«Para hacer una película sólo hace falta un arma»: el documental que recupera la historia de los cineastas que la dictadura quiso borrar

Por: Diego Lerer

El hallazgo de unas latas con material que se creía perdido llevó a Santiago Sein a reconstruir la vida de estudiantes y docentes cordobeses atravesados por la militancia. Un relato que también interpela el presente.

Unas latas de películas que se creían perdidas. Una historia jamás contada sobre un grupo de estudiantes y docentes de cine de Córdoba que creyeron —a finales de los ’60 y principios de los ’70— que podían capturar, con sus cámaras y su militancia, un cambio de época. Una ficción sobre todo eso, con muchas verdades disfrazadas detrás de una trama que parece de espías. Para hacer una película sólo hace falta un arma es todo eso: una historia sobre cómo el cine, la militancia, los ideales, las traiciones y la idea de una revolución se mezclaron hace poco más de medio siglo. Y cómo esos materiales hoy reaparecen para mostrarnos no solo una época sino la importancia del cine para conservar la memoria histórica.

“La película se originó a partir de que aparecieron esos materiales —dice su director Santiago Sein, desde Córdoba, donde vive y trabaja como docente universitario—. En un principio todos los esfuerzos estaban puestos en recuperar esas películas,  entender qué es lo que eran y contextualizarlas, porque había muy pocos datos sobre los autores y muchas de esas películas eran sólo fragmentos. Estábamos abocados a entender quiénes las habían hecho. La idea de hacer una película fue posterior. Al principio fue muy caótico porque era mucho material y había que discernir qué era lo importante”.

La estructura del film cambia de registro a medida que el hallazgo de archivos da paso a una investigación histórica.

En medio de todos esas latas, cuenta Sein, “aparecieron materiales de cine político, militante, que me llamaron la atención y en la que aparecían personajes que desconocíamos. Eran personajes que habían transitado los mismos lugares por los que yo había estudiado cine y a algunos no los había sentido nombrar nunca. Ahí surgió la idea de empezar a contar esa historia. Una primera organización tenía que ver con cuestiones de lo que era el cine militante, lo que eran los cortos de la primera promoción, etcétera. Y una vez que decidimos hacer la película empezamos a pensar en el montaje a partir de una organización narrativa, que es muy diferente a la de un archivo”.

En medio del caos de materiales, Sein decidió conectarlos mediante una historia que tiene bastante de ficción, algo llamativo para un film que recorre de entrada un camino más cercano al de un ensayo documental. “La dimensión ficcional tiene que ver con entender cómo contar esa historia —agrega—. El problema era que no habíamos podido recuperar el sonido, sobre todo del material de cine militante, que fue lo que peor aguantó el paso del tiempo. En ese material de cine político aparecía una persona que era un sonidista que estaba siempre ahí con una grabadora y un micrófono, detrás de escena. Y un poco por esa frustración y otro por curiosidad, pensé en construir un diario sonoro a partir de lo que sabíamos de estos personajes. Y ahí surgió un dispositivo de ficción, utilizando los materiales que estábamos recuperando y agregándole una historia que conocíamos a partir de la investigación”.

«Fue muy impresionante ver a ese grupo de gente intentando transformar la sociedad».

La historia que el film cuenta tiene muchas licencias poéticas pero se construye a partir de esa investigación. “Sobre todo de unos personajes de la primera promoción de la carrera que eran dos estudiantes franceses y el sonidista. Ellos trabajaban juntos, militaban en el peronismo revolucionario y hacían un cine más cercano al Grupo Cine Liberación, pero también colaborando con otro grupo que formaba parte del Cine de la Base. Y ese diario está construido a partir de anécdotas que fuimos reconstruyendo a partir de testimonios de personas que los habían conocido y también a la vez de los materiales. Hubo muchas cosas que se empezaron a acomodar y a funcionar con esas anécdotas. Por supuesto que me tomé muchas licencias poéticas, pero en general está todo construido en base a la información recopilada.”

Para hacer una película sólo hace falta un arma entra luego en un registro documental más clásico para contar lo que pasó con esos estudiantes y docentes en aquellos años. “La tercera parte surge porque mientras estábamos investigando apareció una historia muy oscura que era una especie de mito —recuerda Sein—. Cuando era estudiante había escuchado que los militares se habían llevado las moviolas y que habían destruido las películas o las habían usado para identificar gente. Ahí apareció un personaje muy oscuro que se llamaba Federico Alegre y, buscando en los archivos, empezamos a ver los libros de actas y encontramos un montón de documentación que respaldaba algunas de las historias que nos habían contado. Eran historias de delaciones, de gente desaparecida, y a mí me parecía que el dispositivo con el que veníamos trabajando no era el adecuado para contar eso. Ahí decidimos recuperar algunos testimonios que habíamos registrado en video, y aparecen entrevistas y documentos que dan respaldo a lo que estamos diciendo, que son acusaciones graves.”

El film retrata a una generación que desafió al poder.

El film va llevando así la exploración cinematográfica y ficcional a la cruda realidad de los años ’70. “Acá en Córdoba durante toda la dictadura el III Cuerpo y (Luciano Benjamín) Menéndez fueron dueños de la vida y la muerte. Y yo sentí que no podíamos dejar de contar esa historia —agrega Sein—. Es un proceso de desmantelamiento y de represión que termina con un montón de gente exiliada, en la cárcel o desaparecida. Fue un agujero muy grande el que dejó la derecha, porque es un proceso que empieza antes del golpe, pero que a partir de ahí termina de configurar un enorme hueco en la sociedad cordobesa. Fue muy impresionante ver a ese grupo de gente con muchísimo entusiasmo intentando transformar la sociedad y el desenlace que tuvieron. Es muy fuerte esa cosa de intentar desaparecer las obras y a sus autores.”

Para Sein, la película dialoga con el presente, tanto en relación a las políticas negacionistas del gobierno como en lo que respecta al desfinanciamiento del INCAA y de la cultura. “Siempre sentimos ese diálogo mientras hacíamos la película —analiza—. El último día de montaje, cuando dimos por terminada la película, fue un 24 de marzo. No era algo planificado, pero terminamos ese día, nos despedimos y dijimos ‘nos vemos en la marcha’. En este momento donde la derecha pone en cuestión la importancia de la cultura, el cine y los derechos de las personas, nos pareció importante destacarlo. Hay una idea que intentamos transmitir acerca de que el cine es una herramienta de transformación y que hay que pensarlo de esa manera.”

«El material nos vuelve a conectar con un pasado del que los cineastas en Córdoba estábamos alejados».

Es muy gratificante, dice, lo que pasa en las proyecciones. “En Córdoba va mucha gente joven que estudia cine o carreras vinculadas al arte y pasa algo muy lindo después de las funciones. Muchos se nos acercan y nos dicen que la película los movilizó, que era una historia que desconocían y que la sienten como un gran impulso por intentar hacer cine como dé lugar, como se pueda. Y eso es muy gratificante, porque nos vuelve a conectar con un pasado del que todas las generaciones de cineastas en Córdoba estábamos desconectados, porque no lo conocíamos, porque no estaban las obras y no estaba la historia de sus autores. Y eso siento que es importante, porque siempre se habla del nuevo cine cordobés y nos preguntamos cuál es el viejo cine cordobés, qué habían hecho los profes nuestros. Creo que ahí hay de alguna manera se cierra algo.”«

Para hacer una película solo hace falta un arma

De Santiago Sein. Todos los viernes de julio a las 19:30 en MALBA, Av. Figueroa Alcorta 3415.

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