El que une a las personas y los perros es un vínculo ancestral, un amor que se pierde en los pliegues de la historia emocional de la humanidad. El registro más antiguo de esa relación de amor se remonta a casi 15 mil años en el pasado y corresponde a la antigua tumba de Bonn-Oberkassel, en Alemania, en la que se encontraron los restos de una mujer, un hombre y un perro.
Apenas un poco más acá, digamos unos 8 mil años atrás, algunos de nuestros primeros artistas plásticos tallaron en las piedras de Shuwaymis y Jubbah, en la provincia de Hail, Arabia Saudita, escenas protagonizadas por personas y animales, como dromedarios, cabras y, por supuesto, perros. Esa es la representación canina realizada por humanos más antigua que se conoce. La más moderna tal vez sea la novela gráfica Campeón, creada por la dibujante y tatuadora rosarina Jazmín Varela y publicada por la editorial Sigilo.

Pero no es solo de amor de lo que trata Campeón, sino de todo lo que ese sentimiento primordial crea y va dejando a su paso cuando entra en la vida de un hombre o una mujer (o un perro), que no siempre es felicidad. En términos estrictos se trata de una saga familiar, pero organizada en torno a los perros que fueron pasando por el hogar a lo largo de los años. Como no podía ser de otra manera, la historia de Campeón comienza con un perro, uno de esos callejeros greñudos que se han vuelto ásperos a fuerza de enfrentarse todos los días a la hostilidad del mundo.
Una novela de perros
Una mañana a ese perro la vida en las calles lo empuja hasta la estación de Retiro, donde la curiosidad lo lleva a subirse al tren. Solo necesitó un par de pasos para meterse en el vagón y algunas horas después ya está en Rosario. Pero se ve que 300 kilómetros no fueron suficientes y a mordiscones se niega a que el personal ferroviario lo baje del tren, hasta que aparece un hombre grandote y sucio con cara de bueno, que con palabras amables y algunos mimos lo convence de irse con él.

Ese hombre es el padre de la narradora, aunque algunos meses antes de conocer a la mujer que será su madre. El hombre trabaja en los talleres del ferrocarril y no le simpatiza mucho a nadie, porque es un poco sucio y se viste con ropa vieja. Y como entre descastados se entienden, el humano se termina haciendo amigo del perro, al que bautiza con el nombre de la novela. Campeón vive en los talleres del tren, pero como nadie le tiene simpatía a causa de su mal carácter, el hombre se lo termina llevando a casa.
Ahí por un tiempo son felices, hasta que el destino de nuevo mete la cola y la vida de Campeón se termina en su ley. Triste, el hombre viaja a Mar del Plata y ahí conoce a una mujer, se enamoran y forman un hogar. Varios perros se unirán a la familia antes de que una hija llegue a la casa, pero como si la muerte de campeón hubiera desatado una maldición, todos ellos tendrán finales trágicos. En esos términos se desarrolla la primera mitad de la novela. La otra mitad se pondrá un poquito más cronenbergiana.

En Campeón, Jazmín Varela narra todo de forma directa, sin vueltas ni florituras que aligeren los detalles dramáticos de la historia, y sus dibujos transmiten esa misma sencillez, la misma urgencia. Alguien podrá decir, y con razón, que sus viñetas son feas. Porque es verdad: su trazo es grueso, desprolijo, a veces incompleto, muchas otras confuso y la paleta de colores se limita a la dualidad básica y clásica del negro sobre el blanco.
Pero hay una razón para que todo eso sea así. Y es que, en tiempos de inteligencia artificial para todos donde se ha vuelto imposible distinguir qué imagen es real y cuál es falsa, la estética punk de las imágenes creadas por Varela son inconfundiblemente humanas y a partir de la conjunción de recursos simples consigue el milagro de la elocuencia. Un logro al alcance de pocos.