El último libro de la escritora y pedagoga, Raquel Robles, recientemente editado por Fondo de Cultura Económica, propone una experiencia sensorial y reflexiva por la vivencias de seis personajes que podrían ser cualquiera de esos cerca de diez mil presos políticos que habitaron las cárceles argentinas entre 1974 y 1989 bajo un encarcelamiento que buscó vestirse de legalidad, pero en el que no hubo ni amnistías ni reconocimiento de juicios viciados con declaraciones arrancadas a fuerza de tortura.
En La organización vence al tiempo, Robles no cae en lugares comunes ni romanticismos. Más que ir al hueso, se mete en las almas de esas personas privadas de su libertad, sus derechos y dignidad, para mostrarlas en toda su humanidad: con sus miedos, sus pensamientos más profundos, sus estrategias para sobrevivir y no olvidar quiénes son.

Con recursos que le permite la ficción, con un estilo de escritura por momentos cinematográfico y una prosa que pone en primer plano la corporalidad de los personajes, Robles escribe su noveno libro con material y testimonios que recogió a lo largo de varios años para tratar de mostrar cómo la organización de esos jóvenes venció al tiempo. A ellos se lo dedica.
Se trata de una novela coral con un proyecto literario ya característico de la autora que consiste en alumbrar las distintas voces de los personajes con solidez y particularidades tan propias, que los guiones de diálogos no son necesarios, no los utiliza. La narración va de una primera a una tercera persona que se mantiene bien cerca del personaje principal, al punto que el lector va sabiendo y descubriendo quién es el que habla y, al hacerlo, el impacto es el de estar en la celda junto a él.
Son seis historias que pueden leerse de manera autónoma pero que al engarzarse construyen un todo mucho más potente que vuelve inteligible la vida cotidiana, los estados del ser y solidaridades que se van tejiendo en un contexto de encierro y pretendido aislamiento.
“Traté de ser muy honesta con habitar esos cuerpos tan maltratados, golpeados y lo que podían estar sintiendo. Estar preso es también no bajar la guardia nunca, cómo hacer para dormir, qué cosas se van apreciando, que pueden ser desde objetos hasta momentos que en ‘la vida de afuera’ no tienen mucha importancia, pero que dentro de una cárcel se vuelven verdaderos tesoros”, contó a Tiempo Argentino la autora.
Desde sentarse en un inodoro para “poder cagar como Dios manda”, darse una ducha con agua caliente, acostarse en un colchón sin chinches, sentir una frazada que abriga hasta oler otra fragancia que no sea el olor a encierro y humedad. Otra vez los sentidos. Un preso extraña el olor a su madre, otro al óleo de sus pinturas o el sabor de la comida favorita de “El Ruso”: el pastel de papa de la vieja, con aceitunas y sin pasas de uva.
Raquel Robles y el manejo del tiempo
Otro aspecto que atraviesa los seis capítulos es el tiempo. La dificultad de medirlo, de transitarlo porque pareciera que “no corre hacia adelante sino hacia adentro” y la peligrosa puerta que abre esa acumulación de horas y horas a la nostalgia, a los recuerdos o a determinados pensamientos.Como le pasa a “el Nene”, que “se odia por haber permitido que el recuerdo de su madre lo invadiera” porque “tanto le faltaba su mamá que era una presencia brutal”. Al respecto, Robles sostuvo que “si los personajes no se dejan invadir por los recuerdos o las imágenes, porque son muy dolorosos, yo hice el ejercicio contrario de abrazarlos”.
Ante esa falta, esa carencia, la autora repone la contención y la ternura que los compañeros supieron darse como remedio a la soledad y el dolor. Hacia el final del libro, Robles lo sintetiza en una frase: “en esa muerte llena de infierno siempre hubo un paraíso de compañeros”.

Es difícil no trazar un paralelismo con los tiempos que corren de crisis, de un individualismo feroz e indiferencia frente al dolor del otro y, en ese sentido, la autora manifestó haber encontrado una clave en la experiencia de los presos políticos para afrontar este presente. “Ver la cárcel en ese momento tiene una pista de lo que nos podría rescatar en este momento. A ellos los sostuvo el encontrar un sentido colectivo, que necesita de los demás desde un lugar muy concreto, no es ninguna abstracción: necesitás de esos lazos comunitarios porque si no te morís”.
A ello, Robles le suma la noción de trascendencia: “Estamos todos juntos en esta pero no solamente para bancar la parada y sobrevivir a este momento, sino porque queremos algo que aunque parezca imposible, lo producimos, porque podemos imaginarlo todos juntos”, refirió.
Y es en este punto donde vuelve a aparecer el poder de la palabra, en todas sus formas: la palabra de aliento de un preso a otro, el tallar una frase en una piedra para que el que venga después sepa que “el que estuvo antes tenía la esperanza intacta”, el leer una y otra vez la Biblia -que por mucho tiempo fue el único libro permitido en las cárceles- o el narrar a los compañeros con lujo de detalles, escena por escena, una película para lograr pasar la noche
“Realmente creo que la palabra tiene un efecto. Una palabra puede humillarte hasta el fondo o puede salvarte. En esas circunstancias, cuando en los momentos más rígidos de la dictadura estaba prohibido todo tipo de contacto, actividad social o mirada; la creatividad afloró de múltiples formas para poder sostener la comunicación y sostenerse ellos mismos”, reflexionó Robles. Como en el capítulo 4, cuando “el Pájaro” le da una clase a sus compañeros usando un jabón de tiza y una frazada sucia de pizarrón porque “acá todos tienen que enseñar algo”.
En ese enseñarle algo a otro, en ese saber compartido, Robles encuentra un “legado mágico” de la experiencia de aquellos presos políticos. “La cárcel de aquellos años tuvo esa noción de resistencia. La resistencia es no dejar afuera a nadie. También elongar tus posibilidades al máximo y rascar adentro tuyo a ver qué es lo que vos podes aportar”, aseveró. Lo dice también “el Negro”, otro de sus personajes: “Nosotros elegimos, elegimos resistir cuando podríamos elegir entregarnos. Cada cosa que hago acá adentro, es una decisión que me lleva a vencer o a no vencer”.
Para Robles la cárcel “es un laboratorio de lo que una sociedad es capaz de hacer, no es algo que va por fuera, está vinculado a encontrar estrategias de contraofensiva ante ofensivas brutales”.
“La contraofensiva es la organización y no lo digo románticamente sino desde un lugar bien concreto. La cárcel es la expresión del fascismo, hoy estamos viviendo otra expresión del fascismo. La contraofensiva tiene que ver con la humanización, rescatar la ternura, la solidaridad y entender que hay una posibilidad de encontrar algo que te puede hacer sentir bien en la completa diferencia del otro”, concluyó la autora.
La Organización vence al tiempo se encuentra disponible, además, en formato audiolibro en la plataforma Spotify. Es un proyecto sonoro producido por Robles, que pretende llegar a públicos más amplios no sólo desde la lectura sino desde la escucha, dos tipos de experiencias que invitan a meterse de lleno en ese paisaje interior que traza la autora de cada personaje, tan real rapero, sobre todo, tan humano.