Reunión de sumario (ejercicio ilegal del fanta periodismo)
«No nos crean tanto».
(Anónimo de redacción)
Este encuentro de genios del periodismo argentino nunca existió. Por eso la recreación. O, ¿para qué somos periodistas? Pudo haber ocurrido en algún momento, a caballo de las décadas del ’60 y del ’70 (entre 1962 y 1972, por ejemplo) en donde todos los participantes estuvieron profesional e intelectualmente muy activos, influyentes, protagonistas sin discusión e inigualables en lo suyo.
Imaginémoslos sentados alrededor de una larga mesa, para iniciar ese clásico de toda rutina periodística que es la reunión en donde cada día se decide cuál será el contenido de la siguiente edición. Se le llamó “Reunión de blanco”, denominación inobjetable porque bien se sabe que periodismo es lo que se hace en el blanco que dejan los avisos. También a esta ceremonia creativa se la conoció como “Reunión de pauta”, pero ahora pauta es eso que vuelve dependiente y a veces vil al periodismo.
A la hora de decidir quién empezaba, María Esther Gilio, por mujer y por atrevida, fue la primera en hablar y en proponer un nombre:
–Que empiece Jorge Göttling por trayectoria y porque soy seguidora de sus aguafuertes. Así como él leyó completa la obra de Arlt, yo conozco casi de memoria muchos de los textos suyos.
Göttling, a quien muchos llamábamos “El Alemán”, aunque había nacido en Salta y nada de lo porteño le resultaba ajeno, meneó la cabeza anticipando su negativa. Egresado de la escuela de la humildad dijo:
–No, muchachos. No es para tanto. Yo solo soy un atorrante que, a veces, escribe bien.
La Gilio volvió a hablar.
–Dijiste muchachos, Alemán, La muchacha que fui, soy y seguiré siendo se sintió afuera.
Göttling no se corrió de la alusión.
–No te ofendas, pero desde hace mucho que sos una de los nuestros, pero con corpiño.
–Entiendo –respondió María Esther– y gracias por lo del corpiño, porque todavía uso. Entonces, si no hay oposición sugiero que empiece Timerman. ¿Votamos?
–Tampoco nos volvamos exquisitos –pidió Hugo Gambini–.

Que empiece Jacobo, después de todo nos dirigió a casi todos. Hoy es como cualquiera de nosotros, pero cuando era el capo de Primera Plana no lo caracterizaba la dulzura. –Sonrió Gambini como para decir que no se trataba de un extemporáneo pase de facturas. Pero se animó y contó esta historia.
–Trabajaba en la revista, pero por obligaciones familiares acepté hacer un medio tiempo en Crónica, que recién había salido. Una vez había metido una pata menor, me llama Timerman y me puso, como decía mi viejo, entre la espalda y la pared. “Mire, Gambini. En el diario trate de escribir para los lectores de Crónica. Pero acá no se olvide escribir para los lectores de esta revista. Si no, ¿sabe lo que le va a pasar?: lo van a terminar echando de los dos lados. O, de uno, seguro. Y ahora, puede retirarse”.
–¿Y te retiraste?
–Lo más rápido que pude.
No escondió el bulto Timerman: –Sinceramente, no lo recuerdo. Pero se ve que lo que le dije no lo paralizó. ¿Y sabe por qué Gambini?: porque usted tenía la suficiente sensibilidad popular como para titular estilo Crónica y también el conocimiento necesario para encarar en profundidad una nota política. Por si no lo sabía o tal vez nunca se lo dije, valoré mucho su historia del peronismo. Era todavía un momento muy bravo para audacias y desafíos como ese. Bueno, Gambini, ¿está conforme? Si seguimos hablando de usted no vamos a empezar nunca.
–De acuerdo. Lo escuchamos.
Timerman comenzó tirando un título inquietante: –Me parece que nosotros, los periodistas estamos cada vez más distanciados de la cultura. Me refiero al nivel cultural que debe tener un periodista ocupado en cualquier sección, un editor, un jefe y en especial el director. Claro que es importante escribir bien. Pero aun teniendo facilidad, recursos, vocación, amor por el idioma, hay otras riquezas culturales para acumular. Más allá de la tendencia natural, pregúntense por qué un aburrido hombre de negocios como era Henry James deja todo y se convierte en uno de los más grandes escritores de este siglo. O por qué un empleadito, tímido, acomplejado, como Franz Kafka completa la obra que hace. Ahí llego a la conclusión inicial: todo periodista debe leer, al menos, dos libros por semana. Esto no se reemplaza ni con el cine, ni con la música. Y cuidado, porque no quiero que inmediatamente me respondan cuántos libros leen por mes.
–Disculpe la interrupción –intervino Gambini–. Si hablamos de gente culta no nos vayamos tan lejos, a Kafka y al otro que mencionó que ya lo olvidé. Está en la mesa Ernesto Schoo. Recuerdo perfectamente cuando en Primera Plana cualquiera de nosotros necesitaba verificar algún nombre o títulos y un libro recurríamos a su erudición. Debajo del vidrio de su escritorio veías imágenes de Beckett, Béla Bartók o El Greco. En el mío, como mucho, encontrabas fotitos de Horacio Salgán, Francisco Fiorentino o el equipo de Vélez.
Fue el propio Schoo que le respondió:
–Gracias por lo que decís, Hugo. Tengo que reconocer que esa formación, que a vos te asombraba, tiene que ver con una educación familiar temprana. Y hoy envidio la selección de tu escritorio. Me llevó tiempo para entenderlo, pero pienso que solo cultura vivida es cultura asimilada. Y de paso también le respondo a Jacobo. Puedo haber sido un lector compulsivo de dos o más libros por semana.
Pero así pelado como me ven, yo sentí que algo que me sacudió las mechas que nunca tuve, fue escuchar a Nacha Guevara cantar por primera vez mi tema sobre la censura, Anastasia querida. Muchos que me conocían desde siempre decían, “¿Qué le pasó a Ernesto?
¿Qué hace escribiendo canciones de protesta, se volvió popular?” Si quieren después se los cuento.
–Como dicen últimamente los jóvenes, seguramente lo escucharon, no estaría siendo necesario –se atajó Timerman–; lo que quise decir es que se escucha cada vez más a los estudiantes de periodismo decir que no necesitan ejercitar la escritura porque se quieren dedicar a la radio o a la televisión. Siempre que puedo les advierto: el que escribe bien, piensa bien. Se necesita saber escribir para resolver una investigación de 500 líneas o para sintetizar en tres líneas un último momento de un noticiero de radio. Nunca me cansaré de recomendarles que aprendan a escribir, y también a escuchar a los demás porque es otra manera de crecer. Y quien seguro debe tener mucho para decir sobre la capacidad de escucha es María Esther.
–Gracias, Jacobo. Es cierto. Si algo aprendí es a escuchar. Y ahora los estoy escuchando a ustedes. Están demasiado discretos. Una de mis frases predilectas es que me especialicé en entrevistas para disimular lo mal que escribía. Me viene a la cabeza uno de mis libros, que, si no es el preferido de tantos que hice, por ahí anda. Se llamaba Cuando los que escuchan hablan, sobre los psicoanalistas y el psicoanálisis. Si esto continúa de esta manera en un rato me pongo a escribir mi nuevo libro que se titulará Cuando los que preguntan responden.
–Pido ser el editor de ese libro –saltó Eduardo Galeano–. Sabés lo que te admiro, pero volviendo a lo que planteaba Timerman, comparto su idea de que el periodismo está en crisis y eso también ha lesionado a la cultura. A lo largo de la historia el periodismo ha sido gestor de enormes equívocos, consentidos por el uso reiterado y aprobados por la pereza que tantas veces nos caracteriza. ¿Sabían que Sherlock Holmes jamás dijo “Elemental, Watson”? Atrévanse a dudar del Quijote pronunciando su frase de cabecera “Ladran Sancho, señal que cabalgamos” y acertarán.
Quien en la década del 70 fuera el director de la memorable revista cultural Crisis también se consideró víctima de algunas confusiones admitidas desde los medios. “Algunos textos míos que circulan con mi firma en Internet no los escribí yo”, apuntó.
Melancólico, inteligente, sincero, Göttling se dirigió a la zona uruguaya de la mesa.
–Quiero decirles a María Esther y a Eduardo que les envidio que hayan estado en publicaciones como Marcha o Brecha.
–La envidia es nuestra –dijo Gilio casi en tono de disculpa–; mirá quién habla. Sos el cronista emérito del tango, ganaste el premio Don Quijote. Cualquiera de nosotros hubiera querido escribir lo que vos dejaste para siempre. Y por si lo olvidaste te refresco una definición extraordinaria. “El tango es un cuento de tres minutos de duración, que tiene comienzo, argumento, personajes, definición y final”. Una maravilla: si hasta me parece escuchar el chan chan.
Sonrojado, Göttling agradeció:
–Sé mucho de tango, pero nunca lo bailé bien. Si no ya te hubiera invitado al medio de la pista.
Gilio devolvió la atención:
–Entrevisté a centenares, o sea que tuve muchas vidas en mis manos. Me faltó la tuya y es una lástima.
Pidió la palabra Osiris Troiani para instalar un antiguo dilema que todavía hoy tiene dimensión de polémica no resuelta, o mal resuelta. ¿Periodista escritor? o ¿escritor periodista?
–En los años 30 las redacciones estaban colmadas de poetas y escritores. Eran tipos y tipas a las que el acontecer diario les importaba poco o nada. Eran perezosos a la hora de salir a la calle. Éramos los más jóvenes los que teníamos que cubrirlos, pero ¡cuánto valía poder escucharlos! Cada vez que, en el restaurante cercano a La Nación lo que hablaba Alberto Gerchunoff era una disertación y uno aprendía castellano sin darse cuenta.
“No tenemos que olvidar a nuestros maestros”, dijo Schoo, quien en distintas etapas de su trabajo en La Nación se sintió tributario de las enseñanzas recibidas de Manuel Mujica Lainez, Augusto Mario Delfino, Luis Mario Lozzia y Juan Valmaggia. Y de Constantino del Esla que lo recibió en su primer día en el diario con una sentencia que nunca olvidó. Afable, me advirtió: “Ante todo, jovencito, debe usted saber que esta profesión tiene gran afinidad con el corte y confección. Tenga en cuenta que la síntesis siempre será bienvenida y cuanto más ajuste sus textos más se lo agradecerá el diagramador”.
Timerman acicateó a los que no habían hablado:
–¿Quién puede olvidarse de tu revista? Tía Vicenta le sacó sonrisas a media Argentina. Todos queríamos tus dibujos políticos en nuestras revistas.
Juan Carlos Colombres, Landrú, agradeció el convite: –Hay algo que a todos nosotros nos tocó y nos marcó. Hacer periodismo en los tiempos de los fragotes militares a repetición fue muy difícil y muy peligroso. Pero lo mejor es que encontramos la manera de meternos. Me acuerdo de cómo los militares, y también algunos amigos personales, se enojaron con un chiste. Había una larga cola de uniformados y el último preguntaba: “Perdón, ¿esta es la cola de hacer revoluciones?”. O con una frase que estaba ingeniosa:
“El cuadrado de un general es igual a la suma de los cuadrados de dos coroneles”. Vinieron a la carga enseguida preguntando: “¿Qué quiere decir Landrú? ¿Qué todos nosotros somos cuadrados?”. Onganía fue el que nos clausuró, pero también Frondizi se enfurecía cada vez que veía su caricatura con una nariz larga. Nada gratifica más al humorista que la bendición de la risa ajena. Así recibió la sonrisa aprobatoria de la mesa. Horacio de Dios, autor de notables investigaciones policiales en el diario El Mundo, señaló a su turno que luego de lo escuchado no tenía mucho para agregar.
Pero, ya se sabe cómo son los periodistas, que guardan siempre una sorpresa:
–Me interesó mucho conocer a María Esther. A ella, que hizo de la escucha una herramienta imprescindible de su trabajo. Alguna vez uno de mis maestros en la crónica roja, que además era policía, me dijo lo siguiente: “Los muertos hablan e informan a los que saben escuchar”. La verdad, gracias a todos los que nos enseñaron a escuchar más. Y mejor. Y también me quedé con algo que dijo Galeano sobre el periodismo promotor de falsedades. Siempre que seguía casos policiales –y hubo varios resonantes– nunca faltaba la pregunta: “¿Esto es verdad?” Y mi respuesta era siempre. “Mirá, mucho de lo que aparece en mis notas no se puede probar, pero mucha gente, empezando por los circunstanciales protagonistas, los policías y, especialmente, yo mismo sabemos que todo era cierto”.
La reunión de trabajo llegaba a su fin. Timerman había tomado apuntes de todo. Cada uno tiene que volver a lo suyo:
–De modo que les dejo un encargo para la próxima vez que nos encontremos. Es la idea de un trabajo que me parece interesante.
Describir al actual gobierno nacional a la manera de cómo lo harían (William) Faulkner, (Domingo Faustino) Sarmiento, (Roberto) Arlt, (Gabriel) García Márquez o (William) Shakespeare. El que se anime a entrarle a la poesía podrá elegir identificarse con José Hernández.
Es probable que con este método que se me acaba de ocurrir nos demos cuenta de que sobre esto que nos pasa no se escribió nada todavía. Esto es lo que el periodismo puede recibir de la literatura. Todos asintieron y se fueron pensando en cuál sería su elección. Troiani selló el encuentro con una reflexión que fue escuchada como inquietante, certera y actual:
–Inevitablemente tenemos que pensar en la figura presidencial. En algunos momentos de nuestra historia el nuestro fue un país gobernado por periodistas. Pensemos en Moreno, Dorrego, Mitre, Sarmiento. No sé si alguno de ellos podría desarrollar su tarea en la prensa actual. Seguramente, por encima de cualquiera de ellos habría un jefe de publicidad que les ordenaría qué temas convendría evitar.
Alguien agregó:
–O un jefe de finanzas, que, con ínfulas de patrón de estancia, se sentaría encima de la pauta publicitaria, claro, la privada y la pública, también. O un vocero, con la singular capacidad de volver dudoso los cierto, y viceversa. «

El autor: Carlos Ulanovsky
Porteño, nació el 23 de octubre de 1943. Hasta ahora Carlos Ulanovsky publicó 27 libros y trabajó en decenas de redacciones, radios y tv. Periodista, docente, crítico e historiador argentino. Pero antes que todo eso, hincha de Racing (hasta fue la vos del estadio). Además, es columnista y socio honorario de Tiempo. Y se presenta así: «Soy un orgulloso colaborador de Tiempo Argentino desde el año 2017. Antes trabajé en otros medios independientes, pero es la primera vez que integro un colectivo en autogestión».