De un ultimátum nació “Ropa prestada”, el primer libro del periodista y docente cordobés Waldo Cebrero (San Carlos Minas, 1983). Corría 2022 cuando su pareja, embarazada, lo intimó a deshacerse de un objeto incómodo: el uniforme de Raúl Telleldin, comisario inspector que regenteó el centro clandestino de detención, tortura y exterminio que funcionó en el Departamento de Informaciones 2 de la policía cordobesa entre 1975 y 1977. Cuando se produjo esa intimación marital, Cebrero llevaba más de siete años con el uniforme a cuestas; se lo había regalado el abogado Carlos Telleldín, hijo del represor y de notoriedad en el caso AMIA, y no se decidía acerca de qué hacer con él. Aún ajado, el uniforme “quemaba”, y esa indecisión sobre su destino era la prueba de cuán atrás había quedado su proyecto de libro biográfico sobre el ex mandamás de la D2. Libro que Cebrero había prometido a una editorial porteña y del que, confesaría en Ropa prestada, “no escribí ni una línea”.

Como el miedo no es zonzo, ese altercado doméstico lo impulsó a escribir una obra que es tributaria de aquel primer intento, que de algún modo exorciza el pasado propio y ajeno y que configura una “novela de no ficción” enrolada en lo que se conoce como literatura del yo y disruptiva. Alrededor de ese traje setentoso envuelto en una bolsa de nylon transparente Cebrero hilvana la historia de Telledín, relata la egolatría de su hijo Carlos, cuenta su infancia en el monte y su adolescencia en la ciudad; la “familiaridad familiar” con los uniformes policiales y el caso Albareda, que fue noticia nacional. También se desnuda, y es así como, con nombre propio, aparecen y desaparecen en la obra su pareja Sofía, su hijo Vicente y Helena, la niña que es esperada con tanto amor como turbulencias por la bolsa transparente que pugna por salir del placard. Mudanzas, despidos y separaciones tampoco faltan; la vida misma de este hijo y nieto de policías comprometido con los Derechos Humanos que admite ajenidad con el periodismo para encarar una narrativa novedosa, que cuenta la dictadura desde un ángulo poco visitado.

Desfilan en la obra nombres conocidos en el “mundo lesa” cordobés: Menéndez, los Tucanes Yanicellis, la Cuca Antón, Primatesta, el Gato y Charlie Moore, ese controvertido ex militante del PRT que se pasó al enemigo pero que también fue testigo clave en algunos de los juicios por delitos de lesa humanidad. “Ropa prestada” se llamaba al uniforme que los policías recibían al entrar en actividad, ropa prestada es también la herencia y los trajes que a lo largo de la vida no queremos o no nos sabemos poner.

"Ropa prestada", un libro sobre la dictadura y los trajes que no nos queremos poner
Foto: Sebastian Salguero

-¿Cómo fue la génesis de este, tu primer libro?

-La génesis de este libro fue la frustración del anterior, cuyo proyecto original era una biografía de Raúl Telleldin. Casi todo el trabajo de investigación periodística se hizo pensando en este libro; hablé con muchos represores, junté mucha información que no está en este libro, y entre otras fuentes hablé con Carlos Telleldin, que es quien me dio el uniforme. Empecé en 2015 y todo el proceso de trabajo del libro estuvo atravesado por el contexto del país; yo vivía en Buenos Aires y cuando asumió Macri me echaron de varios trabajos, me separé de la madre de mi hijo y todas esas cosas, que a la vista no son narrativas o literarias, fueron provocando un cambio silencioso de proyecto, porque me iba llevando el traje a todos lados, me iba tapando de trabajo, iba dejando de lado el proyecto original, me iba corriendo del periodismo pero el traje quedaba ahí. Entonces este otro proyecto surgió como una mirada nueva, novedosa para mí, del mismo proyecto, pero con una mirada introspectiva que tiene que ver con verme como policía y como una persona que toda la vida cargó con uniformes familiares.

¿Y cuándo y cómo se produjo el click?

-El embarazo de mi pareja, Sofía, y el mandato concreto de que eso no tenía que estar en casa cuando naciera la niña. Antes de sentarme a escribir lo primero que intenté fue un acto performático que era quemar el uniforme con Fernando Albareda en la Casa de Hidráulica, donde mataron a su padre, pero la Casa de Hidráulica estaba tomada en ese momento y eso demoró el fuego. Con esa presión me senté a escribir y salió el capítulo 2 del libro, que duraba hasta el capítulo 8 y me gustó el tono, poder ir contando Telleldin asumiendo que no sé todo y tapando ese bache de verdades periodísticas, con verdades subjetivas. Por otro lado hay una víctima de Telleldin de apellido Cebrero y me parecía raro asumir la tercera persona y ahí dije ´yo tengo que contar, los Cebrero son todos policías´, y asumí la primera persona.

Si tuvieras que contarle a alguien que no lo leyó, ¿cómo presentarías al libro?

-Creo que es un libro sobre Telleldin y la dictadura cordobesa mirada o asumida desde un objeto en el presente, en este caso un traje, y ese traje conecta con otras cosas: con el momento del narrador, mi presente personal, y con los ´90, porque hay un poco de AMIA. Es un libro sobre la herencia y sobre los trajes que no nos queremos poner, porque cuento a Telleldin pero cuento también a Albareda, y es un libro sobre la familia, hilado con los familiares que están en la Policía.

"Ropa prestada", un libro sobre la dictadura y los trajes que no nos queremos poner
Foto: Sebastian Salguero

-Existe mucha bibliografía sobre los 70. ¿Qué aporta de novedoso “Ropa prestada”?

-Para mí aporta que es un libro incómodo; hace diez años se publicaban muchos libros periodísticos sobre los ´70 y la incomodidad venía dada desde otro lugar. El contexto cambió, para mí este no es un contexto de negacionismo, no se está negando nada sino que desde el Estado se le está dando un orden diferente a la historia, lo que se cuenta es medio ´nos quedamos cortos´, y en este contexto asumir la vulnerabilidad que implica contar una familia, contar una herencia, contar un momento complejo, el desempleo, contar una historia compleja. También es novedoso que lo cuente un hijo de un policía; yo lo pongo a mi papá ahí, y hay una idea de que la policía, como heredera de las fuerzas de la dictadura, es una especie de masa informe sin subjetividad, como si fuesen zombis que vienen todos juntos a pegarte. Si bien en la calle eso sucede, para mí hay una subjetividad por detrás y como familiar de policías lo conozco y decidí narrarlo. También la incomodidad de tratar de jugar con un traje, un espejo medio negro y decir éste podría haber sido mi viejo, este podría haber sido yo.

-¿Creés entonces que otro tipo de relato es el necesario hoy?

-Pienso que el relato de la dictadura que se generó con los juicios hace diez, doce, quince años atrás, donde todo el tiempo se contaba y se exponía el sufrimiento de las víctimas, en ese momento servía porque eran cosas que se habían mantenido ocultas. Hoy con el libro publicado encuentro en algunos capítulos que la memoria puede ser discreta; uno puede consignar , decir que una persona fue torturada, etc., pero no narrado; no sé si suma llevar a la gente a lugares inimaginables, como el horror. En eso en la narrativa argentina no hemos encontrado una estética nueva para contar ese horror. Creo que asumir que la memoria es discreta, que puede decir hasta acá, no implica colaborar con el olvido y con la impunidad, y genera la posibilidad de hacer estéticas nuevas. Yo creo que hay horrores que no se si se los tiraría así por la cabeza a los pibes y los lectores, que uno podría frenarse ahí; no sé si tenemos que entrar tanto, porque no alcanza el lenguaje para contar eso.

-En el libro te desnudás, ¿con que tuvo que ver esa decisión?

-Tuvo que ver con varias cosas. Cuando decidí entrar, decidí que valía la pena porque hay personas reales muy significativas para la historia argentina, decidí contarlos como personajes y decidí contarlos a ellos con sus nombres y a mi familia también, no iba a cambiarle el nombre a mi pareja. Es un desnudo cuidado si se quiere, porque una de las tramas del libro era la transformación de ese personaje del libro que se parece a mí, que trata de dejar el discurso periodístico, de ser hijo de policía y de cierta manera de ser padre y varón. De hecho al final hay un pasaje hablando un poco de la intimidad familiar, en el que el narrador fue des-cubierto por su pareja. Esa desnudez creo que es lo novedoso, me ayudó a sostener la escritura; me interesaba más escribir sobre eso que sobre Telleldín.

Al final pedís disculpas a los Telleldín por “la traición”. ¿En qué consiste eso? ¿Sabés si leyeron el libro?

-Se lo hice llegar a Lidia Telleldin, que vive en Córdoba. No sé si lo leyeron; la traición es porque Carlos me prohibió hablar con el resto de su familia, algo imposible; quizás él esperaba que yo lo transformara en personaje. Hace unas semanas le llevé el libro a Lidia con el uniforme, y hasta el momento no tuve devolución.}

-¿Sabés cómo cayó el libro en el ámbito de la militancia en Derechos Humanos?

-No tengo noticias, pasó marzo y los 50 años y no hubo ninguna invitación a presentar, no creo que sea por resquemores sino porque en su momento había cierta idea conmigo porque durante los juicios era el periodista que estaba siempre hablando con los canas, con los milicos. Bueno, era un interés, parte de eso me llevó a hablar con Vergez, que ahora son dichos que son prueba en la causa Enterramientos Clandestinos. También en su momento llevé el traje al Archivo Provincial de la Memoria y no lo recibieron; yo creo que lo podrían haber recibido y no poner en exposición; es un archivo, no un museo. Pero siempre fui muy acompañado, por los organismos y los militantes que trabajan en espacios así.