A estas alturas del partido ya nadie duda de que el discurso del presidente Javier Milei en Nueva York, el martes pasado, cayó pésimo entre los empresarios que lo escuchaban. No importaron las hipérboles sobre sí mismo y su obra ni sus promesas de un futuro venturoso. Sólo quedó la acusación de chorros, prebendarios y corruptos dedicada a dos empresarios muy conocidos del público que lo escuchaba: Paolo Rocca y Javier Madanes Quintanilla.

“Otra oportunidad perdida”, dijo un empresario preocupado por un problema de base: cree que aún no se ha generado la masa crítica social necesaria para asegurar la reelección de Milei en 2027. Y que estas metidas de pata frente a público amigo no ayudan a formarla. Ni siquiera la presencia de los once gobernadores aliados revirtió esa sensación de precariedad.

El affaire de Manuel Adorni golpeó sobre ese tablado de bases poco firmes. El lapidario video que publicó Tiempo el miércoles, que mostró a un jefe de Gabinete caminando displicente al jet que lo llevaría a unas vacaciones de lujo en Punta del Este, reabrió un frente de batalla que el gobierno creía cerrado, el de las acusaciones de corrupción.

Son muchas las voces que reclaman a Adorni la respuesta a una pregunta esencial: ¿cómo se pagó ese vuelo? Los cálculos de Sebastián Lacunza, el periodista de Diario.Ar que comunicó primero el tema, indican que su valor rondó los U$S 10.000. Es un gasto grande para alguien que gana menos de U$S 2500 por mes. A esto hay que sumar la fuerte presunción de que en su viaje a Nueva York con Milei usó recursos estatales para beneficio personal.

Por su impacto sonoro y el contraste que genera en la mente de todos, deslomarse pasó a ser la palabra que revolvió la cabeza de la población y reconfirmó algo que había quedado subsumido por la carestía: recuperó la mirada de un gobierno que gobierna para los ricos, cuyos integrantes usan los recursos del Estado para beneficio propio y que emplea el aparato del Estado para hacer negocios ilegales.

En poco tiempo llegarán los resultados de encuestas y focus groups que marcarán el desprecio popular a estas conductas. Pero mientras tanto impactan en una población que está experimentando con sus límites ante la pérdida de calidad de vida -por los salarios derrotados por la persistentemente elevada inflación-, la precarización laboral y el desempleo.

No se trata de proclamar el encendido de una mecha que lleva inevitablemente a un estallido total, sino de medir el pulso social. Y en ese latir, los trabajadores de Fate muestran cómo esas pulsiones derivan en acciones vitales como cuestionar que una crisis industrial que no provocaron tenga por resultado su posible hundimiento social y los acerque a una vida miserable.

El industricidio es objetivo: el 5% de las fábricas registradas desapareció en dos años. Equivale a casi 2500 empresas y 73.000 puestos de trabajo perdidos no sólo en esas firmas que cerraron sino también en el conjunto del aparato industrial en ajuste.

Pero los nocivos efectos sociales e individuales que provoca el industricidio de Milei no se sienten igual en todas las clases sociales que habitan la Argentina. Quienes pierden el empleo se encuentran con un mercado de trabajo en retroceso, con escasas posibilidades de recuperar la calidad del puesto perdido. En cambio, del lado de los empleadores queda el dinero que les permitirá reiniciar el ciclo. Son realidades diferentes. «