Peronismo, soja y desarrollo rural: un debate necesario

Por: Diego Montón *

El ex subsecretario de Mercados Agropecuarios de la Nación, Javier Preciado Patiño, difundió un artículo que tituló “Y sí, la soja es peronista”. Tomamos la provocación para alimentar un debate que se vuelve imprescindible: ¿Cuál es la propuesta de desarrollo rural del peronismo?

En su artículo, Patiño hace una línea del tiempo enumerando momentos destacados en torno a este cultivo que, tal como lo describe, es una planta noble, fundamental para la alimentación humana por su aporte de proteínas y valorada por su capacidad de fijar nitrógeno en los suelos. 

Sin embargo, no es la soja el punto en cuestión, sino el paquete tecnológico que condicionó y subordinó nuestra agricultura a intereses extranjeros, limitó la soberanía alimentaria y no ha reflejado prácticamente ningún beneficio al pueblo en su conjunto.

En su argumentación, Patiño coloca a Horacio Giberti, secretario de Agricultura durante el tercer gobierno de Juan Domingo Perón (1973), en la misma línea que Felipe Solá, que ocupó el mismo cargo durante la presidencia de Carlos Menem. Es un error: mientras la gestión de Giberti impulsó una política agraria de liberación, desarrollo y arraigo, Felipe Solá entregó el campo argentino al capital financiero; hizo todo lo contrario a lo que fue la política agraria peronista entre 1945 y la Revolución Libertadora. 

Los ministros del primer peronismo, Picazo Elordy y Carlos Hogan, impulsaron una política de control, regulación de la producción y comercialización de los granos. Priorizaron la alimentación del pueblo argentino, capitalizando el desarrollo industrial, nacionalizando empresas estratégicas y fortaleciendo la emergencia de nuevos sujetos agrarios. Financiaron, desde la banca pública, el acceso a la tierra, el desarrollo de colonias y pueblos rurales, y las estructuras de comercialización cooperativas. A la vez, el gobierno nacional garantizaba nuevos derechos a los trabajadores rurales. El “Plan Luna” (en homenaje al político radical Pelagio Luna), impulsado por el vicepresidente Hortensio Quijano durante el primer gobierno de Perón, proponía al cooperativismo como la tercera vía de desarrollo. 

En síntesis, el peronismo, desde sus orígenes, confrontó con la oligarquía agroexportadora y promovió a la agricultura campesina cooperativizada como alternativa productiva articulada a las empresas estatales en el marco de la planificación quinquenal, aprovechando las ventajas geopolíticas de la época e incentivando el desarrollo tecnológico nacional.

Por el contrario, la política de Felipe Solá tuvo como consecuencia la desaparición de entre 150 y 250 mil productores, abriendo paso a un proceso de concentración de la tierra que no se detiene en la actualidad. Además, las cooperativas fueron abandonadas a su suerte ante un escenario de privatización y competencia desleal con las transnacionales, de la mano de la desaparición del rol regulador y controlador del Estado. Eso provocó la pérdida de control de las cooperativas y del propio Estado de puertos, acopios, flota mercante e incluso estructuras de ferrocarril. Simultáneamente, el menemismo destruyó el sistema científico tecnológico, facilitando que los avances sustanciales en genética y técnicas de cultivos fueran transferidos a precio módico a las transnacionales. 

Menemismo y deuda externa

El modelo agrario peronista había logrado sostenerse aún después de 17 años de proscripción y de una cruenta dictadura. Fue el menemismo el que sentó las bases para someter a nuestra agricultura a la dominación extranjera.

La deuda externa fue una de las justificaciones por la que nuestro país dejó que el capital financiero domine gran parte de la ruralidad. El proceso que liberó el menemismo resultó imparable: en 30 años perdimos casi 9 millones de hectáreas de bosques nativos, aumentó 1500% el uso de agrotóxicos (de los cuales el 65% es importado) y la soja transgénica llegó a ocupar más de 20 millones de hectáreas. Los paisajes rurales se modificaron drásticamente con monocultivos transgénicos y uso intensivo de insumos con patentes extranjeras, quedando Argentina con menos de 8% de población rural, mientras que Alemania tiene cerca de 20% y China más del 45%. Vivir en las ciudades no es garantía de calidad de vida: bajo el modelo que definieron desde entonces, casi la mitad de la población se encuentra debajo de la línea de pobreza. 

Soja y desarrollo rural soberano

Para la discusión que nos propone Patiño, no podemos omitir, cuando hablamos de soja, el rol de las corporaciones transnacionales y el capital financiero, ni sus mecanismos de apropiación de renta, fuga de divisas, evasión de controles ambientales y presión a los Estados. Sin tener en cuenta esos factores, no podremos discutir en profundidad un modelo de desarrollo rural soberano.

Tampoco podemos obviar la propia transformación del régimen agroalimentario global, lo que demanda profundidad y creatividad a la hora de pensar cómo recuperamos soberanía alimentaria y desde ahí forjamos una propuesta de desarrollo que sostenga las banderas de independencia económica, soberanía política y justicia social.

La desarticulación social que sufrió nuestra ruralidad, asociada a los niveles obscenos de deforestación y contaminación con agroquímicos, no significó un “sacrificio” para un objetivo de desarrollo alcanzado: hoy estamos más endeudados que antes, con más pobreza, con un modelo agrícola prácticamente subordinado a las corporaciones y con una dieta alimentaria promedio de muy mala calidad.

Si en la década de 1990 diez corporaciones controlaban más del 70% del mercado global agrícola, hoy son solo cuatro, lo que indica un proceso de fusión y centralización. Pero ahora la porción de capital que se apropian es mucho mayor, porque las transnacionales se imponen en las cadenas de valor a partir del paquete tecnológico impuesto.

Tanto China con su Reforma Agraria (1950 – 1953), como EE.UU. con la Ley de Asentamientos Rurales de Lincoln (1862), tuvieron en claro que para que su modelo industrial despegue, requerían, por un lado, garantizar la alimentación adecuada de los trabajadores, y por otro, que una parte de la población viviera en zonas rurales con derechos básicos garantizados. Eso mismo propuso el peronismo en sus primeros años. 

Por eso podemos decir que, más que la soja, la reforma agraria, el cooperativismo y la soberanía alimentaria son peronistas. También el cuidado de la naturaleza y el ambiente en los cuales Juan Domingo Perón fue pionero. Sin embargo, temas estructurales como el uso de la tierra, la ecología, la planificación del abastecimiento de alimentos y de la exportación cada vez son menos mencionados en los debates sobre la cuestión agraria que se dan en el campo nacional y popular. La discusión se limita a si retenciones si o no, o qué porcentaje de retenciones, como si esa fuera la única posibilidad de incidir en el modelo agropecuario.

Creatividad para retomar la senda

Es cierto que el mundo ha cambiado, y que muchas de las herramientas del peronismo originario no son las adecuadas para esta era. Por eso es necesario el debate, el análisis y la participación de los diversos actores de la ruralidad de nuestro país desde donde deben surgir la creatividad y fortaleza para hacer frente al saqueo y retomar una senda donde los bienes naturales estén en función de la felicidad del pueblo. 

Es cierto que tenemos a favor suelos y climas que debemos aprovechar en el mercado internacional de granos y alimentos, pero eso no puede hacerse en detrimento de la alimentación del pueblo argentino. Fundamentalmente, no puede ser bajo las condiciones que fija el capital financiero. Para esto, debemos ampliar las categorías y unidades de análisis, ya que medir solo productividad anual por hectárea y toneladas exportadas no alcanza para determinar si estamos en la senda del desarrollo nacional. 

Retomar la discusión de la cuestión agraria es fundamental. Ello requiere de nuevas categorías de análisis acordes al mundo actual, y a nuestra realidad argentina y latinoamericana, que pongan en el centro los intereses y derechos del pueblo trabajador con una perspectiva de protección de la naturaleza.

*Referente del Movimiento Nacional Campesino Indígena Somos Tierra y de la Mesa Agroalimentaria Argentina (MAA).

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