Desde sus primeras grabaciones con Miles Davis hasta los últimos conciertos y reediciones, el enorme saxofonista consolidó un legado que cruza décadas y fronteras musicales.

Apodado “Newk” por su parecido con el pitcher Don Newcombe, Rollins construyó una carrera que lo llevó de acompañar a figuras como Bud Powell, Miles Davis, Clifford Brown y Max Roach a erigirse en protagonista absoluto del instrumento. Su consagración llegó en 1956 con el histórico Saxophone Colossus, disco que lo situó como heredero de Lester Young y Coleman Hawkins y como referencia insoslayable para John Coltrane y Wayne Shorter.
Ese mismo año grabó Tenor Madness, único registro conjunto con Coltrane, y en 1957 sorprendió con dos hitos: Way Out West y A Night at the Village Vanguard, sesiones en trío sin piano que abrieron nuevas posibilidades sonoras y lo elevaron a la primera línea del jazz mundial. Varios de sus temas originales, entre ellos Oleo y Doxy, se convirtieron en estándares del repertorio.
Lejos de conformarse con la fama, en 1959 decidió retirarse de los escenarios para repensar su música. Durante dos años practicó diariamente sobre el puente de Williamsburg en Nueva York, en una búsqueda espiritual y técnica que desembocó en su célebre regreso de 1962 con The Bridge, junto al guitarrista Jim Hall. No sería la única pausa: entre 1969 y 1971 viajó a Jamaica y a la India, donde profundizó en el yoga y el zen, experiencias que también influyeron en su sonido posterior.
Su carrera en los años setenta y ochenta se revitalizó con la firma Milestone, que editó trabajos como The Cutting Edge, grabado en vivo en Montreux, y Don’t Stop the Carnival. Allí fusionó jazz con calipso, funk y post-bop, ampliando su público sin perder rigor artístico. El saxofonista fue además figura habitual de los grandes festivales internacionales y miembro del tour Milestone Jazz Stars, junto a McCoy Tyner y Ron Carter.
Con el correr de las décadas, Rollins mantuvo la vigencia gracias a discos como Easy Living, G-Man, Global Warming, This Is What I Do (que le valió un Grammy en 2000) y Without a Song: The 9/11 Concert (Grammy en 2005). En 2006 lanzó Sonny, Please a través de su propio sello, Doxy. Poco después inició la serie Road Shows, con registros en vivo que demostraron la potencia de sus conciertos ya entrado en la octava década de vida.
En 2010 recibió la Medalla Nacional de las Artes de Estados Unidos y en 2011 fue retratado en el documental Beyond the Notes. Un año más tarde, problemas respiratorios lo obligaron a abandonar definitivamente los escenarios, aunque continuó activo en entrevistas, reediciones y homenajes.
Desde entonces, Rollins ha sido celebrado como “el último titán” de una generación irrepetible. Su retiro físico no opacó su legado: músicos de todas las edades lo citan como una referencia ética y estética. “Nunca logré todo lo que quería”, reconoció en 2017, ya alejado del instrumento, aunque para la historia del jazz su obra constituye un puente insustituible entre tradición y modernidad.
Al cumplir 95 años, Sonny Rollins sigue siendo sinónimo de búsqueda, riesgo y creatividad. Un artista que transformó el saxofón tenor en una voz inagotable y cuya influencia atraviesa fronteras, épocas y estilos.
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