Es enero y Río de Janeiro se derrite con una parsimonia cruel. No es una tórrida metáfora climática; es el rigor absoluto de lo que los cariocas, con una mezcla de orgullo y resignación, llaman con justicia Hell de Janeiro. Bajo este sol tremendo de sábado se cocina al mediodía el barrio de Santa Teresa. Quente es la subida a pie por los morros. Bien lejos de la postal pintoresca del bondinho amarelo. En la cima de las callecitas empedradas espera un refugio de las rimas. Literatura que empezó hace siglos en los desiertos de la península ibérica y terminó echando raíces en este morro carioca.

Leopoldo Fróes 37. Es una dirección que funciona como un portal de silencio frente a la cachetada térmica de la calle. Tras una fachada que resiste al bochorno y al olvido desde 1993, se encuentra la Academia Brasileira de Literatura de Cordel (ABLC). Cruzar la humilde puerta es dejar atrás el fuego de cariocalandia para entrar en el tiempo de tinta, madera y el aroma dulce del papel viejo. En este rincón, la memoria no se guarda en discos rígidos; en la Academia la memoria cuelga de un hilo. Literalmente: son decenas de folletos abrazados por broches a cordeles de barbante, como ropa recién lavada secándose al sol de la historia.

Que no se corte: Academia Brasileira de Literatura de Cordel y el hilo de su historia

Bom dia”, saluda Marlos Vieira. Su nombre no es un seudónimo de poeta, aunque en este barrio todo -hasta los nombres de las calles- parece predispuesto a la literatura. Marlos es el curador y el guardián de una dinastía que ha hecho del verso una forma de vida. Su padre, Gonçalo Ferreira da Silva, fue uno de los pilares del género, un hombre que parió 316 folletos y 30 libros.

Marlos lleva puesta una musculosa del Vasco da Gama, toda una declaración de principios: tras el arranque optimista del equipo en el campeonato carioca de este año, los colores del “Gigante da Colina” se lucen con otro orgullo. “Pasé toda la vida aquí, ayudando a mi padre», dice con una parquedad que parece ser el único antídoto eficaz contra los apenas 35 grados que afuera están evaporando el agua de la Bahía de Guanabara.

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Los hilos de la historia

En el localcito, Marlos da una clase magistral sobre la literatura de cordel. Cuenta que, en lengua española, estos libritos se llamaban “pliegos sueltos”. El escritor afirma con la gravedad de un académico que conoce la genealogía de cada rima. Me explica que el cordel llegó de la mano de los colonizadores en 1750, entrando por Bahía, la entonces capital de un Brasil colonial. Pero el cordel, como el samba o la feijoada, se hizo brasileño por derecho propio y por necesidad de resistencia. A partir de 1892, con la métrica fijada y la xilografía —la xilogravura— adornando las portadas con esa estética tosca y potente del grabado en madera, el cordel se convirtió en la voz de un pueblo que no tenía acceso a la letra impresa oficial.

“Para el pueblo analfabeto o semi-analfabeto, que no sabía leer pero grababa con facilidad lo que los repentistas cantaban, el cordel era la única verdad disponible”, explica Marlos. En las ferias del Nordeste, el cordel era el diario, la radio y el cine. “Uno que sabía leer le leía a todo el mundo”. Esa democratización del conocimiento a través del oído es lo que permitió que la cultura sobreviviera. Marlos suelta entonces una tesis ejemplar: la existencia de una “historia paralela”.

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“Existe la historia oficial y existe la nuestra”, dice con una sonrisa cómplice mientras señala un folleto amarillento. Y ahí aparece el mito de Lampião, el rey del cangaço, el bandolero que es para Brasil lo que Robin Hood es para los piratas ingleses, pero con el filo de un puñal ensangrentado. En los libros de texto, la historia es seca y brutal: Lampião murió en una emboscada en Angicos en 1938; le cortaron la cabeza, la pusieron en un frasco con formol y la exhibieron en un museo hasta hace no tanto. Pero en los versos que se imprimen y se cuelgan en Santa Teresa, el final es otro. Los cordelistas dicen que Lampião escapó, que burló a la policía y al destino, y que terminó sus días en China, viejo y en paz, a los 96 años. Es la revancha del verso contra la morgue; la victoria de la rima sobre el dato forense que intenta clausurar la esperanza popular.

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La Madrinha

A unos metros de Marlos, sentada con la calma de quien ya ha visto pasar demasiados veranos infernales, está María de Livramento Lima da Silva, conocida por todos en el mundo literario como “Madrinha Mena”. Es la viuda de Gonçalo y la mamá de Marlos. Nació en Sobral, en el interior de Ceará, tierra de sol rajante que parece haberle curtido la sabiduría. Ella es la madrina de todos los cordelistas de Brasil, un título que no es menor: lo recibió de manos del presidente José Sarney en 1988, en Brasilia, cuando el país celebraba su nueva Constitución y el regreso de la democracia.

“¡Ah, cosa buena es la literatura!”, dice María con una voz que suena a música antigua. Ella toca el violón -la guitarra- y aunque se lamenta porque perdió su púa, su memoria rítmica sigue intacta. “El negocio tiene que ser en la vida misma, no hay que quedarse parado en el mundo. Hay que hacer para mostrar la cultura de Brasil”, sentencia. Luego habla de su padre, a quien llamaba con cariño “plebeu”. “¿Sabe qué es eso? Es ser pobre, gente humilde, pero con la cabeza puesta en su lugar”. En su relato, la pobreza no es una carencia, sino un origen que se honra a través de la palabra escrita. María recuerda cuando su marido escribía sobre Leonel Brizola, el caudillo de Río, o cuando el humor se filtraba en las estrofas para hacer más llevadera la vida de los laburantes.

La amplitud temática de esta Academia es desconcertante y rompe cualquier prejuicio de que el cordel es solo “folclore rural”. En los estantes de la Rua Leopoldo Fróes conviven el misticismo del Pavão Misterioso —aquel pájaro mecánico que es el mayor éxito de ventas de la historia del género— con tratados de filosofía. Marlos, de hecho, se define como kantiano. Me muestra un folleto sobre la vida de Immanuel Kant y otro que analiza la llegada de Donald Trump al poder. “¿Es una crítica?”, le pregunto. “Es una crítica necesaria”, responde. El cordel es un laboratorio de pensamiento contemporáneo, capaz de procesar la llegada del hombre a la Luna o la caída de un imperio con la misma métrica que se usaba para cantar las hazañas de un bandolero en el 1900.

Pero hay un folleto que Marlos sostiene con una gravedad distinta. Se llama Monólogo de la cocaína. “Perdí a un amigo por sobredosis y decidí hacer este folleto. Es la propia droga la que habla en primera persona, contando el mal que hace y cómo evitarla”. Es en este punto donde la crónica se vuelve urgente. El cordel recupera aquí su función más primaria y noble: la de ser un faro, un aviso de peligro rítmico lanzado desde el morro para que la tragedia urbana no siga devorando a los pibes de la favela. Es la literatura puesta al servicio de la supervivencia.

Al salir de la Academia, el Hell de Janeiro me recibe de nuevo con su cachetada de aire hirviente que sube desde el asfalto. Empiezo el descenso hacia el centro de la ciudad: la gravedad ayuda, pero que el calor aplasta. Allá abajo, cerca de la Praça XV, el Real Gabinete Portugués de Lectura brilla con su arquitectura neomanuelina, sus estanterías de madera noble y sus libros encuadernados en cuero que casi nadie se atreve a tocar. Es un templo del canon, hermoso y estático.

Pero acá arriba, en Santa Teresa, la literatura no necesita mármoles ni silencios sagrados. El cordel sobrevive porque es popular y valiente. Me voy con un librito en el bolsillo. Siento cómo el papel se humedece con el sudor de enero. Atrás queda la casa de Marlos y Madrinha Mena: el hilo de su historia. Que no se corte.

Que no se corte: Academia Brasileira de Literatura de Cordel y el hilo de su historia