Registrar lo inasible, aquello que parece imposible de reproducir a través de las palabras y las lenguas, es uno de los desafíos más estimulantes que puede proponerse un escritor. Cuando esas búsquedas resultan exitosas suelen alumbrar obras personales, capaces de producir en los lectores impactos vívidos y duraderos. Retratar el paso del tiempo, capturar la forma de los recuerdos o el pulso de las emociones más profundas son algunos de esos retos que cada tanto aceptan los artistas.

Un poco de todo eso está presente en El principio de todas las cosas, novela gráfica de la argentina Lucía Martínez Mayer. A veces de forma palpable y otras en estado potencial, pero siempre dejando rastros muy evidentes de la búsqueda que hay detrás de la obra.

Natalia es una joven que dejó su pueblo para irse a estudiar periodismo a la ciudad. Pero un día recibe la llamada de una amiga que se quedó allá, quien le informa que su hermano mayor, Martín, esta desaparecido y que tiene que volver. Ya en su pueblo se encuentra con un escenario de crisis social en el que la gente protesta por la falta de agua y resulta que Martín es uno de los líderes de ese movimiento. Su desaparición se dio durante una marcha en la que los manifestantes fueron reprimidos y detenidos.

Si bien la situación se ajusta muy bien al clima político actual de la Argentina, El principio de todas las cosas se editó en octubre de 2023 y cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. O en realidad no tanto: ya se sabe que este es un país de ciclos y es muy fácil que retratando el pasado alguien acabe pintando el presente. Esa madeja temporal también se encuentra en el ADN de esta novela.

El principio de todas las cosas

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Editada por Hotel de las Ideas, uno de los sellos editoriales más fértiles y atrevidos dentro del universo de la historieta en ArgentinaEl principio de todas las cosas está ambientada en un tiempo impreciso y a medida que avanza en su relato va revelando algunos indicios que en principio pueden parecer contradictorios. Aunque también podrían ser pistas que la autora fue dejando ahí con toda intención, para que cada lector haga el intento de buscar a partir de ellas sus propias certezas.

¿Por qué en las primeras viñetas los personajes se comunican a través de los hoy obsoletos teléfonos públicos y varias páginas más adelante lo hacen a través de celulares? Es que tal vez el regreso de Natalia a su pueblo no implique solo un desplazamiento a través de la geografía y el espacio. Quizás también sea un viaje en el tiempo, una travesía a los confines de su memoria, donde la figura de su hermano ahora ausente va adoptando la forma de distintos fantasmas.

Con un estilo simple pero de trazo firme y utilizando una paleta de colores que logra plasmar una luz siempre crepuscular, líquido amniótico perfecto para una  historia como esta, Martínez Mayer consigue que el lector se pierda junto a Natalia en esas travesías superpuestas. Hay otro recurso gráfico que la autora propone para ayudar al lector a orientarse en esa madeja de (posibles) líneas temporales que se entrecruzan.

Se trata de una especie de neblina acuosa que invade algunas viñetas a lo largo del relato y que funciona como una señal de alerta. Algo así como el vapor que salía de la boca del niño protagonista de la película Sexto Sentido cuando veía gente muerta, pero que en este caso tal vez sea la manifestación gráfica de esos cruces temporales que se dan entre presente y memoria. Tal vez el final traiga consigo una salida que, es mu posible, será distinta para cada lector. Pero todos coincidirán en que el recorrido que Martínez Mayer les propuso en El principio de todas las cosas ha sido grato.