Además de los helicópteros artillados de Estados Unidos, sobre Caracas sobrevolaron ayer más dudas que certezas y más precauciones que convicciones.
Venezuela está viviendo una derrota fraguada desde afuera y desde adentro, en una combinación tan desigual como impecable para cometer el atropello imperial.
Desde las primeras horas de la madrugada sobrevoló una sensación –difusa pero cada vez más evidente– en los mensajes o conversaciones sobre el drama venezolano. En cada contacto nos sorprendía la anormalidad, rareza, singularidad y el modo irregular de los hechos que culminaron en la captura siniestra del expresidente Nicolás Maduro.
Un día antes, Maduro ofreció a Trump una mesa de negociación sobre drogas y terrorismo transfronterizo para buscar una salida pacífica. Mes y medio antes, Delcy Rodríguez, la vice y presidenta delegada de PDVSA, se instaló varios días en Miami para buscar acuerdos al conflicto. Miami, como se sabe, es la capital imperial del patio trasero latinoamericano. Washington, en cambio, es la capital del imperio para el resto del mundo. Nuestro hemisferio dirime su destino en Miami.
Rusia y China, dos potencias globales favorables a Venezuela donde tienen miles de millones en inversión, decidieron buscar en el Consejo de Seguridad de la ONU alguna solución que se sabe imposible en el terreno.
México y Brasil (Sheinbaum y Lula) redujeron sus tonos y guardaron equidistancias indispensables en la cultura diplomática de sus estados. Mientras Petro, aguerrido presidente de Colombia, aplacó su verborragia dura contra EE UU y declaró que en la Venezuela de Maduro “falta democracia”.
Ayer, sábado 3 de enero, día del ataque imperial al país y secuestro criminal de su presidente, hubo dos actos y una declaración reveladoras. Los tres ayudaron a desentrañar la trama del desenlace.
En el mediodía de Washington, Trump mostró con orgullo su pequeña victoria. Tenía en custodia a Maduro y a su mujer. Le repreguntaron varias veces sobre el personaje facilitador desde Caracas y respondió con claridad, que las negociaciones se realizaron con Delcy Rodríguez. Y despejó la duda de los reporteros: la gobernabilidad no incluye a María Corina Machado porque no cuenta con “representatividad” en el país ni asiento en las Fuerzas Armadas.
Dijo Trump: «No queremos que otra persona asuma el poder y que se repita la misma situación…». Es decir, la gobernabilidad de Venezuela no incluye a Machado u otro similar, si el objetivo es recapturar la fuente petrolera que EE UU necesita para sobrevivir como imperio. Esto deja abierta la hipótesis de un gobierno de transición pactado, pero endeble y en crisis hasta que se consolide la actual derrota político-militar, o el pueblo chavista imponga lo opuesto.
Después de Trump, la cadena colombiana NTN entrevistó al general retirado del ejército norteamericano, Eric Rojo, un personaje clave en este drama porque asesora a Marco Rubio en América latina. Dijo con todas las letras: «A Maduro lo entregaron los venezolanos a las fuerzas armadas de EE UU».
Eso quedó en evidencia en el acto hollywodense de la captura. Un solo muerto, el rescate más barato de todos los tiempos. El propio Trump se jactó en relatar el modo en que ingresaron a la habitación blindada con acero de Maduro y su mujer.
Pero antes de conocerse la captura, a todos nos llamó la atención que ocho o 12 helicópteros artillados cruzaron la frontera desde La Guaira a Caracas, burlaron los radares sin un sólo disparo de advertencia, bombardearon Fuerte Tiuna donde se asienta la comandancia general y otros tres centros militares, además del parlamento. Uno de esos helicópteros se posó sobre el palacio, capturó sin ruidos a Maduro semidormido con mínima resistencia y lo extrajo del país.
Ninguno de esos actos puede ocurrir sin colaboración de los aparatos militares y de seguridad interior. Algo similar ocurrió con el final de Hugo Chávez, un acto imposible sin ayuda desde el palacio y aparatos de seguridad.
Más de una hora después, en la media tarde venezolana, la vicepresidenta escenificó el último acto de este drama. En una declaración oficial ceremoniosa avisó al país que ella presidía un nuevo gobierno y dijo las alusiones a Simón Bolívar y al derecho internacional que podían conformar a la base chavista.
Un dato clave es que fue acompañada por los dos ministros principales: Diosdado Cabello y Wladimir Padrino, garantes del poder militar y policial. Es decir, el nuevo gobierno lo conforman Delcy, Diosdado, Padrino y el presidente del parlamento, Jorge Rodríguez, hermano de Delcy.
Así, paso a paso, se fue develando la espesura brumosa de las primeras acciones iniciales.
Detrás de la captura de Maduro actuó una cadena de pactos políticos y preparativos de inteligencia (CIA, MOSSAD, DEA), cuya sinuosidad ocupó meses completos. Un pacto de gobernabilidad de largo aliento fraguado con precisión de relojería, pero con final abierto.
Aún falta saber como reaccionarán los altos mandos en las FANB y la base residual del chavismo. Ni Delcy ni su hermano (presidente de la Asamblea Nacional y segundo candidato directo a la presidencia), cuentan con el favor suficiente en las bases chavistas para asegurar la durabilidad del gobierno. Sobre todo cuando esa base chavista escuchó y leyó lo mismo que el resto del planeta: «Marco Rubio está negociando con Delcy Rodríguez la transición. La vice habló con Rubio y dijo que hará lo que nosotros digamos”.
Aunque eso también está por verse, lo cierto es que puso bajo los reflectores a los principales del drama venezolano. Esa precisión fue militar en la acción final de la captura del ex presidente en su habitación blindada a las 2 am.
Luego no hubo registro de manifestaciones de calle para sostener los ataques militares yanquis en la calle, tampoco para rechazarlos, excepto en las primeras horas entre los ataques y las 7 de la mañana: primero salieron los conocidos “colectivos” armados; un poco más tarde algunos centenares de militantes y milicianos armados. Acciones que no fueron acompañadas por masas del chavismo ni manifestaciones de importancia social. Se apostaron en algunas calles y esquinas de Caracas y Miranda, para enfrentar grupos armados de Corina Machado que podrían salir a respaldar a los invasores. No salieron. Tampoco la masa chavista.
Solo se conoció una acción masiva en Aragua, a una hora de Caracas. Ahí la gobernadora convocó a las milicias, barrios y a militares frente a una base aérea que fue bastión anti golpista en 2002.
Las consultas personales que hicimos dieron cuenta de una sociedad que observaba expectante, pero sin sentirse parte del drama en marcha.
Sólo restaba otra frase-sentencia de Erico Rojo: «Esta acción tan limpia no se pudo haber ejecutado sin personal dentro del equipo de Maduro que estaba en coordinación con la CIA o la DEA».