Cuando Jeff y Steven McDonald empezaron a tocar en Hawthorne, a fines de los años setenta, el mapa del punk de Los Ángeles todavía era una zona en formación. Black Flag estaba definiendo una ética de intensidad y velocidad, y alrededor de ese núcleo se organizaba una idea bastante rígida de lo que debía ser una banda: urgencia, abrasión, rechazo del artificio. Redd Kross apareció dentro de ese ecosistema, pero desde el comienzo funcionó como una desviación.

La primera anomalía no fue sonora sino conceptual. Mientras el hardcore tendía a reducir el lenguaje del rock hasta volverlo casi un gesto físico, los McDonald introducían una memoria distinta: la del pop de los sesenta, el glam, la psicodelia televisiva, las melodías que el punk había declarado sospechosas. No era una síntesis ni una conciliación. Era, más bien, una superposición que nunca terminaba de estabilizarse.

Esa lógica atraviesa toda la historia del grupo y ayuda a entender por qué su llegada a Buenos Aires, el 24 de junio en Uniclub, no se presenta como un gesto de nostalgia sino como la continuidad de un proyecto que siempre se movió en tensión con sus propias coordenadas iniciales.

Redd Kross nunca dejó de cambiar de forma. Pasaron del entorno más áspero del punk de fines de los setenta a un universo donde el power pop, el glam rock y ciertas formas de psicodelia liviana empezaron a ocupar un lugar central. Esa transición no implicó una ruptura, sino una ampliación del campo de posibilidades. En lugar de abandonar el punk, lo usaron como punto de partida para otra cosa.

En esa expansión hay algo que los distingue dentro del rock alternativo norteamericano: la negativa a convertir la influencia en doctrina. Si muchas bandas de su generación terminaron fijando un sonido reconocible, Redd Kross eligió una inestabilidad permanente. La melodía convive con la distorsión sin jerarquías claras; el humor aparece como un principio estructural y no como un adorno; y la referencia nunca funciona como cita, sino como materia en transformación.

Redd Kross en la Argentina: el singular recorrido de la banda que tocaba con Black Flag y eligió el camino del power pop psicodélico

La formación actual mantiene ese núcleo original en Jeff y Steven McDonald, con la incorporación de Jason Shapiro en guitarra y Dale Crover en batería, músico asociado históricamente a Melvins, lo que introduce otra capa de densidad rítmica en un repertorio que nunca se sostuvo en la economía del gesto, sino en su acumulación. El resultado en vivo, según se desprende de su actividad reciente en escenarios internacionales, tiende a enfatizar esa condición híbrida: canciones de distintas épocas que no buscan ordenarse cronológicamente sino convivir como si pertenecieran al mismo presente.

El momento que atraviesa la banda no es menor. En los últimos años, Redd Kross volvió a ser objeto de atención crítica a partir del documental Born Innocent: The Redd Kross Story y de un álbum reciente que recupera el título homónimo del grupo. Lejos de funcionar como una recapitulación, ese disco fue leído en la prensa especializada como una reafirmación de su método: composición directa, melodía expuesta y una claridad que no depende de la simplificación sino de la decisión de no ocultar sus materiales. En ese sentido, la incorporación de Josh Klinghoffer en la producción refuerza una línea de trabajo que evita la nostalgia como argumento.

Pero lo que interesa en términos estrictamente musicales no es tanto la acumulación de hitos como la persistencia de un problema: cómo articular una idea de canción popular que no renuncie ni a la energía del punk ni a la tradición melódica del pop. Redd Kross nunca resolvió ese problema porque, en cierto modo, su identidad depende de que siga abierto.

El concierto en Buenos Aires puede leerse entonces como una instancia más dentro de esa continuidad. Un repertorio que abarca más de cuatro décadas, atravesado por reescrituras constantes, donde las canciones no funcionan como piezas cerradas sino como estructuras disponibles para ser reactivadas en otro contexto. La presencia de Dale Crover probablemente acentúe ese aspecto, aportando una lectura más física del ritmo, menos vinculada a la estilización del power pop y más cercana a una idea de peso y desplazamiento.

En un recorrido de estas características, lo que se sostiene no es una evolución lineal sino una forma de pensar la música como campo de tensiones. Redd Kross nunca buscó un centro estable. Más bien trabajó sobre la inestabilidad misma como condición productiva.

Redd Kroos en la Argentina

Miércoles 24 de junio de 2026 a las 21 en Uniclub, Guardia Vieja 3360 (CABA).