Resultó sorprendente que teniendo todavía una mayoría legislativa que lo ampara y una base civil que decrece pero sigue apoyándolo, en medio de las guerras y preparándose para otras, el presidente Donald Trump haya apelado a los pastores más próximos al nazismo renaciente para rogar la protección divina. Eso fue el 6 de marzo, y ese día lo más extremo del nacionalismo cristiano fue a la Casa Blanca a pedir para él “guía, sabiduría y protección divina”. Al día siguiente, el 7, el británico The Guardian y la revista The Atlantic revelaron que el fanatismo evangélico entró en los cuarteles, donde con la feliz mirada del Pentágono los mandos motivan a las tropas usando valores propios del extremismo cristiano, aludiendo a profecías bíblicas y al “fin de los tiempos”.

Los medios de ambas orillas oceánicas recogieron un documento de la Fundación para la Libertad Religiosa en las Fuerzas Armadas (MRFF en inglés) y el testimonio del veterano de la fuerza aérea y presidente de la entidad, Mikey Weinstein, para denunciar “la gravedad de esta mezcla de órdenes militares con dogmas religiosos”. Un suboficial listo a participar en una operación destructiva detalló a la MRFF la naturaleza de las arengas recibidas. “El comandante –dijo– nos instó a decirle a la tropa que todo esto, incluso la matanza de niñas de la escuela, era parte del plan divino de dios, y citó especialmente partes del Libro del Apocalipsis que se refieren al inminente regreso de Jesucristo a la Tierra” (el militar aludía a las niñas despedazadas por las bombas en una escuela de Minab, en el sur iraní).

El relato del suboficial, uno entre los más de 200 del mismo tono recogidos por la MRFF, va más allá, al vincular la figura política de Trump con una misión espiritual. “El comandante dijo que el presidente Trump fue ungido por Jesús para encender la hoguera de Irán para así provocar el Armagedón y marcar su regreso a la Tierra”. La mayoría de los soldados ni saben de lo que se les habla, señaló Weinstein, y expresó la “preocupación de muchos” al contextualizar la problemática como un patrón recurrente, cuando dice que “cada vez que Estados Unidos se involucra en Medio Oriente nos encontramos con esta historia de los nacionalistas cristianos que se han apoderado de nuestro gobierno y, sin duda, de nuestras fuerzas armadas, rompiendo los límites entre las iglesias y el Estado”.

La suma de Trump, los telepastores y un gabinete de multibillonarios ultraderechistas preocupa a Weinstein y al periodista independiente Jonathan Larsen, primero en denunciar la arrogante penetración del fanatismo religioso. Pero se agiganta al revisar el perfil del jefe del Pentágono, Pete Hegseth, el hombre que conduce esta guerra bajo el lema Amo a Israel, odio al Islam y conocido por su proclamada afinidad con el nacionalismo cristiano y su apoyo a la doctrina de la “soberanía esférica”, una visión derivada del “reconstruccionismo cristiano”. En síntesis, una corriente fundamentalista que aboga por volver al Antiguo Testamento para establecer un régimen teocrático y promover estructuras estrictamente patriarcales y actitudes extremas, como la pena de muerte para la homosexualidad.

En el escenario iraní se desarrolla un choque entre tres tradiciones culturales y religiosas: el Islam, el judaísmo y el cristianismo ultra conservador de Estados Unidos. Irán es un Estado islámico, un régimen teocrático, conducido por un gobierno religioso autoritario que, por encima de todos los poderes, deja asomar ciertos rasgos democráticos. Israel, sin serlo, es en la práctica un Estado confesional y el judaísmo es la religión oficial. En Estados Unidos los evangélicos son mayoría, seguidos por los católicos como segunda religión, lejos de múltiples credos menores. Trump fue bautizado y criado como un presbiteriano. Hoy, sin embargo, su pertenencia no se aviene a ninguna de las más solidarias líneas religiosas.

El presidente se muestra como un cristiano estrechamente vinculado a la extrema derecha religiosa, que es su principal base electoral. Pese a que su práctica es poco visible y sobre todo fuertemente contradictoria, y aunque ni habla ni recibe consejos de los perros ni se declara el mejor de los sionistas, los evangélicos le perdonan todas las desviaciones. Sólo le piden que mantenga su impronta delirante contra todo lo que califica como parte de la cultura woke, la de los signos progresistas. Dio un primer paso cuando montó la Oficina de la Fe y puso al frente a una fanática telepredicadora, y lo selló con actos de enfermo misticismo, como el del 6 de marzo, cuando los pastores fueron a bendecirlo a domicilio.

Trump usa el discurso bíblico como herramienta de manipulación. Cuando habla de guerra santa, su decir se vuelve apocalíptico, describe una conflagración para salvar a Estados Unidos mostrándose como un paladín de los valores cristianos frente a amenazas culturales, que son las que identifica con la defensa del derecho al aborto, el divorcio y el matrimonio igualitario. El presidente rechaza el mundo de los ayatoláh, pero se contradice como otras tantas veces en su vida, al aspirar a imponer en el mundo occidental los valores supremacistas del cristianismo que lo abriga. La cruzada de Trump y Netanyahu conduce al Armagedón, el escenario bíblico donde se desarrollará la batalla decisiva entre dios y las tropas del mal, las fuerzas del cielo contra los gobiernos humanos insumisos.

El costo de la guerra en Irán

De acuerdo a la gente del Pentágono, en seis días de ataques Irán ya le había birlado al erario público más de 11.300 millones de dólares, casi 1900 millones diarios. La estimación no incluyó los costos asociados con la operación, como la acumulación de material militar y personal antes de los primeros ataques (otros 630 millones). Los legisladores prevén que el costo de la operación, más allá del resultado final, alcance valores siderales. Según el The Wall Street Journal los fondos que se aprueben irán a las cajas de Lockhed Martin y RTX, las dos empresas a las que, básicamente, se les encargarán miles de misiles Patriot, Tomahawk y THAAD.