“El hecho más sobresaliente es que el mercado en el que operan las nuevas élites tiene ahora un alcance internacional. Sus fortunas están vinculadas a empresas que operan a través de las fronteras nacionales. Les preocupa más el buen funcionamiento del sistema en su conjunto que cualquiera de sus partes. Sus lealtades -si este término no resulta anacrónico en este contexto- son más internacionales que regionales, nacionales o locales”, escribe uno.
Otro le contesta: “Estados Unidos será una economía de servicio e información; casi todas las industrias manufactureras clave se habrán desplazado a otros países; los temibles poderes tecnológicos estarán en manos de unos pocos y nadie que represente el interés público se podrá acercar siquiera a los asuntos importantes; la gente habrá perdido la capacidad de establecer sus prioridades o de cuestionar con conocimiento a los que ejercen la autoridad”.
Estos textos configuran un diagnóstico actual. El problema es que fueron escritos a mediados de los años ’90 del siglo pasado. El primer párrafo corresponde a Christopher Lasch, el segundo es de Carl Sagan. Esos militantes de causas nobles fallecieron demasiado rápido, pero bien parece que iluminaron los decenios que vendrían. Para eso sirven los intelectuales. ¡Já!

Nacido en Brooklyn, Carl Sagan (1934-1996) es conocido por protagonizar Cosmos, una serie producida por la televisión publica estadounidense (PBS) allá por los años ’80. Más allá de la valía de Sagan como astrofísico -entre otras disciplinas- supo destacarse como comunicador acerca de la ciencia, entendida como una manera de pensar y no como un conjunto de conocimientos estáticos, incomprensibles y repetidos. Gracias. Escribió numerosos libros, entre los que sobresale El mundo y sus demonios: la ciencia como una luz en la oscuridad, publicado en 1995, del cual extraemos las citas que citamos.
Oriundo de Nebraska, Christopher Lasch (1932-1994) tuvo una formación de historiador que le permitió analizar con profundidad la sociedad contemporánea. Avistó el auge del narcisismo que reemplazaría al compromiso, y nos regaló al filo de la muerte La rebelión de las élites y la traición a la democracia. Gracias.
En ambos pensadores observamos una defensa de la democratización, ya sea en el campo científico como aboga Sagan, como en la política como escribe Lasch. Eso significa que los saberes deben estar al servicio del pueblo.
La rebelión de las élites, de Lasch es la inteligente respuesta a la rebelión de las masas (1930), de Ortega y Gasset. No, no son las masas populares las que derribarán lo excelso, corromperán las instituciones y hasta negarán el erotismo en el amor. Al final, la “revolución conservadora” de Reagan y la desregulación de las finanzas de Clinton crearon esa élite estadounidense desapegada de las necesidades propias del país, del pueblo y de los futuros deseables. Con el Lasch del lunes, verificamos el comportamiento de esa clase dominante occidental guiada por el lucro inmediato, identificamos ese altar donde todo es valor de cambio, sacrificio de las instituciones y violación de menores en vez del Buen Amor. Epstein.

En El mundo y sus demonios (los del mundo, no los de usted), Carl Sagan sostiene ya con una mezcla de pasión y de angustia la necesidad de rescatar a la ciencia como un elemento central de la civilización. Es que los demonios del mundo siempre prefirieron opiniones incuestionables, necesarias para establecer la obscuridad que precisan todas las tiranías. El escepticismo metodológico que practicó Sagan lo sitúa en la mejor tradición científica. Si sacrificó la investigación por la divulgación, fue porque Sagan comprendió que la ciencia solo puede servir si está al servicio de los intereses generales de la humanidad. Apenas tenemos gotas de conocimiento en un océano desconocido, decía, pero es lo que tenemos. Y de allí salen las vacunas, los avances médicos, la pelea por el saber como elemento constitutivo de la civilización, que es inseparable e indispensable para el ejercicio democrático de los derechos.
“Hoy, sin embargo, son las élites -las que controlan el flujo internacional de dinero e información, presiden fundaciones filantrópicas e instituciones de enseñanza superior, manejan los instrumentos de la producción cultural y establecen de ese modo los términos del debate público- las que han perdido la fe y los valores, o lo que queda de ellos, de Occidente”, dice Lasch.
Contesta Sagan: “La caída en la estupidez de Norteamérica se hace evidente principalmente en la lenta decadencia del contenido de los medios de comunicación, de enorme influencia, las cuñas de sonido de treinta segundos (ahora reducidas a diez o menos), la programación de nivel ínfimo, las crédulas presentaciones de pseudociencia y superstición, pero sobre todo en una especie de celebración de la ignorancia”.
Esa “celebración de la ignorancia” que denuncia Sagan rebalsa las ciencias y se instala en lo político. Es lo que describe Lasch en la conformación de una élite occidental que se cree todo permitido y todo lo hace. Genocidios, invasiones, ocupaciones, condiciones, violaciones, sobre los cuerpos de las víctimas y en contra de los cuerpos sociales. Hasta devorarlos. “Podríamos seguir así una temporada”, escribe Sagan, “pero, antes o después, esta mezcla combustible de ignorancia y poder nos explotará en la cara”.
Es lo que sucede ahora. «