Sara Gallardo vivió la paradoja de que aquello que la mayoría llamaría suerte quizá en ella fue un obstáculo para ser considerada una de las escritoras más importantes de la literatura argentina del siglo XX como efectivamente lo es.

Nacida en una familia acomodada el 23 de diciembre de 1931, su apellido completo fue Gallardo Drago Mitre. Era hija del historiador Guillermo Gallardo, nieta del científico Ángel Gallardo, bisnieta de Miquel Cané y tataranieta de Bartolomé Mitre. Seguramente, debe de haberle resultado difícil destacarse dentro de una familia con tantas celebridades. Su supuesta suerte le resultó esquiva fuera del ámbito familiar ya que era el blanco perfecto para ser tildada como “niña bien” y frívola que podía darse el lujo de escribir porque no tenía urgencias económicas.

Por otro lado, cuando comenzó a escribir existía un debate que puede resumirse en la pregunta: ¿existe la literatura femenina? En su interpretación más benévola esa pregunta podría traducirse como ¿pertenecer al género femenino hace que la literatura tenga rasgos particulares?

En su interpretación menos benévola podría ser tomada como una descalificación del género femenino para producir una escritura tan lograda que igualara o, incluso, superara la literatura escrita por hombres. De hecho jamás se formuló la pregunta ¿existe la literatura masculina? ya que se daba por hecho que el varón podía destacarse en todo, desde la ciencia a la literatura.

Pese a que Gallardo era un blanco fácil para encasillarla en el estereotipo de niña bien que escribía para contrarrestar el tedio que le producía una vida regalada, su persistencia logró una suerte de consagración con la novela Los galgos, los galgos publicada en 1968 por Sudamericana con la que ganó el Primer Premio Municipal.

Además, desde 1950 comenzó a trabajar como colaboradora en diversos medios periodísticos como el diario La Nación y las revistas Confirmado y Primera Plana. Gallardo también se destacó en su labor en la prensa gráfica.

Murió prematuramente de un ataque de asma el 14 de junio de 1988.

Si bien tuvo siempre la admiración de figuras de la talla de María Elena Walsh, fue ignorada por la crítica de su época que hizo sobre su obra un pertinaz silencio quizá porque no encontró el casillero adecuado para ubicarla dado que su obra no respondía al canon literario de su época.

Fue redescubierta su obra fue puesta en valor en los comienzos del siglo XXI de la mano de Leopoldo Brizuela, María Moreno y Ricardo Piglia.

Sara Gallardo y la última reedición de “El país del humo”

Sara Gallardo y El país del humo

Dice el escritor Leopoldo Brizuela sobre El país del humo en una nota de Página 12 de enero de 2004: “El país del humo, único volumen de cuentos de Sara Gallardo (1931-1988) es una reescritura de la historia argentina tal como la concebía, al menos desde el ‘80, la clase social en que esta autora nació, un asedio poético a la cerrada cosmovisión de la oligarquía”.

Y agrega: “Las novelas y poemas del siglo XIX, ‘los libros de la patria’ –esas mismas relaciones de campañas militares y científicas que su hermana Marta Gallardo reedita hoy en el sello El Elefante Blanco–, y, sobre todo, las anécdotas que circulaban en su casa, en las que la historia se cristalizaba en mitología familiar, son los materiales que la delirante imaginación de Sara Gallardo reelabora”.

“No sólo para exponer la decadencia de clase –como en el caso de Manuel Mujica Láinez– sino para sobrevivirla; no para añorar o mantenerse obcecadamente fiel a una anacronía o para evadirse en el puro juego –como Adolfo Bioy Casares–, sino para reinventarse desde las propias incomodidades en el medio, desde una feroz, inacabable guerra íntima”.

Es rigurosamente cierto, como señala Brizuela, gran conocedor de la obra de la escritora, que Gallardo tiene “una imaginación delirante”. Pero su maestría reside en controlar ese delirio a través de su escritura, en colocar la medida exacta de ese deliro para que el relato sea verosímil. Frente a su imaginación desbordada, hay una escritura medida, no muy adjetivada aunque sin llegar al ascetismo y una sintaxis no muy convencional que es un sello característico de la literatura de Gallardo.

En su prosa late una tensión subyacente que se percibe desde el primer párrafo de cada uno de los relatos de El país del humo independientemente de cuál sea su variada extensión.

En el relato “Camalote”, por ejemplo, verdadera pieza de orfebrería literaria, a Gallardo le bastan exactamente seis líneas, tres de ellas muy cortas, para narrar una tragedia provocada por una lectura de Walter Scott. El aparente desapego o naturalidad del narrador acentúa la tragedia narrada que queda vibrando en el aire como cuando se tañe intencionalmente la cuerda de un instrumento al final de una obra para que la música se prolongue más allá de sus límites formales.

Sara Gallardo y la última reedición de “El país del humo”

Este recurso es propio de la mejor literatura infantil tradicional y Gallardo no duda en utilizarlo. Hay incluso un relato más largo, “Cosas de la vida”, que comienza con la consabida fórmula “había una vez” que anticipa que se va a contar un cuento y que predispone a quien lo lee o lo escucha a recibirlo.

En suma, El país del humo podría leerse como una reivindicación del sabor del antiquísimo arte de narrar, aunque ya no prendamos una hoguera para alejar a las fieras ni nos sentemos alrededor de ella para dejar que el relato del narrador oral de la tribu nos atrape.