Transitamos la mitad de abril y estamos en una nerviosa espera ante una posible escalada de la pandemia. Los antecedentes de algunos países del hemisferio norte anticipan eso, aún con la expectativa de que no nos golpee de igual manera. Pero el impacto social y económico ya lo estamos viviendo. En nuestras barriadas populares hay hambre. Lo había desde antes, con un 40% de la población debajo de la línea de la pobreza, donde más de la mitad de les niñes del país son pobres y donde una de cada diez personas no tiene lo básico para sobrevivir. Con este cuadro preexistente es inimaginable el impacto que vamos a sufrir a futuro.

Pero nuestro país no es pobre: “producimos comida para 400 millones de personas” solemos repetir. El problema es cómo se distribuye la renta. El 10% más rico de la población concentra el 33,2 % de los ingresos, mientras el más pobre apenas el 1,3%. Es una tendencia global; en América Latina y el Caribe el 20% de la población concentra el 83% de la riqueza.

La desigualdad y la pobreza están íntimamente ligadas, pero en el debate público sus protagonistas sólo resaltan dos objetivos: el crecimiento económico y la lucha contra la pobreza. Dejan de lado intencionalmente la desigualdad y como consecuencia, no existen medidas para combatirla.

La desigualdad se combate con medidas distributivas, pero esta ausencia también impacta directamente en la construcción de nuestras ciudades. Hay tres indicadores que lo demuestran: cómo se concentra la riqueza, de qué modo ese valor se resguarda en los inmuebles-mercancía y cómo empeora la crisis habitacional. Sin embargo, la emergencia de la pandemia desnudó como se agudizó la crisis habitacional en los últimos años, simplemente porque la agravará en forma exponencial en los próximos meses.

El virus no pide título de propiedad ni condiciones de habitabilidad para ingresar a una vivienda. Es muy visible la conexión de las posibilidades de reproducción del virus con el tipo de urbanización.

En nuestro territorio, esas condiciones son tierra fértil para la covid-19. Tenemos por lo menos 4400 barrios informales, el 33,5% de la población del país sufre carencias en cuanto a la conexión a cloacas, acceso al agua corriente y a la energía y el 27,2% del total de las viviendas no resultan adecuadas, por cuestiones como sus materiales, el servicio sanitario al que se accede y el espacio disponible.

El hacinamiento de la población y su forzada proximidad podrían multiplicar la diseminación del virus. Y esa población, invisible hasta ahora, solo se vuelve visible por el miedo a que saturen un sistema sanitario igual de precario.

La pandemia entre los inmuebles vacíos y las decisiones de Rodriguez Larreta


La contracara son los inmuebles-mercancía vacíos, producto de la especulación inmobiliaria. En la ciudad de Buenos Aires ascienden a 138.238, según reconoce el gobierno local. El mosaico no incluye a las más de 17.000 propiedades enteras destinadas a alojamiento turístico que se ofrecían a través de plataformas digitales pre-cuarentena, de las cuales solo 400 están registradas pagando impuestos.

En España estas propiedades fueron puestas a disposición del personal sanitario. El jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, podría promover lo mismo en un distrito que tiene más de 85.000 médicos matriculados (sin contar otros trabajadores del sistema sanitario) donde muchos conviven con población de riesgo. Como en la ciudad de Buenos Aires no se prioriza la problemática social por encima de la económica emerge una inmoralidad absoluta: miles de departamentos vacíos y personas muriendo por su condición de calle o de hacinamiento.

Esa escena, que se reedita y empeora todos los días, demuestra que una ciudad no puede resistir una pandemia sin soluciones permanentes y accesibles de vivienda para todos sus habitantes.

La agudización de los contrastes ante la emergencia


El virus ingresó a nuestro país mediante un sector minoritario que accede a viajar al exterior, pero el mayor impacto lo recibirán los que nunca se subieron a un avión. El dato sustenta una paradoja descarnada: el gobierno de la ciudad dispone de habitaciones en hoteles para alojar a los repatriados en cuarentena, en su mayoría financiados por el estado, pero a la vez mantiene paradores saturados para las personas en situación de calle.

Este virus también divide el mundo laboral, entre los sectores que pueden hacer teletrabajo, los trabajadores formales que se arriesgan, y los informales que se exponen para parar la olla. Pero el justo y necesario reconocimiento social que tienen los y las trabajadoras de la salud es proporcionalmente inverso al que reciben miles de vecinas que se arriesgan diariamente haciendo funcionar comedores comunitarios.

También las “fuerzas del orden” actúan según origen. Las reiteradas imágenes de los abusos policiales que sufren los habitantes de las barriadas contrasta con las libertades de las comunidades en los barrios o urbanizaciones cerrados. Mientras en las primeras la policía los golpea y hasta los obligan al salto de rana, en los segundos ni ingresan. Varios intendentes del conurbano tuvieron que crear normativas que endurecen los controles del aislamiento social dentro de los countries, barrios cerrados y otros inmuebles privados, porque usaban las chanchas de futbol, los gimnasios y demás espacios comunes.

En la punta de la pirámide de los privilegios en cuarentena están las élites. Los sectores populares y la clase media aparecen condenados a encerrarse en sus casas, mientras los más pudientes mezclan congoja y ocio. Aquí lo vimos durante el fin de semana largo de carnaval, pero no es exclusivamente criollo. Los ricos de la Nueva York, uno de los epicentros globales de la pandemia, migraron temporalmente hacia lugares más abiertos y espaciosos donde pasar el trauma de la cuarentena, como los Hamptons, donde se están pagando precios exorbitantes mientras los pobladores permanentes se preocupan por la capacidad limitada de la infraestructura sanitaria.

En Europa pasa lo mismo. La elite francesa también abandonó las ciudades para refugiarse en sus casas de veraneo, en un país que cuenta con 3,4 millones de segundas casas o casas de veraneo. El sur de Italia recibió más de 40.000 personas desde el inició de las cuarentenas sobrepasando su infraestructura, y las ciudades de veraneo española atraviesan una situación similar. Hasta el ex primer ministro José María Aznar armó las valijas y se fue a su residencia de vacaciones en la exclusiva Marbella.

La vivienda adecuada: una cuestión de vida o muerte


Todo esto esta siendo evidenciado por la catástrofe, pero ¿debíamos llegar a tener una pandemia para comprender que la vivienda es un derecho humano, y que a su vez ayuda a preservar otros derechos esenciales para el desarrollo de una vida digna?, ¿tuvimos que esperar a una pandemia para darnos cuenta que si no regulas el mercado del suelo las ciudades se vuelven injustas?, ¿que si el suelo público lo entregas al sector inmobiliario no queda stock para pensar diversas formas de acceder a una vivienda?, ¿qué ciudad construimos si habilitamos microdepartamentos –como en la Ciudad de Buenos Aires- para enfrentar futuras pandemias?, ¿los gobiernos debían llegar a esta crisis para reconocer que tenían que tomar medidas de protección a los inquilinos formales e informales, a los ahogados por las hipotecas, a las personas que sobreviven en hoteles, pensiones, inquilinatos o en la calle?

Lo que también demostró la pandemia es que la vivienda adecuada es hoy una cuestión de vida o muerte. Y no solo para el que tiene que sobrellevarla en condiciones de precariedad. Si no se contiene, el virus inunda el sistema sanitario. Y si inunda el sistema sanitario vos, tu familia y tus amigos no lo van a poder usar o van a tener que someterse a criterios objetivos, que nada tienen que ver con tu cuenta bancaria. No va a pasar la escena del Titánic. Tu vida no vale ni más ni menos que la de una vecina de una villa, que la de una persona que sobrevive en la calle. Atinadamente el gobierno nacional intentó declarar al Sistema Sanitario de interés público, una medida extraordinaria para brindar «un tratamiento igualitario para todos los argentinos» durante la pandemia. Y aunque no logró hacerlo por el lobby de los empresarios de la salud, su accionar va en ese sentido.

La primera crisis de un futuro para repensar a donde vamos


Si el sistema sanitario hace eclosión, se va a pagar cara la desigualdad urbana. El dato sustenta un imperativo para pensar las ciudades de ahora en adelante, porque hasta por futura autopreservación necesitamos viviendas dignos para todos/as.

Esta pandemia es un anticipo de lo que puede ocurrir cuando surjan virus mucho más peligrosos y cuando el cambio climático haga que el mundo se vuelva inhabitable. También es una de muchas que ya se han producido y de las que se esperan con mayor frecuencia en el futuro. La causa es lo que llama “transmisión zoonótica”, el contacto creciente entre patógenos animales y seres humanos, causado por la progresiva penetración de seres humanos en ecozonas, hasta hace unos años fuera de nuestro alcance. La potencia restauradora que mostró la naturaleza en tan poco tiempo habla del daño que nos estamos produciendo.

Es difícil prever como saldremos de esta crisis. Como superar a esta calamidad natural potenciada por el neoliberalismo, esta “venganza de la naturaleza” por 40 años del brutal extractivismo. El principio es objetar profundamente este sistema inmoral, que exalta la acumulación ilimitada, la competición, el individualismo, el consumismo, la indiferencia frente a la miseria de millones de personas, la concentración obscena de la riqueza, el extractivismo urbano.

Nos debatiremos entre la capacidad coordinada y el poder de los grupos concentrados versus una multitud indignada, alterada y atomizada. Pero como sostiene el economista Martín Hourest “las crisis como esta son momentos en que las sociedades se ponen en suspenso. Significa que todas las respuestas y todas las maneras que hasta este momento se daban por válidas, empiezan ser discutidas, y el resultado de esa discusión no está predeterminado en absoluto”.