La figura que gobierna hoy la Argentina exhibe con claridad el concepto del personalismo: encarna un liderazgo identitario, sentencioso y autoritario, que pone en evidencia el modo en que una serie de creencias, presuntos fundamentos y saberes de un grupo son depositados en una sola persona que los condensa y les da existencia. Se configura así un ser colectivo que se sostiene en la ilusión de que ese personaje posee facultades para erigir un “mundo feliz” y que, a través de un utópico mercado autorregulado, nos elevaría por encima de nuestra realidad cotidiana y decepcionante.

Puesto que se trata de un fenómeno intersubjetivo, nuestro punto de vista sobre el personalismo es contrario a la abundancia de referencias, comentarios, interpretaciones y juicios que circulan en la opinión pública sobre el presidente. En cambio, nos concentramos en sus condiciones de posibilidad y no en el personaje. Se trata de un juego del que participan gran parte de los actores del escenario político —incluidos el periodismo, los medios y las redes sociales—, en el cual se repiten imágenes, intervenciones, entrevistas y discursos “como si” se tratara de una persona, en lugar de una encarnación de eslóganes y consignas que se han apoderado de esa misma figura y, por lo tanto, también de quienes la reproducen.

Así, encontramos interpretaciones que oscilan entre su “talento” político y su “ordinariez” o “mediocridad”, cuando, en realidad, ambas caracterizaciones adquieren sentido en el mismo escenario político que lo sostiene.

La clave del fenómeno es la ficción que lo fundamenta. La brecha entre la realidad y su tergiversación no se limita al presente: también puede observarse en el pasado. El gobierno actual retoma una narrativa decadentista ya presente en la dictadura de 1976, la idea de una Argentina extraviada que requeriría una refundación. Esa mirada, sin embargo, no resiste los datos históricos. 

La industrialización argentina, como muchas otras, se inició a partir de guerras o crisis internacionales que impulsaron la sustitución de importaciones. Esto dio lugar a transformaciones en la estructura productiva y a una trayectoria de crecimiento con aumentos de productividad en diversas ramas industriales, que resultaron en crecientes exportaciones industriales, acompañadas por incrementos en la producción agropecuaria. Se había generado así un “régimen industrializador” virtuoso y relativamente autónomo de las circunstancias políticas.

En 1974, la Argentina registraba un PIB per cápita superior al de España (7%) y Portugal (18%), y duplicaba al de Brasil. En abril de 1976, Martínez de Hoz reconoció: “La economía no muestra deficiencias básicas o irreparables […] Argentina no es exactamente un país subdesarrollado”, y, al mes siguiente, Videla señalaba: “en el período 1964-1974, la economía creció ininterrumpidamente a un promedio anual del 4 por ciento”.

La tragedia de 1976-1982 introdujo una bisagra histórica: mientras que entre 1950 y 1974 el PIB creció 2,37 veces, con sólo tres años negativos; en los 45 años transcurridos entre 1974 y 2019 el PIB sólo se duplicó, con 18 registros negativos. Para 2018, los datos comparativos del PIB per cápita de Argentina mostraban un fuerte deterioro: pasó a ser menor que el de España (-41%) y Portugal (-31%). Por lo tanto, la trayectoria regresiva de nuestra economía comienza en 1976 y es resultado de las tres crisis de deuda externa que emergieron de las respectivas políticas neoliberales, que modificaron para siempre el patrón de crecimiento.

Con algunas diferencias, aquella visión y el experimento endeudador de “la tablita” se repitieron durante la convertibilidad y el gobierno de Macri, mientras que el actual recorre un camino similar: la utopía de una convergencia de precios y tasas de interés que unificaría el mercado local y el internacional, de modo tal que sería lo mismo endeudarse en pesos que en dólares.

Todas estas experiencias se sostuvieron en un núcleo de creencias y certezas sin correspondencia con el fenómeno considerado ni con el conocimiento científico. De ese modo, la realidad no deja de estar atravesada por la irrealidad, distinción que exige criterios de validación que exceden la opinión y la creencia.

El personalismo que nos ocupa es un síntoma social y político que, a la vez, recoge y refleja una larga serie de retrocesos, derrotas e imposturas del progresismo, el cual padece su propio personalismo identitario y sectario. Esta dimensión también dificulta el reconocimiento de la realidad, porque expresa voluntarismo económico y desconoce el principal conflicto político del campo popular. Mientras este último supone una construcción lenta, la utopía neoliberal opera con una lógica de destrucción rápida.

Ese problema no es nuevo. Ya se insinuaba en episodios como la crisis de 2008, que marcó una derrota política significativa y abrió un ciclo de fragmentación e internismo en el peronismo. Desde entonces, errores económicos y divisiones electorales no hicieron más que profundizar esa debilidad, dando lugar no solo a una nueva crisis de la deuda externa, sino también a la consolidación de un espacio neoliberal-conservador y a la destructividad que hoy experimentamos.

Además de la economía, la gravedad de la situación se expresa en la fragilidad institucional y en formas de manipulación cada vez más explícitas. Si el gobierno de 1976 fue inconstitucional y el endeudamiento de Cambiemos desatendió los límites institucionales, el actual gobierno avanza abiertamente contra las leyes, con la aceptación pasiva de buena parte de la sociedad y de la dirigencia política.

Frente a este cuadro, resulta llamativo que la representación política y los formadores de opinión no nombren la dimensión cuasi religiosa de estos personalismos y las dificultades que generan para pensar la realidad. Sin ese reconocimiento, no hay posibilidad de construir un nuevo marco de sentido ni de restituir una mirada crítica sobre el presente.  «

* El autor es director del Centro de Investigación y Docencia en Economía para el Desarrollo (CIDED-UNTREF).