Arantxa tiene nueve años. Sus labios, blancos de miedo, contrastaban con su piel morenísima cuando la mamá la sacó de la cama para alejarla de la ventana. Santiago, de 15, trataba de mantener la compostura cuando llamó a su padre por teléfono: “Papá, ¿qué pasa? Hubo una explosión, sonó durísima”.

La explosión que lo despertó inutilizó una batería Buk-M2E rusa, instalada en La Carlota, un aeropuerto militar en el centro del valle de Caracas. A esa hora, exactamente las dos de la mañana del sábado 3 de enero, los helicópteros MH-47G Chinook de la Marina de los EE UU ya se acercaban al sector del Fuerte Tiuna donde efectivos de la Delta Force secuestraron al presidente Nicolás Maduro y a la diputada y primera dama, Cilia Flores. Antes, bombardeos B-1B Lancer habían atacado antenas de comunicaciones civiles en El Volcán, un sector acomodado del municipio El Hatillo, y subestaciones eléctricas en zonas populares y de clase media (las bombas no discriminaron clases sociales), para dejar sin energía a todo el sur de la ciudad y favorecer la “extracción” del presidente venezolano.

Los 32 muertos cubanos que formaban parte de los anillos de seguridad del presidente Maduro y los 24 militares venezolanos de distintos rangos asesinados dejan claro que el ataque no tuvo nada de quirúrgico. Algunos murieron mientras descansaban en sus barracas. Otros, en resistencia desigual para intentar proteger al presidente.

También murieron civiles, como la señora Rosa, de 80 años, alcanzada por las esquirlas de un misil que destruyó ocho apartamentos de una urbanización en Catia La Mar, en la costa del Caribe. Rosa falleció cuando sus vecinos intentaban trasladarla a un hospital.

Crónicas de una noche de terror y la vuelta al empate

Agresión vil

El ministro de Interior, Diosdado Cabello, cifró en alrededor de 100 las muertes, más otros 100 heridos. La vicepresidenta juramentada el lunes como presidenta encargada, Delcy Rodríguez, advirtió en el homenaje a los caídos venezolanos y cubanos: “Aquí nadie se entregó, aquí hubo combate”. Denunció que “el pueblo de Venezuela no merecía esta agresión vil de parte de una potencia nuclear” y definió el ataque gringo como “desigual, unilateral, ilegal e ilegítimo”.

No es simple el lugar en el que el devenir de los acontecimientos puso a Delcy. Experimentada funcionaria, formada en la cancillería venezolana, ocupó puestos claves durante todos los gobiernos de Maduro (ministra de comunicación, canciller, presidenta de la Asamblea Constituyente, ministra de Petróleo y jefa del área económica).  Su perfil de gestión y dirección de equipos no le impidió tener feeling con el chavismo de a pie, que la respalda hoy, mientras de a poco, sale de la sorpresa inicial de ver al presidente en manos de los EE UU. “Nosotros nos hacemos grandes en las dificultades”, le dijo a Tiempo la señora Sheyla, mientras estrujaba el brazo del cronista: necesitaba que la escucharan. Enumeró varios momentos duros y remató: “A nosotros se nos murió Chávez, y seguimos adelante”.

La marcha en la que participó Sheyla es una de las siete movilizaciones, una por día, que se realizaron hasta ahora en Caracas para reclamar la libertad de Maduro y su esposa y repudiar la agresión gringa. Todas enormes, todas sistemáticamente silenciadas por la prensa occidental. Vuelven a cometer el mismo error: seguir negando que el chavismo existe.

Crónicas de una noche de terror y la vuelta al empate

El empate

Una semana después del ataque con misiles y bombas y el secuestro del presidente y su esposa, Caracas se despereza en clima calma. En Fuerte Tiuna todavía huele a bosque quemado: el incendio tras los bombazos duró varios días. En tanto, la política evolucionó rápido. Si la guerra es la continuación de la política por otros medios, la vuelta al cauce de la negociación es lógica. Durante la semana se repitió un patrón: EE UU (en el estilo pendenciero de Trump) adelantaba una noticia en torno a acuerdos con Caracas y después el gobierno venezolano (más moderado) la confirmaba.

Primero fue el anuncio de la provisión de entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo venezolano que serían acopiados por EE UU. Después, el proceso de reapertura de las embajadas y las relaciones consulares. El viernes ya había misiones cruzadas en ambas capitales para avanzar en ese sentido. Al final de la semana, se conoció de una acción coordinada entre los dos países para que un petrolero ligado a empresas rusas regresara a puerto en Venezuela, con un cargamento de 700 mil barriles. De nuevo, lo anunció Trump y lo confirmó PDVSA.

¿Por qué se alcanzan estos acuerdos una semana después de la debacle? EE UU hizo lo que pudo, y no es poco: una acción comando protegida por un ataque tan terrorista como inédito en América del Sur para secuestrar al presidente. Lo que parece que Trump no puede hacer es invadir Venezuela, y tampoco imponer un gobierno. Para empezar, no hay en la oposición al menos un referente (ni hablemos de dirigente o dirigenta) para ponerle una fichita.

Es desde ahí que Delcy Rodríguez se hace fuerte, incluso en este panorama. El ataque del sábado 3 vuelve a instalar con fuerza un escenario conocido en Venezuela: el del empate. Así como sucedió en las guarimbas de 2014 y 2017, cuando la oposición tenía fuerza de calle pero no la suficiente para quebrar a Maduro. O en 2019, con el autojuramentado Guaidó ejerciendo su dizque presidencia interina, sin que eso hiciera ni cosquillas en Miraflores.

Ahora, por propia mano y sin emisarios, es EE UU el que empata con el chavismo. Directamente.

Una cosa parece clara: Arantxa y Santiago volverán a clase el lunes en un clima de tensa calma, sí, pero en paz. Eso sólo lo garantiza el chavismo en el gobierno. No es poco.