En 1999, mientras Hollywood todavía vendía erotismo elegante y thrillers con moraleja, Stanley Kubrick estrenó Ojos bien cerrados y dejó a medio mundo desconcertado. Algunos esperaban un drama sexual con estrellas lindas —Tom Cruise, Nicole Kidman, matrimonio perfecto en crisis— y se encontraron con otra cosa: una pesadilla lenta, fría, casi hipnótica. Una película donde el sexo no excita, inquieta. Donde el deseo no libera, encierra.
Vista hoy, lejos del ruido de la época, queda claro que era una obra mayor. Quizás la más secreta de su filmografía.

Kubrick, que para entonces ya era una leyenda viva, no era un director más. Era el tipo que había redefinido cada género que tocaba: la sátira política (Dr. Strangelove), la ciencia ficción (2001), el terror (El resplandor), el cine bélico (Nacido para matar). Perfeccionista obsesivo, capaz de repetir tomas hasta el agotamiento, filmaba poco pero cada película parecía un planeta. No seguía modas: las creaba.
Ojos bien cerrados fue la última. Murió pocos días después de terminar el montaje. Y se nota: tiene algo de testamento.
La historia es mínima. Un médico neoyorquino, Bill Harford, escucha de su esposa una confesión erótica que hiere su narcisismo. Sale a la noche y deambula por una ciudad irreal —más decorado mental que Manhattan— hasta terminar infiltrado en una orgía ritual de millonarios enmascarados. Hay capas rojas, máscaras venecianas, contraseñas, jerarquías. Nadie grita. Nadie corre. Todo sucede con la calma del verdadero poder: el que no necesita apurarse.

Kubrick filma esa secuencia como si fuera ciencia ficción social. No hay morbo: hay protocolo. No parece una fiesta, sino una institución.
Durante años, esa escena se leyó como una fantasía estilizada sobre la doble moral de las clases altas. Pero el tiempo la volvió más concreta. El caso Epstein —redes de explotación sexual, magnates, políticos, celebridades, silencio cómplice— reveló que esa mezcla de dinero obsceno, ritual privado e impunidad no era delirio paranoico. Existía. Existe.
La lucidez de Kubrick
No sabemos si Kubrick tenía algún tipo de información sobre hechos similares. Pero acaso lo más determinante es que descifró y reveló la lógica perversa del poder. Entendió que, en la cima, las reglas cambian. Que hay espacios donde la ley no entra. Que la pertenencia se compra con secretos compartidos.
En la película, cuando Bill es descubierto, no lo castigan con violencia. Lo humillan. Le recuerdan que está fuera de su clase. El mensaje es claro: el problema no es lo que viste, sino que no pertenecés.
Esa idea —el poder como club cerrado— resuena fuerte hoy.

Pero reducir Ojos bien cerrados a una alegoría conspirativa sería injusto. La película también habla del matrimonio, de los celos, del deseo como territorio inestable. Es íntima y política al mismo tiempo. Kubrick junta lo doméstico con lo sistémico: la inseguridad masculina de un tipo común y la maquinaria secreta de las élites. Como si dijera que ambas cosas —la cama y el poder— están hechas de la misma materia: fantasía, miedo, control.
Visualmente, además, es hipnótica. Luces navideñas desenfocadas, rojos saturados, travellings lentísimos. Todo parece un sueño del que no se puede despertar. Nueva York se vuelve un laberinto mental. Nada es del todo real, pero todo pesa.

Con los años, la película dejó de ser “la rara de Kubrick” para convertirse en una de las más comentadas. Porque el mundo empezó a parecerse a ella.
En tiempos de filtraciones, magnates caídos y fiestas privadas que salen a la luz, Ojos bien cerrados ya no se ve como una extravagancia erótica sino como un estudio clínico del privilegio. Kubrick no filmó el escándalo Epstein. Filmó el ecosistema que lo hace posible.
Y eso, más que profecía, es lucidez.
Por eso sigue siendo tan buena. Y tan incómoda. Porque cuando termina, uno siente que no salió del cine: apenas se sacó la máscara.