Ravier tildó a la Argentina de «país bananero» al referirse al reclamo soberano por Malvinas

En un mensaje en redes que expone las contradicciones del oficialismo, el vocero mileísta condicionó la recuperación de las islas al éxito económico interno y minimizó décadas de lucha en los foros internacionales.

En un exabrupto que vulnera la tradición diplomática nacional, el vocero presidencial, Adrián Ravier, ensayó una controvertida reflexión en la red social X al calificar a la Argentina como un «país bananero» en el marco del reclamo de soberanía sobre las Islas Malvinas. “Siendo un país bananero, nunca vamos a recuperar las Malvinas”, sentenció el funcionario durante la noche del viernes. Según la particular visión del exdiputado, el avance territorial está atado exclusivamente a un modelo de desarrollo material interno, al sostener que «si logramos que la Argentina sea grande nuevamente, próspera y respetada, nuestras posibilidades de avanzar en el reclamo de soberanía serán mucho mayores».

El mensaje del portavoz intentó capitalizar el reciente fervor mundialista al celebrar la bandera con la leyenda “Las Malvinas son argentinas” que el seleccionado nacional desplegó tras la victoria ante Inglaterra. Sin embargo, las palabras de Ravier chocan de frente con la propia línea de su gobierno, dado que la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, se había manifestado previamente a favor de evitar cualquier tipo de expresión política en las tribunas. Esta desinteligencia expone las contradicciones de la administración de Javier Milei, cuya máxima autoridad declaró que admira a Margaret Thatcher y ha llegado a defender la inaceptable «autodeterminación» de los kelpers, un concepto jurídicamente nulo para la población implantada de una colonia.

En su intento por justificar la postura oficial, el funcionario citó a un columnista del diario británico The Guardian, quien recientemente reconoció que el Reino Unido no podrá sostener su dominio sobre el archipiélago para siempre y que la reanudación de las negociaciones resulta inevitable. Ravier se apoyó en este artículo para subrayar que «la única vía es la diplomática, y el respaldo internacional es clave», utilizando el contexto periodístico europeo en un intento de dotar de sustento a una política exterior que, en los hechos, ha evidenciado marcados gestos de complacencia hacia Londres.

Para rematar su argumentación, el vocero presidencial aludió a una declaración de la Organización de los Estados Americanos (OEA), indicando que «hace pocas semanas» el organismo volvió a exhortar a ambas naciones a encontrar una solución pacífica. La liviandad de esta afirmación omite deliberadamente la historia de la política de Estado argentina: la exigencia de una mesa de diálogo bilateral no es un logro de las últimas semanas, sino un mandato internacional ininterrumpido que tiene su pilar en la Resolución 2065 de las Naciones Unidas, aprobada en 1965. Reducir más de sesenta años de sostenida disputa diplomática a una novedad coyuntural evidencia un alarmante desconocimiento sobre los cimientos del reclamo soberano nacional.

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