Hay decisiones que no caben en el lenguaje técnico con el que se las intenta domesticar. Se votan como reformas, se anuncian como modernizaciones, se celebran como soluciones urgentes. Se nos dice que el futuro es ágil, que la ley debe ser líquida, que el algoritmo no espera. Pero en su núcleo más profundo laten como otra cosa: como un desplazamiento silencioso del pacto social que alguna vez comprendió que el trabajo no era una mercancía más, sino el modo en que una persona organiza su vida, su tiempo, su esperanza y su descanso.

La reciente aprobación de la reforma laboral no es apenas un episodio legislativo. Es un movimiento cultural. Es el intento de persuadir a una sociedad exhausta de que la protección es un estorbo y que la fragilidad puede convertirse en virtud. Se instala la idea de que abaratar el despido genera empleo, que diluir sanciones al trabajo no registrado estimula la formalidad, que debilitar la fuerza colectiva amplía libertades. Y, sin embargo, debajo de esa retórica eficiente y prolija, lo que se expande es otra cosa: una intemperie que empieza a filtrarse en la vida cotidiana.

Es el silencio frente al café frío antes de salir a trabajar, calculando si el cuerpo aguantará un dolor que ya no se puede denunciar. Es la renuncia a la sobremesa porque el tiempo propio dejó de ser tiempo y se transformó en disponibilidad permanente. Es la sensación íntima de que el contrato ya no protege: condiciona. Cuando el ejercicio de un derecho puede implicar la pérdida del sustento, la libertad deja de ser promesa y se convierte en amenaza velada.

El trabajador que vive bajo esa sombra no es más libre. Es más vulnerable. Y la vulnerabilidad no es una categoría neutra en nuestro constitucionalismo: es precisamente el punto de partida que justificó un modelo protectorio. El sistema tuitivo no nació de un exceso paternalista, sino del reconocimiento realista de que la igualdad formal es una ficción cuando las condiciones materiales son profundamente desiguales.

Una reforma laboral a contrapelo de la Constitución

No es ingenuidad recordar que el artículo 14 bis no fue una concesión elegante del poder. Fue la cristalización del sudor, de las huelgas, de la memoria de quienes entendieron que el hambre no puede ser el motor de la productividad. Fue la conciencia histórica de que sin límites al mercado el cuerpo del trabajador se convierte en variable de ajuste. Lo que hoy se presenta como actualización reordena ese equilibrio: desplaza el centro desde la dignidad hacia la rentabilidad, desde la estabilidad hacia la contingencia, desde la protección hacia la autogestión individual del riesgo. Y cuando el riesgo se individualiza, la comunidad se fragmenta.

Muchos celebran. Es humano aferrarse a la promesa de que esta vez será distinto, de que el sacrificio traerá alivio. Pero la experiencia enseña que cuando los derechos sociales se narran como privilegios y la tutela como obstáculo, lo que se normaliza es la precariedad. No de un sector aislado, sino del tejido entero. Porque cuando se tira del hilo de la protección ajena, tarde o temprano, el frío nos alcanza a todos. La red que hoy se debilita para otros mañana puede faltar para uno mismo.

Las consecuencias no serán estadísticas abstractas. Se escribirán en biografías. En quien posterga decisiones vitales por temor a la inestabilidad. En quien acepta condiciones que sabe injustas porque necesita sobrevivir. En quien calla frente a un abuso porque no puede arriesgar el sustento. Se escribirán en silencios. Y los silencios, en materia laboral, siempre han sido el síntoma más elocuente de la desigualdad.

Que ninguna reforma convierta en normal lo que nunca debió ser aceptable
Foto: Soledad Quiroga

Desde una mirada constitucional profunda, el principio de progresividad no es una consigna emotiva: es un límite jurídico. Los derechos sociales no son laboratorio de ensayo. No pueden retroceder sin una justificación estricta. Cuando el retroceso se presenta como modernidad inevitable, el debate no puede agotarse en la aritmética parlamentaria. Hay algo que excede el número: la sustancia misma del Estado social, la razón por la cual decidimos organizarnos como comunidad política y no como competencia permanente.

Y sin embargo, incluso en este tiempo áspero, no todo es oscuridad. La historia constitucional no es lineal ni ingenua. Está hecha de avances y reconstrucciones. Ninguna ley puede clausurar la potencia de una sociedad que sabe -en lo más íntimo- que la dignidad no se negocia. El Derecho no se agota en la letra sancionada; también vive en la interpretación que resiste, en la organización que interpela, en la palabra que nombra lo que otros quieren volver invisible.

Que este momento no nos arrastre al cinismo. Que la tristeza no se transforme en indiferencia. Que la celebración circunstancial de algunos no nos haga olvidar que los derechos laborales fueron, son y serán el dique que contiene la desigualdad estructural. Cuando ese dique se fisura, no solo se inunda el presente: se compromete el futuro. Y la reconstrucción no vendrá de los mismos despachos que trazaron la grieta. Vendrá de la insistencia obstinada en recordar que el Derecho no es una suma de favores ni una concesión graciosa, sino la arquitectura común de nuestra dignidad.

Porque cuando la ley -esa herramienta que debería ser refugio de quienes menos tienen- parece arrodillarse ante la lógica del más fuerte, entonces es la ciudadanía entera la que debe ponerse de pie. Y ponerse de pie, en este tiempo, es seguir defendiendo que el trabajo es vida organizada con dignidad. 

Es insistir en que la justicia social no es un anacronismo sino una exigencia constitucional irreductible. 

Es seguir luchando -con memoria, con coraje y con responsabilidad histórica- para que ninguna reforma convierta en normal lo que nunca debió ser aceptable.