UNO. Hubo un tiempo en que el nombre de Prusia caía sobre Europa como cae una espada sobre una mesa de nogal. Wagner lo vio con una claridad que a sus contemporáneos les resultó insoportable. En Der Ring des Nibelungen, el ciclo monumental estrenado en Bayreuth en 1876, el poder se forja. Siegfried funde los pedazos de una espada rota y la vuelve entera antes de enfrentarse al dragón. Hay en esa imagen algo que Bismarck habría reconocido sin titubear. El Imperio alemán, proclamado en Versalles en 1871 sobre la humillación francesa, nació de tres guerras en siete años, y de un canciller con la frialdad suficiente para saber que la historia sólo abre la puerta cuando alguien la empuja desde afuera.

Esa respiración antigua, que parecía archivada entre ruinas, museos y culpa institucional, vuelve ahora como vuelven ciertas memorias de familia. Sin escándalo, con formularios. Desde este año, el país aplica una reforma del servicio militar para ampliar la reserva y engrosar el cuerpo activo de la Bundeswehr. El número tiene su propia brutalidad. Más de 260 mil soldados en servicio activo y 200 mil reservistas en el horizonte de la próxima década. Hoy el ejército ronda los 184 mil efectivos. Entre una cifra y la otra hay un hueco de carne, edad y obediencia que Berlín necesita llenar antes de que la música cambie de tempo.

Los imperios, incluso los arrepentidos, reconocen tarde o temprano el sonido de sus propios tambores. La historia, apoyada otra vez en la nuca, susurra al oído con voz de cuartel.

DOS. La novedad alemana va más allá del reclutamiento en términos de volumen. Recupera la costumbre de clasificar cuerpos. El nuevo sistema dispone que todos los jóvenes de 18 años reciban un cuestionario sobre aptitud, disposición y motivación para servir. La amabilidad administrativa termina ahí. Sólo los varones estarán obligados a responderlo, y a partir del año próximo habrá exámenes médicos obligatorios. El Estado invita a todos. Obliga a algunos. La igualdad de género llega hasta el buzón y después se bifurca.

El gobierno presenta el programa con el lenguaje de la modernidad cívica. Debajo de esa prosa tan limpia, el verdadero gesto del poder resulta legible para quien quiera leerlo. El Estado pregunta quién está disponible y quién podría vestir un uniforme. Y si la situación de seguridad empeora, se puede sacar del bolsillo el silbato de la conscripción obligatoria.

Dentro del nuevo esquema asoma un detalle menos espectacular y, por eso mismo, más revelador. Los hombres menores de 45 años tal vez necesiten de una autorización militar para ausencias mayores a un trimestre en el exterior.

En esa pequeña arruga de la burocracia aparece la literatura del poder alemán en su versión más auténtica, con el impulso de registrar, ordenar y ubicar. Una costumbre bien arraigada: Federico Guillermo I, el Rey Sargento, llevaba en el siglo XVIII un censo tan exhaustivo de sus reclutas potenciales que los funcionarios debían reportar cada varón apto como si fueran cosechas.

La guerra en Ucrania hizo el resto. Pulverizó aquella superstición socialdemócrata, tan elegante y tan frágil, según la cual el comercio amansa a todos y una tubería de gas bien tendida sobre la pradera vale más que un batallón. La factura de esa conversión se paga en energía cara, en industrias nerviosas, en votantes irritados y en una clase dirigencia que descubre que la geopolítica es el nombre caro de la realidad.

En Europa ya son diez los países de la OTAN con alguna forma de conscripción reactivada. Dinamarca, Polonia y Croacia encabezan la lista. Con el segundo mandato de Trump, Europa descubrió tarde que la paz también necesita quien la custodie, y que ese alguien, a la hora de la verdad, tiene botas negras y uniforme color oliva.

TRES. Si Alemania alcanza sus objetivos, en 2035 superará el tamaño del ejército galo, aunque Francia conserve su ventaja nuclear y una cultura estratégica más suelta para la proyección exterior, especialmente en África.

La ironía tiene una nitidez casi cruel. Durante décadas, Europa temió a una Alemania demasiado fuerte. Después se habituó a una Alemania demasiado cómoda. Ahora asiste a una Alemania que abandona la comodidad porque la fuerza volvió a parecer una virtud en el patio de la escuela.

Hay una diferencia entre un país que tiene ejército y un país que vuelve a necesitarlo. La diferencia se llama miedo, y el miedo, bien administrado, es la única burocracia que nunca pierde el presupuesto. En ese contexto, el nuevo formulario pierde toda inocencia. Se vuelve espejo. En ese reflejo, la Unión Europea vuelve a reconocer un rostro antiguo, parecido al que Dorian Gray percibía en su retrato. Y allá al fondo de la imagen se adivina la silueta de Siegfried con la espada recién forjada y el dragón que los noticieros titulan «conflicto» y que los generales llaman, en cambio, por su nombre.

Misión en Ucrania

El caso del fueguino Gianni Dante Bettiga en el frente de guerra del Donbás, difundido meses atrás por su familia desde Ushuaia, permanece sin confirmación oficial independiente sobre su situación en el 121º Regimiento de la 68ª División de Fusileros Motorizados rusos.

La falta de fuentes consistentes abrió dos interrogantes simultáneos. Uno sobre la solidez inicial del caso. Otro sobre el trabajo de la cancillería argentina frente al Kremlin, que en este asunto demostró la misma energía con que suele encarar los lunes.

Queda entonces la pregunta obvia. ¿Será el momento de convocar al Chiqui Tapia para otra misión de rescate? Desde lo del gendarme Nahuel Gallo liberado en Venezuela, la AFA acumula más aciertos en política exterior que todo el círculo rojo de Pato Bullrich junto.