Argentina tuvo dos muy claras, pero no alcanzó. El fútbol es ese deporte increíble en el que luego de sufrir 20 remates del rival (once al arco), los de Scaloni casi se encuentran con el boleto a los penales empujando un poco y pisando el área de Unai Simón por primera vez en más de 120 minutos. Siempre es complicado medir, analizar y comprender el impacto real de los eventos deportivos del presente. Recordamos la mística del Mundial 2010 en Sudáfrica, las sensaciones de Brasil 2014, lo frío de Rusia 2018 y el fervor de diciembre de 2022, cuando Argentina sumó su tercera estrella en Qatar.

¿Qué recordaremos de esta Copa del Mundo? ¿Cuál será el discurso de los años posteriores?

Argentina fue ampliamente superada en el juego. Veinte remates contra tres, once al arco contra cero. Posesión de 65% contra 35% y por sobre todas las cosas, una desventaja emocional imposible de describir con números. La potencia psicológico-emocional sobre la que ocurrió en las semifinales ante Inglaterra se vio aplastada sin ningún tipo de oscilación. La emergencia fue el único momento de reacción, los diez minutos finales.

Con el primer paso listo, la aceptación de la derrota y de un campeón sumamente justo, se abren las mil ventanas del «perder»: teorías conspirativas, incógnitas sobre propios y ajenos, revisión del poder, dudas sobre legitimidades, merecimientos e intenciones. De este lado, la duda de siempre. Sumergirse en el oscuro mundo de la corrupción, ¿es un deber o simplemente resulta una vía para correr el foco del dolor?

Resaca mundialista: del juego a la geopolítica
Foto: Xinhua

Un fantástico audio de WhatsApp, de un amigo llamado LC, resumió de manera magistral el escenario social y comunicativo en torno a la Final del Mundo: poder, plurinacionalidad, orquestamiento global, neocapitalismo, medios de comunicación, poder de nuevo y la hegemonía del norte dominante.

Cerrarse a todos esos tópicos es un modo de aceptar la derrota y las injusticias (como elementos separados) bastante impropia en nuestro modo de ser, vivir y pensar. Sin embargo, a veces lo mejor es respetar al rival que ganó en regla, dejar pasar el tiempo, investigar, hablar con fundamentos y pensar el fútbol más allá del juego. Porque sí, siempre es más que un partido de fútbol.

Fue el primer Mundial con 48 selecciones, quizás también el último. Para el 2030 se esperan más de 60 equipos y más de tres sedes. Argentina debe diagramar una reconstrucción equilibrando el plantel entre los de siempre y los que llegan.

En el marco general, Alemania concreta la llegada de Jürgen Klopp y da un golpe sobre la mesa. Portugal anuncia a uno de la casa, Jorge Jesús, que tendrá el gran desafío de sacarle todo el juego a la generación post Cristiano Ronaldo. En Francia, Zidane toma las riendas después de catorce años de Deschamps. Tendrá que probar su valía como entrenador más allá del ecosistema Real Madrid, en el que no dejó ninguna duda.

Argentina buscará reconstruirse con o sin Scaloni, con o sin Messi. Algunos hablan de Simeone, otros de Aimar. Son varios los que no ven camino posible sin el técnico campeón en 2022 al mando del equipo. Uruguay y Ecuador obligados a cambiar. Forlán toma la Celeste con un experimento que puede ser maravilloso o catastrófico. El propio Bielsa suena en Ecuador para un proyecto que parece bastante lógico y tentador.

Volviendo a Europa, muchas selecciones buscarán refundación luego de fracasos contundentes. Italia, Turquía, Escocia, República Checa; la Eurocopa de 2028 será el escenario de prueba en vistas al 2030. Los asiáticos seguirán mejorando (pacientes) y en África tendrán que potenciar el gen competitivo, lo demás está.

El negocio instaurado. Los arbitrajes, discutidos con y sin automatización. El juego de posición acabado para aquellos que no lo saben aggiornar. Los bloques bajos, moneda corriente. Nadie sale intacto de un Mundial. Ningún entrenador, futbolista, hincha ni gobierno. En septiembre hay fecha FIFA. Mientras tanto, disfruten del fútbol local, que bastante nos apasiona como para dejarlo pasar. «