Pilar Quintana: “Soy de la raza de los escritores aventureros”

Por: Mónica López Ocón

La escritora colombiana presentó su última novela, Noche negra, en Buenos Aires. En ella ficcionaliza su aventura en la selva donde vivió con su primer marido nueve años. La historia transcurre en unos pocos días que la enfrentan a la soledad.

Una mujer, la propia escritora en este caso, emprende una vida muy distinta de la que tenía: aunque citadina, se va a vivir a la selva con su primer marido. La selva es, a la vez, un escenario colmado y vacío, por la soledad de la que rodea a sus habitantes. Tan es así que Pilar Quintana sostiene que quien no conoce la selva, no conoce la soledad. Como mujer, Rosa, el personaje de Noche negra, se ve doblemente entregada a esta soledad en ausencia de su marido y sufre la duda de si su marido volverá de los  trámites que fue a hacer a la ciudad. La novela es una suerte de foco sobre el martirio que sufre una mujer mientras repite tu rutina.

Leyendo Noche negra recordé que Alejo Carpentier decía que la literatura  latinoamericana tenía  que ser necesariamente barroca porque nuestro paisaje lo es y me parece que tu novela tiene un lenguaje barroca,  rico, desbordante, lujurioso. Luego, leí la justificación de un premio que te otorgaron en la que un miembro del jurado elogiaba tu economía de lenguaje. El barroquismo quizá tenga que ver específicamente con esta novela. ¿Cómo definirías vos tu lenguaje?

-Yo tengo el lenguaje preciso, un lenguaje adecuado a cada novela. Esto  puede verse muy claramente en La perra, que es la obra a la que se refería Alfonso Cueto, presidente del jurado,  que es una novela cortita, muy puntual, que es casi un cuento largo.  Es una novela  por la extensión, pero tiene todas las características de un cuento.  Creo que Noche negra es diferente, transcurre en el mismo universo narrativo de La perra en otra época. Los personajes principales de esta novela aparecen como figurantes en La perra .

Noche negra es una novela que transcurre en pocos días, sin embargo, pasa una vida por ella.

-Es que esos días en la selva le permiten hacer a Rosa, su personaje, una revisión de toda su vida. Y había un reto en escribirla porque los días son iguales. No le está pasando nada muy extraordinario en esos días. Se levanta, desayuna, va al baño, limpia, lava. Realiza cada día las mismas tareas. Y lo que está pasando, no está pasando en esas acciones, sino dentro de su cabeza.

 -El gran enigma es si Gene, su marido, el irlandés, va a volver. Vos narras esa historia enumerando las tareas cotidianas. Esa enumeración va construyendo la novela.

– Además, Rosa tiene miedo porque se siente amenazada por los vecinos, un miedo que no se sabe que si se basa en una suposición o es un miedo lógico en las mujeres porque lo vivimos cotidianamente.

-¿Cómo se te ocurrió el tema de la selva? Leí que vos viviste en la selva colombiana.

-Sí, viví nueve años en la selva con mi ex marido irlandés en una zona como la que se describe en la novela. Juntos nos fuimos a construir nuestra casa con nuestras propias manos. Pero esta es una novela de ficción, Rosa no soy yo, algunos hechos están tomados de la realidad, pero no pasaron de la forma en que se cuentan alli.

– ¿Cuándo comenzaste a escribir Noche negra?

– Esta novela empezó a hacerse sin que me pusiera a escribirla cuando mi exmarido tuvo una cirugía. Yo estuve una semana con él los primeros días.  Hay muchas novelas referidas a la soledad del habitante de la ciudad. Pero esa no es una soledad efectiva ni real. O es real en el sentido de que nos sentimos solos, pero no estamos solos. Vos salís de tu apartamento, bajás a la tienda de la esquina y ahí conversás con el tendero y cualquier cosa que precises tenés a quien pedírsela. Allá Rosa está efectivamente sola. Las personas de la ciudad no conocen la oscuridad  porque aunque apaguen la luz hay una gran  contaminación. Por más que se vaya la luz, en otro sector hay  luz. Cuando me fui a vivir a la selva, una de las cosas que más me impresionaron fueron los giros de la Luna, cómo influían tanto en la cotidianidad. Para bajar al pueblo tenía que esperar que estuviera la marea baja, que tiene que ver con la Luna. Con la oscuridad natural en las noches con Luna, podíamos incluso ver colores y no precisábamos de la linterna. En mi casa de los años noventa, mi casa de joven, estaba la televisión encendida todo el tiempo y en mi casa de niña, la radio de la mañana hasta la noche, luz todo el tiempo.

Foto: Manuela Uribe

-A la soledad real de Rosa se suma su obsesión por si volverá o no volverá su pareja.

-Sí. Ese miedo habla de una desilusión que está basada en una cosa cierta, en algo que ella ve aunque no sea de modo muy explícito. Lo que lleva al lector hacia adelante no es el final de la trama, sino el transcurrir de su sufrimiento.

Entre los agradecimientos figura muchas personas que te ayudaron con datos en la novela, con historias, es decir que esta novela supone también un cierto trabajo de investigación.

-Claro, y mira que yo me pasé catalogando las especies animales y vegetales que había en el sitio donde yo vivía en la selva, que era un terreno de 36 000 m², es decir no gigantesco, pero sí considerable. Pero, además, el Pacífico colombiano es uno de los hotspots de mayor biodiversidad del mundo. En 1 m² ahí te encuentras más especies que en un bosque austral o del norte, ¿verdad? Me pasé clasificándolo, pero yo tenía principalmente una pregunta por los murciélagos. Cuando vivía en la selva se me instaló un murciélago a vivir en el clóset y yo tenía miedo de que fuera un murciélago vampiro así como le pasa a Rosa, pero le mandé fotos a un biólogo y me dijo, «Mira, un murciélago vampiro por su personalidad jamás se instalaría a vivir en el patio de una casa.» Porque ellos viven en cuevas, no les gusta la gente, son muy discretos. Claro, porque por su personalidad ellos tienen que llegar y chuparte la sangre, entonces no pueden hacerse visibles. Pero yo necesitaba que Rosa pensara que podía ser un murciélago vampiro y él me dijo, «sí, claro, una persona puede confundirlo.»

-¿Por qué sentías tantas ganas de viajar? ¿Era un sueño tuyo de chica?

-Sí, me fui a viajar tres años.  Soy una escritora aventurera al estilo de Jack London, Ernest Hemingway u Horacio Quiroga, ¿no? Yo creo que yo pertenezco a esa raza de escritor aventurero que los hay, los hay, ¿no? Y me interesa el tema de la naturaleza, sobre todo la lucha del hombre, pero en este caso la de la mujer  contra los elementos. Ese es mi tema favorito en este momento. Desde que viví en la selva, ella está en gran parte de lo que escribo. Los abismos es una novela citadina, pero donde la selva y la presencia de la naturaleza es muy fuerte. Me interesa indagar en el animal humano, llevarlo al extremo, sacarlo de la ciudad y llevarlo a parajes como Jack London llevó a sus personajes a Alaska, a la nieve. Me parece que bebo de la tradición latinoamericana, de la novela selvática, pero estamos acostumbrados a que esa novela sea muy masculina, con personajes masculinos que salen ala aventura. Noche negra es una aventura de una mujer en la selva y como es mujer, pues tiene que lavar platos, tiene que limpiar la casa, tiene que lavar ropa. Cuando nos leemos estas aventuras de estos hombres nunca lavan ropa, ni cocinan y todo está dado. Además de todas las amenazas que se supone que hay en la selva, las amenazas naturales, por ejemplo, la mujer también siente una amenaza que puede ser su imaginación, pero que existe y es el posible ataque de un hombre, el robo, la violación. Eso es lo que sentimos todas las mujeres. Cuando la novela se presentó en agosto en Colombia tuve unas entrevistas con editoras de los Estados Unidos y del Reino Unido, que estaban interesados en comprar la novela para la traducción. Muchas de estas editoras me contaron que la experiencia de ellas estaba narrada en Rosa. No conocían Latinoamérica, no conocían la selva, pero de alguna manera esa sensación de rosa es la sensación con la que vivimos las mujeres de Londres, de Nueva York, de Bogotá, de la selva, de todos lados. Y tenemos esa experiencia común que es crecer y vivir en un medio que es hostil, en donde la amenaza está ahí todo el tiempo, latente. Creo que siempre supe que iba a escribir y siempre supe que iba a escribir sobre esa experiencia de soledad en la selva porque yo viví ahí una experiencia que me pareció fundamental y me enseñó mucho sobre mi propia naturaleza. Pero fue cuando volví a la ciudad empecé a trabajar la selva como escenario literario. Durante los años que viví en la selva había escrito sobre la ciudad y la selva empezaba apenas a colarse como escenario. Creo que entendí que el tema de la naturaleza era muy importante para mí. Yo nunca había querido tener hijos y a los 39 años, cuando me divorcié, empecé a tener como una nostalgia de no haber sido madre. Iba por la calle y veía parejas con un niño y decía, «Ay, yo nunca tuve eso.» Porque pensaba que a los 39 una mujer ya estaba vieja y ya su vida había acabado. No es así. Me enamoré, me embaracé y tuve mi hijo a los 43 años. En mis libros anteriores yo había indagado mucho en el deseo, en el instinto, me interesaba el deseo como un elemento de instinto positivo que nos guiaba por que no eran racionales. Se abría una nueva beta donde podía estudiar la naturaleza humana. Y entonces hice La perra y hice Los abismos, que son novelas sobre la maternidad, como dos caras opuestas de la maternidad. Estaba indagando ya en la animalidad, pero cuando tuve el deseo de tener un bebé, lo llevé en la barriga, lo parí, le di teta, dije, «Es que sí soy una mamífera».

Foto: Manuela Uribe
Sobre el lenguaje

-¿Cuál es tu actitud frente al lenguaje? Me refiero a cuál es la importancia que le das en relación a otros componentes de una novela.
-Por supuesto que como escritora es una preocupación muy importante, pero creo que a diferencia de cierto tipo de literatura yo pienso que el lenguaje debe estar al servicio de la historia. No quiero que el lenguaje me distraiga del qué. No me propongo que el lector diga «qué bella esta frase».
-¿Por qué no es para vos una cuestión importante?
-Porque ahí se acaba el hechizo. Se le descubre el truco al mago. Yo quiero que el lenguaje sirva para que desaparezca todo lo demás y solo quede el mundo de la historia que se está narrando. Aspiro a que el lector esté metido dentro de esa historia sin darse cuenta de que lo está. Eso me parece más importante que el hecho de que repare en el lenguaje mismo porque entonces el lenguaje se transforma más en un interferencia que en un medio de comunicación.

Visiones de la selva oscura

«Desnuda, con el jején mortificándola, la linterna en una mano y el machete en la otra, contempla la noche. Las islas parecen rocas en un desierto apenas menos negro que el cielo. Consciente de su desnudez, sube y entra.
Guarda el machete y la linterna en el rincón de las herramientas.
En otra de las visiones que la persiguen, al encender la lámpara se encuentra en medio del cuarto con una fiera al ataque, un tatabro, un tigrillo, un ave de rapiña, la horrenda verrugosa que le salta a la cara o, peor, la equis que nunca la olvidó, brava y toreada, un animal revanchista que encontró lo que buscaba, a ella. Casi preferiría quedarse a oscuras. La prende con miedo y descansa. No hay ninguna bestia.
Vuelve a echarse repelente y a ponerse el calzón y la piyama. Toma la peineta de madera y sin verse se desenreda el pelo. No tiene espejos. El que traía con la mudanza llegó roto. Siete años de mala suerte, se dijo al sacarlo de la caja. Cuando terminaron la repisa compraron en la tienda uno cuadrado de tocador. No les duró ni dos días».
(Fragmento de Noche negra)

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