Lo “exótico” es entendido, en el cotidiano, como un sinónimo belleza y extravagancia, pero en biología nos referimos así a las especies que no son nativas de un área, sino que fueron transportadas por los humanos. Algunas llegan accidentalmente, como “polizones” en cargas.

Este sería el caso, por ejemplo, de las ratas que colonizan ciudades e islas de todo el mundo causando estragos socioambientales. O de forma intencional, por ejemplo, por su valor productivo u ornamental, entre otras tantas razones. Ese es el caso de los pinos -y otras coníferas- que colonizan Patagonia.

El interés de los científicos por las especies exóticas invasoras no es algo marginal, sino que existe toda una rama de la biología que se dedica a estudiarlas, incluso desde comienzos del siglo XVII, cuando naturalistas europeos ya registraban la llegada de plantas y animales desde territorios lejanos. Para darnos una idea: en Sudamérica se han mencionado más de 11.000 especies de plantas invasoras, y hace poco mi grupo del Departamento de Análisis de Sistemas Complejos (FB/CONICET) participó de un estudio en el que recolectamos más de 70.000 registros de mamíferos invasores en Latinoamérica. 

Hay todo tipo de invasiones y efectos. No son solo hay plantas y animales exóticos, también hay micro-organismos invasores. Una de las primeras de gran importancia fue la bacteria Yersinia pestis (transmitida por pulgas de ratones y ratas) que dio lugar a la “peste” o Muerte Negra, que en la Edad Media llegó a Europa desde Asia Oriental y acabó con cerca de un tercio de la población europea.

Otra que debería preocuparnos es la del jabalí, cuyo efecto, entre tantos otros, también es económico por su impacto en la producción de alimentos, con pérdidas calculadas en varios millones de dólares anuales -y sigue creciendo. 

pinos

Un caso bien conocido por los conservacionistas es el impacto del visón Americano, un carnívoro mustélido –la familia de los hurones- que fue traído como alternativa productiva de peletería a Patagonia a mitad del siglo XX. Su potencial depredador es tan grande que se registró que en solo una noche un individuo mató al 5% de la población global del Macá Tobiano, un ave críticamente amenazada cuya población total es de 800 individuos. 

En resumen: enfermedades, pérdidas económicas, transformaciones ambientales y pérdidas de biodiversidad. Las especies invasoras, las “exóticas”, tienen que preocuparnos. 

Una pregunta central es si todas las especies que trasladamos serán invasoras. Existe consenso en la ciencia que no todas tienen el mismo potencial invasor, aunque los atributos relevantes varían según el grupo. 

Los pinos utilizados en plantaciones de Patagonia tienen alta capacidad de transformarse en invasoras. Y pese a que no todos los ambientes son igualmente “invadibles”: hay zonas extremas que son menos permeables y otros como las islas o los ambientes templados, que si lo son. La Patagonia se encuentra en el segundo grupo. Un mal combo. 

Los pinos y la Patagonia 

En la Patagonia Andina las plantaciones de pinos comenzaron a expandirse desde mitad del siglo XX bajo el impulso de políticas públicas que prometían desarrollo, empleo y diversificación económica. En Río Negro, por ejemplo, casi diez mil hectáreas fueron forestadas con pinos en poco más de una década, principalmente, con Pinus ponderosa y P. contorta. Muchas fueron luego abandonadas cuando se terminaron los subsidios. Ahí comenzó la invasión. 

Comparado con otras partes del hemisferio sur, como Sudáfrica o Australia, las invasiones por pinos en Sudamérica están en un estado relativamente incipiente. Pero en las últimas décadas hubo un gran avance. 

La invasión de pinos y su relación con los incendios forestales en la Patagonia

Un estudio reciente liderado por investigadores del CONICET y miembros de la “Red Pinos”, muestra, entre otras cosas, que el 2% del área que rodea a Bariloche está invadida por pinos. Estos pinares tienen la capacidad de alimentar los incendios con abundante combustible, haciéndolos más intensos y destructivos, especialmente en las zonas de interfaz urbano-rural. 

Los incendios de Epuyén de 2025 y 2026 ocurrieron mayormente en zonas con características similares. Esto no había sido ignorado, ya que desde hace más de una década atrás, investigadoras del CONICET (INIBIOMA-CCT-Patagonia Norte) venían estudiando y advirtiendosobre el gran riesgo existente en la zona de Puerto Patriada, Chubut. Esos fueron los incendios forestales que, tristemente, analizamos unas pocas semanas atrás.

¿Por qué favorecen y aumentan la intensidad de los incendios?

Los bosques nativos de Patagonia no están adaptados al fuego, aunque los incendios siempre existieron en baja frecuencia. Contrariamente, los pinos provienen de ambientes que evolucionaron con incendios frecuentes. Por eso, tienen adaptaciones que los hacen especialmente adaptados a estas condiciones. Sus conos (o piñas) pueden permanecer cerradas durante décadas y es con el fuego que se terminan abriendo y liberando un enorme banco de semillas que cubre el piso del bosque recién quemado. Además, producen una enorme cantidad de material combustible, como la “pinocha” -las acículas cuando caen- que se acumula en el suelo de los pinares.

En plantaciones abandonadas o en zonas invadidas también hay exceso de material muerto -no removido-. Por eso no siempre el riesgo de incendio es igual: en zonas adonde la invasión es antigua, el riesgo de incendio por acumulación de material es mayor que en aquellas de reciente invasión. Sin embargo, es más barato prevenir y controlar nuevas invasiones.

Estudios del INTA muestran como en áreas con alta densidad de pinos estos reducen el agua del suelo entre un 30 y 60% con respecto a otras coníferas nativas. Esto es, generan una pérdida de agua fundamental para el consumo y la producción de alimentos, por lo tanto generando un impacto en las poblaciones humanas cercanas a áreas densamente forestadas.

Este mayor consumo de agua junto con la reducción en las precipitaciones a causa de la crisis climática hace que los bosques de pino hoy estén generando un sustrato perfecto para que los incendios de interfase o de ambientes semi-naturales invadidos se propaguen y profundicen. 

Una buena (o más o menos): un estudio del CONICET muestra que el cambio climático no beneficiaría, e incluso en algunas especies reduciría, el potencial de invasión debido a la mencionada reducción de las precipitaciones. Viene en línea con estudios que sugieren que en zonas con precipitaciones menores a 800 mm la invasión se reduce. 

La invasión de pinos y su relación con los incendios forestales en la Patagonia

Casi la totalidad de la información de este artículo se basó en reportes de instituciones como CONICET, APN, INTA, todos organismos que son parte del sistema científico argentino que han sufrido un enorme recorte presupuestario en los últimos dos años. Frente a este escenario, seguir ignorando la invasión de pinos no es solo una omisión técnica: es una irresponsabilidad política. 

Investigar, mapear, gestionar y remover biomasa invasora no es una opción ideológica, sino una medida urgente de prevención frente a una crisis que ya está en marcha. 

Existen ejemplos, pero desde los estados provinciales que incluyen el manejo de los pinos. La provincia de Río Negro cuenta desde 1987 (Ley N°21601) con el Servicio de Prevención y Lucha contra Incendios Forestales (SPLIF), un organismo dedicado a atender la problemática del fuego en la región andina.

Ellos tienen un plan trienal del manejo del fuego, cuya última actualización fue en 2024. Neuquén, por su parte, presentó en enero de 2026 el proyecto de ley “Plan Provincial de Control, Manejo y Erradicación de Especies Exóticas Invasivas para la Prevención de Incendios Forestales e Incendios de Interfase y la Protección de las Especies Nativas”. 

La expansión descontrolada de estas especies no es un fenómeno natural: es la consecuencia directa de decisiones políticas mal diseñadas y de la ausencia de gestión estatal sostenida y transversal a las regiones con mayores riesgos.

Se siguen esgrimiendo beneficios discutibles de las forestaciones, como la captura de carbono, pero los costos ambientales son evidentes y muy elevados. Para discutir esto necesitamos un estado sólido y que entienda que la inversión en ciencia, desarrollo y un consecuente manejo adaptativo en los sistemas naturales y semi-naturales es un bien para toda la sociedad.