Dramaturgo, director y docente teatral, con piezas recordadas, varios premios, las consabidas frustraciones y, por qué no, fracasos, Andrés Binetti estrena Osamenta y patria. Una obra cuya trama cuenta que una carreta atraviesa la pampa en busca de la osamenta de un “Pterodáctilo bovino”, especie de vaquita voladora que —supuestamente— habitó estas tierras en el período mesozoico. Aspira a lograr un artefacto de sentido centrífugo para que el público, seducido por el humor, entre en un estado de reflexión que lo sacuda —un poquito nomás, como para avispar el pensamiento— y se detenga en ciertos tópicos fundantes de la Argentina que aún hoy tienen resonancia. Como se debe imaginar, se trata de una obra situada en los prolegómenos de la organización nacional, cuando la Zanja de Alsina se convirtió en un actor central.
-¿Cómo es una road movie en teatro?
-Fue uno de los primeros desafíos que pensamos a la hora de armar la obra: cómo contar un relato de carretera en un espacio estático. La verdad es que se armó muy bien en escenas. La road movie evoca la Odisea, y la Odisea se arma en capítulos; cada uno es como un cuento unitario, una aventura. Tomamos esa estructura. Siempre hay un motivo para salir a la carretera: en este caso, una paleontóloga que, tras recibir unas cartas, cree haber descubierto un hallazgo increíble en un fortín: una especie de “vaca voladora” del período mesozoico, hace 40 millones de años. Va a buscar esa osamenta, emprende el viaje, se encuentra con el mundo mítico de la pampa y vuelve. Ese es el periplo: la ida al fortín y la vuelta.

-Dicen que es un «artefacto de sentido centrífugo». ¿Qué significa eso?
-Irradia hacia muchos lados. Tiene un espíritu farsesco, sin ser una farsa pura. Resuena constantemente la mitología de la pampa del siglo XIX y principios del XX. Hay animales que hablan, un indígena que quiere ir a la ciudad a trabajar en un circo; cosas que resuenan con el presente. Se está repensando, incluso políticamente, la idea de volver a ese siglo XIX “preciado” que la derecha nos presenta como idílico, algo que poco tiene que ver con la verdad histórica. El material irradia hacia esas zonas.
-¿Te basaste en hechos históricos o imaginaste las cosas y luego buscaste dónde podían encajar?
-Trabajo con historiografía, pero desde hipótesis poéticas. No soy un autor histórico al estilo de Andrés Rivera o Pacho O’Donnell. Me inspiro en hechos, pero todo es ficción. En esta obra, todo sucede a partir de la Zanja de Alsina. Quedaron gauchos cavando en un fortín y, al cavar, empiezan a sacar cosas de la zanja, incluyendo esa osamenta patria. El hecho de la zanja está relevado históricamente, pero lo que pasa después es pura ficción. La idea de la zanja, de ese imaginario pacifista de “luchar por evitar los malones sin aniquilar a la indiada”, esa “Muralla China invertida” de Alsina, es una desmesura de la argentinidad que me parece alucinante y tomé para la obra. Igual que hice con El jinete helado, donde imaginé la última noche del gaucho Rivero en las Malvinas.

-Hay una idea de que el país fue “dado vuelta como una media” entre El Martín Fierro y La vuelta de Martín Fierro, que es un tiempo histórico que coincide con la Zanja de Alsina. ¿Resuena eso peligrosamente para hoy?
-Sí, hay mucho de la mirada de La vuelta de Martín Fierro. La paradoja de que la obra gauchesca se haya escrito en un hotel frente al Congreso es alucinante. Todo tiene esa zona farsesca que resuena hoy. La carreta en la que viajan los personajes está hecha con objetos encontrados en la basura, un Arcimboldo de reciclaje. La obra es absolutamente actual porque habla de eso: hemos tomado distancia para reírnos, pero estamos enfrentando un presente espantoso, más cercano a la realidad del siglo XIX que a lo que se piensa de él. La explotación, la división de clases, la justicia: “la ley es tela de araña”, como dice Martín Fierro, y nada ha cambiado demasiado.
-¿Cuál fue el nudo gordiano, ese momento en que dijiste “acá está la obra”?
-A partir de la idea de hacer una road movie en un teatro humilde, sin grandes recursos, la historia empezó a desplegarse: aparecen dos maestras perdidas, un indígena, personajes que me resultaban muy posibles en la pampa de esa época. El momento clave fue cuando le leí la versión escrita a mis actores, que son amigos y equipo de trabajo (mi pareja, Berta Malala, entre otros). Viendo ese entusiasmo, esa chispa, dijimos: “va por acá”. Empezamos a ensayar y ahí se armó el caldo hermoso del teatro: un grupo de gente juntándose para contar una historia sin nada, sin fantasías de comprar la casita en Cariló, solo con ganas de hacerlo.

–¿No tuvieron miedo de estrenar durante el Mundial?
-Confiamos en la obra. La hemos ensayado desde el año pasado. Posponer el estreno por el Mundial sería como decir que el teatro tiene que detenerse. Entendemos que no es el mejor mes, pero tenemos un impulso recontra fuerte. Obviamente, si juega Argentina en el horario de la función, pensaremos si la hacemos, pero mientras tanto, con tantas ganas de salir a la cancha, decidimos: estrenémosla.
Osamenta y patria
Dramaturgia, dirección y puesta en escena: Andrés Binetti. Actúan: Edgardo Marchiori (Gutiérrez), Cecilia De Paoli (Catalina Rausch), Malala González (Tránsito), Juan Anun (Baqueano), Sergio Lobo (Lezama), Ignacio Bozzolo (Marianito), Alejandra Oteiza (Marta), Virginia Flammini (Norma). Viernes a las 20 en el Teatro del Pueblo, Lavalle 3636 (CABA).
