Pasión de otoño porteño

Por: Luciana Aon

Columna de opinión.

Hacer balance a 20 ediciones del Bafici implica considerar las transformaciones culturales atravesadas por los cambios tecnológicos desde aquella primera edición en 1999. Del cine pensado, filmado y exhibido en 35mm, de copias de películas que viajaban de un punto a otro del mundo, a la explosión del cine digital. Del cine en VHS, el DVD e incluso Blu-Ray al on demand, el streaming y las múltiples formas de la piratería y nuevas pantallas. Los modos de producir, distribuir y exhibir cine han mutado, y así también el consumo. En ese marco de cambios cada año más abruptos, el Bafici ha enfrentado al menos dos desafíos insoslayables. El primero es sin dudas que la programación no llegue «vieja», es decir, tener unas cuantas premieres mundiales, latinoamericanas e incluso argentinas. Una revisión rápida por los últimos catálogos muestra este esfuerzo como política de programación en las distintas competencias; claro que para un festival que ronda las 400 películas resulta difícil sostener la «novedad» como marca en todas las secciones. Por eso las retrospectivas e invitados internacionales se han tornado una apuesta fundamental; la posibilidad de ver en cine La última película (1971) o Pallombella rosa (1989) y el diálogo con sus directores: Peter Bogdanovich (2016) y Nanni Moretti (2017) son de los momentos más memorables de las últimas ediciones del Bafici; y la expectativa es alta para la presencia de John Waters y Philippe Garrel este año.

El festival comenzó siendo una ventana fundamental para acceder al mejor cine independiente del mundo y ha logrado consolidarse entre su público en tiempos en los que la cartelera cinematográfica está tomada por el cine de Hollywood y el resto sólo pareciera tener lugar en el mundo online, confinado a la «seguridad» y «comodidad» del hogar. He aquí el segundo desafío transformado en logro y tradición: en nuestras vidas hiperconectadas e inquietas el Bafici convoca cada año a unos cientos de miles de espectadores a sacudirse la pereza, abandonar el encierro de sus propias pantallas, sacarse el pijama y sumergirse en la experiencia colectiva de ver cine en una sala llena.

* Docente UNQ, UNLP y UNAJ

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