestionábamos desde hacía años, solo que ahora la ruptura interna y provincial quiere imponerse como ruptura de un todo, y nacional.
Lo que debería importar es que la discusión por la nueva conducción del Partido no sea solo una discusión para y por dirigentes, sino un debate que atraviese al menos a todos sus afiliados. Recuperar la idea del afiliado como sujeto participativo, salir a convocar y sumar nuevos. Abrir las puertas del partido, que hace rato están cerradas. Y si de abrir puertas se trata, recuperar a Francisco, quien realizó ese proceso de apertura en una iglesia que también se había convertido en una institución estanca.
“Todos, todos, todos…” también debería ser el lema de nuestro partido tradicional. No tenerle miedo al conflicto, otra de sus grandes enseñanzas. Como dijo, en esa línea Mariel Fernández, intendenta de Moreno y figura que hoy suena como una de las posibles candidatas para representar al partido: “Hay que bancarse las contradicciones adentro, tenes que hacer que todo el mundo participe y discuta. Tenemos que hacer que el partido no sea una cáscara vacía, ni sea un elemento de disputa sino un elemento de construcción”.
Trayendo a Scalabrini Ortiz, aquello que no se mueve, lo que no corre, al igual que él agua se estaca, “el que no lucha, se estanca y si se estanca, se pudre”.
No dejemos que nuestro partido se estanque.
¡A las asambleas!