Frecuentemente, en la Argentina, cuando mujeres famosas y prestigiosas se suben al escenario para conformar un elenco exclusivamente femenino, generan una expectativa que no defrauda y deviene en éxitos y fenómenos perdurables. Para pensar algunos, entre tantos ejemplos, basta citar Brujas, Flores de acero o, más recientemente, Tarascones y Perdidamente. Este verano porteño, Laura Novoa, Julia Zenko, Eugenia Guerti y Karina Piñeyro prometen sumarse a esa tradición con una obra potente que ya fue furor en España. Su título tiene reminiscencias artísticas clásicas y políticas que, a la vez, parecen hablar de esta época: Las que gritan.

Hay gritos existencialmente angustiantes como el de la célebre pintura de Edvard Munch; hay gritos del corazón; hay históricos gritos de protesta de las clases sociales subalternas; hay gritos de angustia o de alegría. Pero, en los últimos tiempos, son las mujeres que gritan las que más han contribuido a la lucha por la expansión de derechos. De obras sobre mujeres que gritan —pero también profundamente humanas— bien puede hablar Laura Novoa, que, entre tantas joyas de su productiva trayectoria, se dio el lujo de ser Julieta en la clásica obra de Shakespeare, de interpretar a Evita en la película Ay, Juancito, a María Marta —víctima de femicidio— en El caso García Belsunce, y de coprotagonizar Sin salida, una película que denuncia la trata de personas en la Argentina.

—¿Por qué Las que gritan?

—La obra trata sobre una madre que, por un motivo grave, decide pasar más tiempo con sus tres hijas adultas y disfrutarlo. En ese período, las hermanas y la madre encuentran en el grito algo liberador, una fuente de poder. Ese grito es un canto que permite soltar trabas, problemas y conflictos. En definitiva, es un grito que las salva de sí mismas y de las cosas que las atan.

—¿Qué es el grito para vos? ¿Es un acto de protesta, de angustia? ¿Puede ser también un acto de liberación?

—Se supone que sí. El grito, la furia, es ese viento que sale de una herida. Me parece que después del grito viene la posibilidad de reflexionar sobre esa herida y, al ponerla en la conciencia y en la charla, uno puede superarla, subsanarla o empezar a curarla. Con respecto a la obra, es un poco eso. En lo personal, prefiero no pasar por el grito. Peleo contra mis gritos, trato de no llegar a ese punto de bronca, aunque coincido en que puede ser una forma de liberación. De todos modos, yo titularía la obra Las que cantan, porque además de incorporar canciones tiene algo muy sanador entre una madre y sus hijas, algo que se vincula con recomponer y arreglar las cosas a través del canto.

Laura Novoa: “Es una obra humanista, sobre mujeres que se liberan de sus mandatos”

—¿Dentro de qué género incluirías a la obra?

—No es una comedia musical. Es una obra de teatro, una comedia dramática con canciones. Cada una de nosotras tiene su propia canción, que distingue y caracteriza a su personaje. A partir de esas canciones y de esa liberación de aire que posibilitan, se desencadena un proceso curativo.

—¿Cómo describirías a los personajes y qué transformaciones atraviesan?

—Una de las hermanas es muy reprimida, con una orientación sexual todavía no definida y muy amante de los animales, aunque vive en la ciudad. Otra es religiosa, y la que encarno yo es una empresaria fría y fuerte, que se lleva todo por delante. Esa familia disfuncional —como, en general, lo son todas las familias— está coronada por una madre que no estuvo muy presente, que no se hizo demasiado cargo de su maternidad, pero que, al enterarse de que tiene una enfermedad, decide reparar ese vínculo con sus hijas. En la casa, además, por la enfermedad de la madre y porque ella está algo desbordada, hay muchas drogas a disposición: marihuana, brownies con cannabis, hongos alucinógenos, gomitas con morfina. A partir de eso se arma una comedia disparatada, porque los personajes consumen drogas por primera vez: algunas incluso toman por error las drogas paliativas de la madre (risas). La madre, en medio de un gran descontrol, aparece completamente liberada. Las hijas no saben qué están consumiendo, empiezan a comer brownies, se pegan viajes psicodélicos y cantan bajo los efectos. Es una obra muy loca, muy psicodélica.

—Parece una versión trash y alocada de La casa de Bernarda Alba.

—Sí y no. Porque estas mujeres son más propensas a la liberación. En La casa de Bernarda Alba, la madre es muy recta y represiva, incapaz de liberarse o de reflexionar. Acá, en cambio, la madre quiere dejar una herencia distinta a cada hija. El mensaje que deja la obra es precioso.

—¿Qué sensaciones te produce incursionar en el canto?

—Primero, el desafío de compartir escenario con una cantante real y tan genial como Julia Zenko. El resto somos actrices a las que, en algún momento de la carrera, nos dijeron que cantábamos bien, y una intenta ser una actriz completa, formarse también en esas áreas. Personalmente, me encanta cantar: lo vivo como un juego. Estoy tomando clases de canto y me divierte mucho.

—¿Es una obra feminista o que aborda temas feministas?

—No la vendería como una obra feminista, sino como una obra humanista. Es una obra sobre mujeres que se liberan de sus mandatos. Hay que tener cuidado en este país con las etiquetas, porque enseguida te colocan en una vereda u otra: o sos feminista o sos pañuelo celeste, sin matices. Opinás sobre cualquier cosa y ya pertenecés a un espectro político. Es una obra para todo público, profundamente humana: habla del afecto, de la importancia de reflexionar sobre el pasado, del deseo de volver atrás y corregir errores. Habla de una mujer que, al tomar conciencia de su finitud y de una posible muerte cercana, decide no achicarse, sino disfrutar, ser feliz, dejar un legado y ayudar a sus hijas a ser más libres.

—¿Qué responsabilidad sentís al inscribirte en una tradición local de obras exitosas protagonizadas por mujeres?

—Trato de no pensar en eso, porque si no, cuando no resulta, uno se deprime. Cuando trabajo, intento hacer las cosas profundamente bien y disfrutar del proceso. Hay una tradición de mujeres en escena, pero también de hombres: pensemos en Los mosqueteros, entre tantas otras. A veces, cuando se reúnen personas del mismo género, pasa algo potente: otras veces, la química se da entre personas de géneros distintos. El teatro es azaroso. Yo priorizo que me guste hacer la obra, porque creo que si a mí me gusta, al público también le va a gustar. Después intervienen el azar, las estrellas, las brujas.

—¿Qué ponés en la balanza a esta altura de tu carrera para elegir esta obra?

—Tiene buena vibra, el elenco es divino y el director es un encanto. Es la segunda vez que trabajo con Manuel González Gil, y me encantaría hacerlo toda la vida. Lejos de esos directores que remarcan el error, él busca las fortalezas. Trabajar con Manuel es un placer tal que una no siente que está trabajando. Además de saber muchísimo y tener un largo historial de éxitos, es una persona entrañable que te facilita todo. Cuando yo empecé, muchos directores apelaban a la exigencia y a la crítica dura: Manuel es todo lo contrario. También es un plus hacer la obra tarde en verano, porque permite cenar en casa y después ir al teatro. Con la carestía de la vida en la Argentina, no siempre se pueden hacer ambas cosas. Y, además, puede haber quien venga por el morbo de ver si —salvo Julia, que es cantante— el resto desafinamos (risas).

—¿Por qué gritarías hoy en la Argentina?

—En este momento, gritaría por lo que pasa con las personas con discapacidad, con los glaciares y con los jubilados. Es un grito constante. Y esos gritos deberían ser desgarradores.

Laura Novoa: “Es una obra humanista, sobre mujeres que se liberan de sus mandatos”
Madres e hijas en un encuentro singular

«Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero las infelices lo son cada una a su manera», reza el comienzo de Ana Karenina de Tolstoi, uno de los más célebres e irrefutables de toda la historia de la literatura.

La misma prerrogativa parece seguir la familia disfuncional de Las que gritan. La obra parte de un esquema argumental clásico: una madre en una situación límite que reúne un fin de semana a sus tres hijas. El encuentro desata viejos conflictos, rencores y frustraciones, revelación de inconfesables secretos familiares y otros dramas donde los reproches no están exentos de afecto.

Pero la originalidad de la obra escrita por Antonio Rincón-Cano y José María del Castillo está puesta en el humor, el canto, la estratégica utilización del grito y cierto surrealismo lisérgico efecto de los narcóticos. Los personajes también tienen algo de arquetípicos: una madre que, hacia el final de sus días, decide por fin vivir la vida a su manera; una hija veterinaria que suprimió sus deseos suplantando por el cuidado de la familia y los animales; otra hija religiosa frecuentemente ignorada e incomprendida. Y finalmente, Lola: aparentemente la más exitosa, la que tiene la existencia resuelta, pero también la que se revelará como más vulnerable y desencantada. En este sentido, a Laura Novoa asume un desafío que no parece ajeno a una trayectoria actoral impecable donde construyó personajes complejos en cine y teatro e incluso algunas de las villanas más conmovedoras de la historia televisiva.

Las que gritan

De José María del Castillo y Antonio Rincón Cano. Adaptación y dirección: Manuel González Gil. Con Laura Novoa, Julia Zenko, Eugenia Guerti y Karina Piñeyro. Funciones: sábados a las 23 y domingos a las 21. Teatro Metropolitan, Av. Corrientes 1343 (CABA).