¿Cuántas veces nos pasó que, para calmarnos, para distraernos, para prometernos en vano o, directamente, para mentirnos escuchamos que alguien, desde alguna esquina del poder, vino con la cantinela “Lo peor ya pasó”?
¿Y? ¿Qué pasó?
No pasó nada. O, el paso siguiente fue, ahora sí, en serio, peor.
Frasecita política de cuarta, artilugio para seguir zafando, dicho que, inevitablemente desgastado, aplica únicamente en el mundo del humorismo involuntario. “Lo peor ya pasó” es prima hermana de otros célebres recursos imaginados para tirar la pelota para adelante y que en la gran mayoría de los casos se convierten en pelotazos en contra.
La lista es extensa:
* “Lo mejor está por venir en el segundo semestre”.
* “La lluvia de inversiones”
* “El rebote, el derrame, los brotes verdes”
* “La lucecita al final del túnel”
* “Estamos mal, pero vamos bien”
* “Achicar el Estado es agrandar la Nación”
* “La herencia recibida”.
Declaraciones como “Hoy podemos empezar a mostrar resultados”, “Estamos en franca recuperación” o “Si el país empieza a crecer vamos a bajar los impuestos” tienen asumido derecho de autor de ministros de Economía, como Toto Caputo. Proclamas similares se descubren en cualquier archivo periodístico.
Lo llamativo es que, pese al desgaste, se sigan utilizando. Asombra la devoción dirigencial por esta salida simplista y de breve efectividad. En muchas oportunidades el actual presidente afirmó que (en tanto y en cuanto sobrevivamos a su estilo de conducción) entre diez y treinta años nuestro país estaría a la par de las naciones europeas más adelantadas o de los Estados Unidos. El tiempo dirá lo suyo. Pero lo que el paso del tiempo no podrá soslayar es que lo mucho impedido, paralizado, postergado, maniatado para parecernos a esos países que él admira, será muy difícil y costoso reconstruir.
Pero, si la recuperación se produjera –y le aviso a nuestra autoestima– porque esto también pasará, que los que se hagan cargo eviten avisarnos que “lo peor ya pasó”.
No será necesario.
Por el momento, la noticia es que lo peor no pasará mientras el gobierno no cambie el chip de la empatía y se empeñe en mostrar que la carrera por complacer cada una de las demandas del Fondo Monetario Internacional es más valioso o necesario que proteger al Hospital Garrahan o asegurar en tiempo y forma una campaña de vacunación infantil.
Cosas peores podrán seguir pasando, en tanto se siga apenando y privando a desocupados, discapacitados, profesionales de la ciencia y de la salud, a maestras y educadores, condenando a la parálisis y pronto a la desaparición a actividades culturales que en muchos otros países son reconocidos como orgullo argentino o sancionando e insultando a todos aquellos que pensamos diferente.
Lo peor no pasará mientras persista una Justicia que politiza lo judicial y judicializa la política, en tanto se siga admitiendo gobernar con decretos y con secretos que, por suerte, casi siempre, dejan de serlo.
Lo peor permanecerá mientras haya un dirigente que consienta que la justicia social es una aberración, que las universidades públicas son centros de adoctrinamiento y que los derechos humanos son un curro.
Nada será peor que la desidia hacia los barrios populares, la prepotencia policial a ciudadanos en débil condición social o la naturalización de que miles de compatriotas obtengan sustento juntando lo que otros tiramos.
Siempre habrá algo peor mientras permanezcan vigentes el terror a perder el trabajo, la vivienda o lo poco o mucho juntado con esfuerzo a lo largo de años.
Y ojo que no hay algoritmo, inteligencia artificial o festejos por el Mundial de fútbol (que ojalá volvamos a ganar) capaces de disimular semejante descomposición.
Así estamos, en medio de una vida difícil que muchas veces para seguir adelante nos exige postergar explicaciones.
Venía a mi cabeza una frase memorable del gran Tato Bores cuando desde su programa de televisión nos convocaba en nuestra condición de «queridos chichipíos» y nos invitaba a mantener atenta la neurona, a seguir laburando, a servirnos un vermut con papas fritas y a celebrar el mejor show. Hoy no sobra nada, la vertiginosa rapidez con que las cosas pasan y se van afectan a nuestra capacidad de entendimiento, las colas para conseguir un laburo son interminables, el vermut y las papas fritas son artículos de lujo y la fiesta, por el momento, se la apropiaron esos muchachos a los que el presupuesto se les agigantó de un día para el otro.
Chichipío: según el Diccionario de Americanismos, lunfardismo para definir a una persona ingenua, sin picardía. El dicho de Tato era una forma de homenaje a Pepe Arias, otro capocómico que lo había establecido en la radio.