Suelto de cuerpo, como quien dice «agua va», el ministro de Salud de la Nación, Mario Lugones, largó un «tal como lo conocen ahora, en dos meses el programa Remediar no existirá más«. Con esa breve frase –expresada el pasado 30 de marzo ante sus pares de todas las provincias reunidos en Buenos Aires en el Consejo Federal de Salud–, puso la lápida sobre una de las políticas sanitarias más efectivas y eficientes, que durante más de dos décadas garantizó la entrega de medicamentos esenciales de manera gratuita, a aquellas personas sin ningún tipo de cobertura social.
El plan Remediar fue creado en 2002 bajo la presidencia de emergencia de Eduardo Duhalde y con Ginés González García al frente de la cartera sanitaria, el acceso de los argentinos a medicamentos esenciales se había derrumbado de manera dramática, incrementando la carga de enfermedad en patologías prevenibles.
El brutal aumento de la pobreza a la salida forzada de la convertibilidad y la caída de los puestos laborales formales empujaron a la marginalidad a millones de personas, cuya prioridad era comprar comida antes que remedios en las farmacias. Y el ministro Ginés sabía que proveer medicamentos desde el Estado era poner plata en el bolsillo de los argentinos.
«Previo a la existencia del Remediar, la gente iba a la salita barrial con un problema de salud y se iba con una receta y una frustración porque sabía que no iba a poder comprar el medicamento que el médico le había prescripto«, reflexionaba Ginés, impulsor de la iniciativa y discípulo de Ramón Carrillo. El ministro de Salud de tres Presidentes diferentes fue quien mejor comprendió la naturaleza social de la mayoría de las patologías que afectan a los argentinos.
A partir de su funcionamiento, la logística del Remediar fue complejizándose de manera creciente, no sólo por la necesidad de llegar a todos los Centros de Atención Primaria de la Salud (CAPS) esparcidos por los cuatro puntos cardinales, sino por la incorporación de nuevos fármacos en el botiquín enviado con regularidad, acorde a la planificación consensuada con la autoridad provincial según la incidencia de las patologías prevalentes en cada región geográfica. No hubo un botiquín Remediar estándar, sino que era confeccionado, con criterio epidemiológico y científico, de acuerdo a las necesidades de cada uno de sus destinatarios.
Como puerta de acceso al sistema de salud, los CAPS florecieron en todas las provincias, se equiparon, se nutrieron de profesionales, ampliaron sus horarios de atención, funcionaron como verdaderos centros de promoción y prevención, que como es sabido, siempre es más económico para el sistema y le hace ganar calidad de vida a las personas.
El Remediar fue el motor de esa transformación. Llegaron a ser más de 8.000 en todo el país, cubriendo las necesidades de más de 20 millones de compatriotas. La entrega simbólica del botiquín 500 mil, el un millón, el un millón quinientos mil y así sucesivamente, fueron verdaderas fiestas populares en las que los beneficiarios directos del programa celebraban en comunidad y en el propio territorio el éxito de una política sanitaria de inclusión social. Los vecinos aman al Remediar porque con él tuvieron respuesta inmediata a su problema, y también lo aman los integrantes de cada equipo de salud barrial, de Ushuaia a La Quiaca.
Pueblo y trabajadores mancomunados en el cariño y apego a programas como el de salud reproductiva, la ampliación constante del calendario nacional de vacunación, la promoción de la actividad física como pasaporte a la vida saludable, las políticas antitabaco, el compromiso comunitario para prevenir enfermedades endémicas como el Mal de Chagas o la presencia acechante del dengue: cada una de las acciones sanitarias eran defendidas por el equipo de salud y aprehendidas por la comunidad en el terreno, con el CAPS como base para su ejecución.

El vaciamiento del plan Remediar
Frente al estupor de ministros de Salud de provincias cuyos Gobernadores mayoritariamente tributan políticamente a la administración libertaria, Lugones puso abrupto fin a una exitosa experiencia, al decir que de los 79 medicamentos que hoy conforman cada botiquín del Remediar, sólo sobrevivirán 3; justamente, los que el ministerio de Salud nacional está obligado por ley a suministrar; básicamente, los relacionados a la salud reproductiva.
Algunos ministros, exhumando la flaca dignidad que conservan pese a tener que lidiar a diario con la deserción sanitaria del Estado nacional, esbozaron una queja frente el mismo ministro recortador: «Justo ahora antes del invierno nos van a dejar de mandar antibióticos?».
Algún otro recordó la deuda millonaria acumulada durante un año por la no transferencia a las jurisdicciones de los fondos correspondientes al programa SUMAR. Y claro, no faltó la queja ante las vacunas que no llegan en tiempo y forma y cuya provisión debe garantizar la cartera sanitaria nacional.
No puede obviarse que ya durante la gestión de Mauricio Macri el Remediar había sufrido el impacto de la desfinanciación. Para blindarlo ante ataques similares, en 2022 el entonces senador nacional Pablo Yedlin impulsó una ley para darle carácter de ley, la que contó con media sanción en el Cámara Alta pero luego perdió estado parlamentario en Diputados.
Por orden alfabético, y sólo por mencionar algunos, el botiquín tradicional incluía medicamentos como analgésicos, antiácidos, antianémicos, antiasmáticos, antibióticos, anticonvulsivos, antihistamínicos, antiinflamatorios, broncodilatadores, medicamentos para enfermedades cardiovasculares, psiquiátricas y ginecológicas, corticoides, hipoglucemiantes, etc. Remedios que de ahora en más las personas que los necesiten deberán adquirir en farmacias. ¿Lo conseguirán?
Siempre se sostuvo que la calidad democrática e institucional mejora cuando se sostiene lo bueno hecho por otras administraciones. Por eso, no sorprende la decisión oficial de cancelar el Remediar por parte del «topo que vino a destruir el Estado desde adentro» del mismo. Con el PAMI cancelando prestaciones, sin vacunas del calendario oficial, desfinanciando o subejecutando programas sanitarios nacionales, burlándose de los discapacitados y retirados de la Organización Mundial de la Salud, las sombras de la enfermedad se ciernen sobre argentinos y argentinas.
En los albores de la democracia, cuando alguien se desvanecía frente a los palcos en los que daba sus discursos, un Presidente popular solía exclamar «un médico a la derecha, por favor». Aunque ya no vive entre nosotros, parece por fin haberlo encontrado.

* Licenciado en Comunicación Social (UNLP)