Pascal Quignard es un autor imposible de encasillar que ha decidido desertar para siempre de las luces del mundillo literario para dedicarse exclusivamente a la escritura. La sociedad –asegura- puede confiscar nuestra vida privada y, sin embargo, deberíamos mantener un secreto absoluto acerca de ella.” Es así como ha producido una obra enorme, casi inabarcable, compuesta de ficción y ensayo que, a pesar de su diversidad, tiene un punto en común: la nostalgia que él mismo reconoce como su característica literaria distintiva

Su último libro, En ese jardín que amábamos, editado aquí por El cuenco de plata con traducción de Carlos Schilling, no es la excepción. Según cuenta en el prefacio, tan poético como la narración que le sigue, cuando llega el frío, se siente abrumado por “una depresión toxica” que se hace cada vez más tensa hasta transformarse en tristeza. Para acortar las interminables noches invernales, el escritor necesita fijarse un objetivo. Nacido en una familia de varias generaciones de músicos y músico él mismo, escribir sobre compositores parece serle útil para lograr su objetivo. En 1989 decidió contar la historia de Monsieur de Sainte-Colombe, que había compuesto dúos de violas en 1680 y que era poco conocido. Según asegura Quignard, “entre escalofríos de fiebre”, él inventó su vida. “Titulé-dice el autor- ese fragmentos y recuerdos Todas las mañanas del mundo”, un título que hizo conocido el cine.

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La necesidad de esquivar la tristeza del invierno  lo impulsó muchos años más tarde, en 2016, a abordar la vida de otro músico, el reverendo Simeon Pease Cheney, que vivía en una casa parroquial aislada en Geneseo, cerca del puerto de Nueva York, y que murió a fines del siglo XIX, en 1890. Y aquí Quignard cuenta algo que hace que la lectura de su historia se vuelva una necesidad impostergable. “Que yo sepa –dice- el reverendo Cheney es el primer compositor que anotó todos los cantos de pájaros que escuchó trinar en el jardín de su parroquia, durante su ministerio, en los años que van de 1860 a 1880.”

“Anotó –prosigue- hasta las gotas de la cañería mal cerrada que caían en la regadera apoyada sobre los adoquines de su patio.”

“Transcribió hasta el sonido particular que hacía el perchero del pasillo cuando el viento se embolsaba entre los pilotos y los abrigos invernales.”

“Me hechizó esa extraña casa parroquial que de pronto se volvió sonora y fui feliz en ese jardín animado por el amor que un hombre sentía hacia su mujer desaparecida.”

Así nace la historia de En ese jardín que amábamos, que transcurre en un espacio tan acotado como el de una pieza teatral, una pequeña sala con un viejo piano vertical a donde llegan los ecos el afuera que se recortan en el silencio interior.

Allí vive el reverendo con su hija, Miss Rosemund Eva Cheney, que, de adulta,  se ganaría la vida como profesora de violoncelo y de canto. Su nacimiento produjo la muerte de su madre, una circunstancia que jamás se transformó en pasado, sino que fue el presente perpetuo y lacerante del reverendo, quien llegó a pedirle a su hija que se fuera de su casa porque ella había sido la causa del a muerte de su esposa. Para esa pérdida nunca encontró ni quiso encontrar un consuelo, sino que se instaló en el dolor.

“Esta historia doble –la de un viejo músico apasionado por la música espontánea de la naturaleza-, explica el propio Quignard, indiferente a los hombres y el destino de una mujer soltera que desea difundir a toda costa la obra ignorada de su padre –adquirió para mí no la forma de un ensayo ni de una novela, sino de escenas amplias, tristes, de acción lenta, refinadas, tranquilas, ceremoniosas, muy cercanas al teatro no del mundo japonés de antaño.”

Y, en efecto, esta obra que borra las barreras de los géneros, tiene un aire teatral en el que un “recitador” es el encargado de contar los sentimientos irrepresentables en escena y aquellos detalles de la acción cuyo sentido no puede completarse mediante la acción misma. Por ejemplo: “Se acerca a la mesa donde apoyaba la palangana de porcelana y el jarrón lleno de agua caliente a la mañana, donde se aseaba, donde se armaba su rodete atravesándolo con pinchos de punta de nácar.” En este caso, el recitador repone la historia de la mesa de la que no puede dar cuenta la acción por sí sola.

Toda la obra está elaborada como una pieza teatral donde se indican los parlamentos de cada personaje. El lector tiene la sensación de estar bien viendo una escenografía difusa en la que la acción transcurre detrás de varios velos que la difuminan. Eso permite, por ejemplo, la aparición fantasmal de la esposa muerta que no desentona en absoluto con el clima y el tratamiento general de la obra, donde todo parece tener contornos indefinidos.

Quignard logra en este texto algo sorprendente que, sin embargo, tratándose de él no sorprende: atrapar al espectador en un mundo que parece regido por las leyes del sueño.

Algunas escenas, como la de la música que el viento logra en el perchero donde los abrigos casi borran su naturaleza de tales para sincerar su naturaleza de pieles de animales muertos, están llamadas a quedarse para siempre en la memoria. Incluso si se olvidara la historia, trágica pero mínima, siempre seguiría presente el clima onírico en que Quignard sumerge al lector.

Si algo queda claro luego de leer En ese jardín que amábamos es que el pasado es, sobre todo, un tiempo verbal, no una realidad. El dolor de la pérdida hace que el hombre que escribía en partituras el canto de los pájaros viva en el eterno presente de la muerte de su esposa. 

Pascal Quignard nació en 1948 en Verneul-Sur-Avre, Francia. Cuando tenía 18 meses pasó por una etapa de autismo que se repitió de manera más intensa a los 16 años. “Este silencio –dijo en una entrevista- sin duda fue el que me hizo decidirme a escribir, pude hacer el siguiente trato: estar en el lenguaje callándome.”