Una interna que parece aldeana y un mundo en velocidad turbo. En esa frase corta caben las encrucijadas actuales del peronismo. Se trata, sin embargo, de una descripción. Una primera mirada. El presente del Partido Justicialista se presenta y narra una desconexión chocante con un hemisferio occidental aún en shock por la sangrienta incursión en Venezuela. La principal fuerza opositora de la Argentina, aquí en el sur, sigue en etapa de redefinición. Busca convalidar un liderazgo que renueve, pero el proceso se prolonga y mientras tanto la amenaza global toca timbre: el gobierno mileísta interviene el puerto fueguino de Ushuaia para, cuando llegue el momento, facilitar el control del Beagle por parte de Washington.

El radar de la superpotencia está puesto en los pasos biocéanicos, en el Ártico y la Antártida; en su creciente vigilancia militar desde Alaska a Tierra del Fuego. (El ALCA de 2005 se transformó,20 años después, en otra cosa: un convite manu militari).

El peronismo, por supuesto, no lo ignora. Lo analiza en círculos de expertos. Lo discute en plenarios de militantes. Se sorprende por la beligerancia sin frenos del trumpismo recargado. Hace catarsis en redes y en interminables streamings. Y además, cuando imagina el cronograma presidencial de 2027, sabe que el factor Trump incidirá nuevamente en la Argentina.

Pero eso no significa que el resultado esté puesto, que lo que venga por delante sea para la oposición la crónica de una derrota segura: la reelección de Milei, incluso tutelado desde Mar-a-Lago, no está escrita ni mucho menos. Es lo que sostienen -pese a diferencias en otras cuestiones y con alguna excepción- representantes de espacios y corrientes rivales del PJ.

El ministro de Gobierno bonaerense, Carlos Bianco, por caso, planteó a Tiempo que los próximos dos años serán impredecibles en la política y la economía de Argentina pero también, soltó, “para la situación interna de Estados Unidos”.

“Allí no está claro lo que ocurre. Trump tiene bastantes problemas internos, inclusive con las revueltas contra el ICE (siglas en inglés de la Agencia de Control de Inmigración y Aduanas, NdR). «Hay que ver cómo se desenvuelve el proceso doméstico de EE UU”, remarcó Bianco en diálogo con este diario. Y tras aludir a la limitación constitucional que en EE UU impide un tercer mandato, agregó: “Veremos en qué condiciones está Trump en dos años. Puede ser un emperador o puede ser un presidente muy débil”.

El clima político de EE UU, lo prueban las últimas noticias, es como mínimo vertiginoso: la resistencia callejera que generan las redadas contra los inmigrantes tuvo este sábado un nuevo motivo para la protesta. El gobernador demócrata de Minnesota, Tim Walz, denunció que agentes federales del ICE dispararon y mataron a una segunda persona en la ciudad de Minneapolis (el 8 de enero, la agencia antimigrantes había asesinado allí a la mujer Renee Nicole Good). El jefe de policía del estado confirmó el último deceso: era universitario, se llamaba Alex Jeffrey Pretti, y tenía 37 años.

Con este escenario internacional incierto y convulsionado, el peronismo sabe que tiene que resolver los temas pendientes y, cuando llegue lo electoral, prepararse para una coyuntura algo adversa. Casi como un boxeador argentino que va a pelear «de visitante» a Las Vegas o Montecarlo, donde los jueces le jugarán en contra si la pelea debe definirse por puntos. En ese sentido, exfuncionarios con mucha experiencia en la gestión descuentan que EE UU, al igual que el año pasado, “va a influir de una manera u otra en las elecciones de 2027”.

Es lo que advierte, por ejemplo, el abogado laboralista y exministro de Trabajo (2003-2015) Carlos Tomada. “Yo creo que la única manera de tener éxito en las elecciones será presentar una propuesta que pueda ser bien leída frente a las amenazas de que acá habría un caos si gana el peronismo. Porque van a jugar con ese miedo, lo van a repetir. Entonces tenemos que pensar bien y elaborar una propuesta que contenga todos los elementos de riesgo posibles”, aconsejó el también exembajador en México. 

Una propuesta con un eco similar hizo el sociólogo Aritz Recalde, director del Departamento de Humanidades de la Universidad de Lanús (UNLa). “El peronismo supo ser una federación de gobernadores e intendentes. Hoy su volumen como oposición es mucho más chico. Cuando no estás en el Estado y sin un liderazgo reconocido por todos, con nula capacidad de veto, la única posibilidad de orden que te queda es juntar a toda la gente dispersa detrás de una bandera. Detrás de un programa, de un conjunto de ideas, llámelo como quiera”, propuso tras una consulta de este diario.

El mapa disperso del peronismo, sin embargo, tiene otra hipótesis -no antagónica- para su reorganización. Es una estrategia en marcha, que impulsan muchos dirigentes de la provincia de Buenos Aires, también del interior del país. Dada su tradición de movimiento que se forma y va ampliando alrededor de un liderazgo, de una persona específica, esa alternativa consiste en investir a un nuevo referente: la idea es presentarle a la sociedad una nueva figura, un candidato emergente para el tiempo por venir y con proyección nacional.

Esa personalidad, para una corriente del peronismo, tiene nombre y apellido. Es Axel Kicillof. Desde ese criterio, la próxima renovación de autoridades en el PJ bonaerense no se reduce a una mera y burocrática cuestión administrativa; un papelerío con ribetes judiciales urgido por el vencimiento de plazos o para evitar eventuales intervenciones. “La discusión central es la conducción”, sintetizó a este diario un peronista de la PBA que respalda con todo al gobernador bonaerense. Y, ya con más enjundia, agregó: “Nosotros no vamos a regalar la posibilidad de construir un proyecto político nacional.”

El debate, se sabe, ya está planteado. Tiene un «día D»: el 15 de marzo. Y podrá resolverse en una lista conjunta o, si no hay consenso, con competencia electoral, por el voto de los afiliados del PJ más numeroso del país. Bianco definió lo que se viene como una “discusión política”. También se enojó por el uso del término “guerra” como recurso descriptivo. “Quiero dejar algo explicitado -insistió dos veces ante este diario- y es que en política nunca se discute en términos personales. Los ataques personales no pueden ser un argumento político. Lo quiero dejar en claro porque hubo compañeros que están confundidos y que para dar una discusión política se meten en supuestos temas personales de otros compañeros”. Y añadió: “Estoy absolutamente en contra de eso”.